5/08/2006 

.[01] escape furtivo
No habíamos fumado en más de siete días, no había dinero para esa clase de lujos, apenas comíamos, dedicábamos gran parte de nuestro capital al combustible del viejo, pero servicial, Mustang '70. Tampoco dormíamos en hoteles, nos turnábamos para usar el asiento trasero del coche. K. conducía hasta el ocaso, luego yo continuaba hasta que asomaban en el horizonte los primeros rayos del sol. Tediosa tarea que se convirtió en una rutina que aprendimos a valorar. Escapábamos, es cierto, pero no de la ley, al menos no fue esa la razón que nos hizo abandonar la ciudad. Buscábamos un poco de aventura improvisada y, de paso, alejarnos, tanto como nos fuera posible, de la monotonía que rodeaba la ciudad en ruinas que llamaban NT.

Hacía casi tres meses desde la fuga. Habíamos visitado tantos poblados que me resulta difícil mencionarlos. K. siempre hacía amistad con cualquiera que se le acercaba, yo prefería no hablar con nadie. En alguno de esos lugares permanecimos dos semanas como prisioneros, nos quedamos sin dinero y sin combustible. Las relaciones que estableció K. con algunos habitantes facilitaron un poco las cosas, conseguimos dónde dormir y también un empleo mal pagado que bastó para satisfacer todas nuestras necesidades.

El tendero del pueblo nos dio alojamiento, su esposa, que no quería tenerme cerca en ningún momento, me envió a trabajar a una granja donde mi labor consistía en recoger estiércol toda la mañana. K. no tuvo mejor suerte, cuidaba a un par de pequeños y limpiaba habitaciones, ambas cosas le desagradaban, principalmente los niños. El tendero, un tipo gordo de escasa cabellera, alardeaba de que conocía a la perfección mis gustos, sus hijos intentaban convencerme a diario de comprar más tabaco del que podía pagar. En cuanto conseguimos lo suficiente para sobrevivir algunos días nos largamos de ese sitio sin despedirnos o voltear atrás.

Enfermé por las pésimas condiciones en que trabajé esas dos semanas. Constantemente me quedaba dormido al conducir y K. apenas se enteraba. Decidí intercambiar turnos pero tampoco funcionó, la mañana, con el incandescente sol en el rostro, era una tortura que no resistí. A K. le daba igual la noche o el día, decía que lo importante era no detenerse hasta encontrar un sitio agradable, pero ninguno era lo suficiente bueno o malo, así que nos conformábamos con poco.

Las conversaciones vespertinas eran escasas, el cansancio de K. y mi somnolencia impedían un diálogo coherente o amable, nos limitábamos a coincidir con cualquier idiotez que formulara cualquiera de los dos para evadir discusiones sin sentido, aunque, incluso con nuestro ánimo condescendiente, eran inevitables.

—Dame otro cigarrillo —exigió K.
—¿Qué le pasó al anterior? —Pregunté.
—Cayó por la ventana. —Busqué en la guantera e hice lo que dijo.
—Enciéndelo —ordenó.
—Si enciendo otro cigarrillo vomitaré las entrañas.
—¿Por qué? ¿Qué te pasa?
—¿No lo has notado? He estado tosiendo desde hace cuatro días.
—Ah, eso. Creí que sólo querías llamar mi atención.
—No. Necesito medicina, apenas puedo respirar. ¿Podrías parar en algún lugar?
—Lo dudo, el poblado más cercano está a ciento veinte kilómetros.
—¿Podrías conducir más rápido?
—¿Y arriesgarnos a que nos detenga algún oficial? No tenemos presupuesto para una multa.
—Entonces, ¿qué tal si bajas un poco el volumen de la música?
—Cuando sea tu turno puedes ir en silencio, yo necesito el ruido para mantenerme despierta.

Dejamos la discusión para más tarde, encendí un cigarrillo y se lo entregué, vomité en el asiento trasero y me recosté sin hacer ruido. K. no apartó la vista de la carretera, a mí no me importó el olor o mi ropa sucia. Cuando desperté estaba solo en un lugar desconocido. Bajé del coche y la busqué. Estaba sentada a mitad del camino con los ojos cerrados.

—¿Por qué nos detuvimos? —Pregunté.
—Escuché el sonido de un tren, quiero verlo pasar.
—¿Qué tiene de interesante un tren de carga?
—No lo sé. Los trenes me recuerdan a mi padre, solía ser conductor de uno.
—¿Y qué pasó con él?
—Creo que murió de alguna enfermedad, o lo asesinaron, no lo sé, mi madre nunca habla de él y yo lo recuerdo poco.

El tren estaba cerca y K. sonreía con disimulo, en lo que a mí respecta, descubrí que había envejecido cuando, frente a las vías del ferrocarril, K. contaba los vagones mientras yo, impaciente, los minutos.-

Etiquetas:

 
escrito por tazerk a las 07:21 | email | mensaje