11/01/2006 

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—...entonces desperté en medio del desierto llevando un abrigo de $700.
—¿De qué demonios estás hablando?
—De aquella aventura del Kairo. No deberías hacer preguntas estúpidas mientras cuento mis vivencias, limítate a asentir, reír y beber, como el resto de los desdichados que se acercan a la barra en busca de un trago gratis.
—Está bien, es sólo que no creo nada de lo que dices.
—No importa, no necesitas creer, ni siquiera escuchar, tu única función aquí es poner cara de estúpido y reír de vez en cuando. No importa si sabes o no de lo que se está hablando. Claro, algún comentario casual sería de muy buen gusto, siempre que este sea para pedir alguna especificación de lo que el interlocutor en turno diga.
—Bien... entonces ¿qué sucedió luego de que despertaras?
—Fue terrible, tan mal como despertar y encontrar la taza de la bebida habitual desocupada y un paquete de tabacos lleno de cenizas.
—Una pesadilla.
—Totalmente. Sin embargo me comporté a la altura y antes de desfallecer recordé que F. mencionó algo sobre estos inexplicables acontecimientos y revisé mis bolsillos, ¿y qué estaba allí? Vamos intenten adivinar.
—¿Un pez?
—¿Un pez? ¿Qué haría un pez en uno de mis bolsillos?
—Quizá lo mismo que tú en medio del desierto.
—No, no era un pez, sino una llave. Y aquí está señores, obsérvenla, este pequeño pedazo de metal me salvó la vida.
—No entiendo.
—No me sorprende, nunca has sido muy inteligente. El caso es que les vengo a ofrecer la solución a todos sus problemas.
—No creo que alguno de ellos esté interesado en adquirir tan enigmático objeto.
—Deja de interumpirme y vé por más cerveza.

(un momento después)

—Señor, mire, ¿no es F. quien acaba de entrar?
—Sí, es él. Pobre F. quedó en la calle luego de su accidente.
—¿Accidente? ¿Qué accidente?
—¿Aún no lo sabes? Bien, creo que fue una pregunta tonta. Lo resumiré así: Las tendencias suicidas de F. regresaron en un mal momento.
—Vaya, parece no afectarle demasiado.
—No, es un buen farsante.
—Pero se ve tan feliz.
—¿Feliz? No tienes idea de lo que dices, está tan desesperado como aquel indigente que nos observa cada tarde cuando abordamos el metro.
—Lo disimula bien.
—Algunas veces...

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escrito por tazerk a las 09:02 | email | mensaje