Días ajenos
Las cafeterías aún tienen ese efecto artificial. Son como cabañas para ancianos petulantes. O mejor guarderías para pobres derrotados. Se sentía bien estar entre los semejantes: perdedores insurrectos que se vanaglorian del fracaso y culpan a la vida de su miseria. Todos escriben historias extraordinarias. “Caminé sobre mis pasos para encontrarme de cara al destino”; dice uno como murmurando. Así es como debe comenzar una historia estúpida, pienso, y anoto la frase en una servilleta. Mejor ir tras los de un desconocido y esperar lo que suceda, así hay siquiera expectativa, un poco de esperanza que nunca está de sobra.
–¿Se lo sirvo en una taza o en un vaso de plástico? –Pregunta mecánicamente el mesero y sacude su insignia sin soltar su pluma o levantar la mirada.
–Arrójemelo al rostro si eso le hace sentir mejor.
–¿Disculpe?
–No hay cuidado, sólo busco un poco de atención.
–¿Expreso?
–Da lo mismo.
Café con sabor a muerte y este orgullo miserable que me obliga a no callar.
–Añádale un poco de leche, ¡por favor! –le digo. ¡Por piedad!, quise decir. Y él, inmutable, cambia el tema.
–Un buen café nunca está ni frío ni caliente, sino a la temperatura exacta, ¿no lo cree así?
No respondo, mantengo en la boca un ...
