10/08/2006
.[02] exilio voluntario
Nunca me agradó aquella pensión, estaba llena de dementes, quizá por eso estaba allí, aunque es probable que haya sido una casualidad. La mayoría de los huéspedes eran ancianos que su familia abandonaba para no verlos morir, a veces recibían cartas con dinero que gastaban en comida para gatos, los gatos eran alguna especie de tradición, los hacían sentir menos miserables, supongo. Yo no tenía gatos, pero tampoco era de gran importancia, es decir, un cínico por habitación es suficiente.
Solía quedarme recostado en cama, con las cortinas cubiertas y la radio encendida, hasta que oscurecía, más tarde la rutina indicaba la hora de caminar un poco, esperar a que llegara una brillante idea e inventar alguna excusa para no realizarla y volver a casa con los bolsillos vacíos.
La música funcionaba como un escape y estaba presente en todas las habitaciones, nunca había silencio. Mi radio siempre estaba tocando alguna melodía infantil, la anciana de al lado salía por las noches y orinaba en mi puerta, después se encerraba y subía el volumen para ignorarse a sí misma y a todos los demás. Toqué a su puerta un sábado e intenté maldecirla, pero su rostro arrancó del mío la antipatía. Me invitó a pasar, sacó un álbum de fotografías y comenzó a contarme historias, todas falsas, del México de los ochentas que nunca conoció. Ella venía de Francia, no sé qué circunstancias la hicieron terminar aquí, tampoco pregunté. Hablaba en su idioma natal y yo simulaba entenderla. Era, a pesar de todo, una buena compañía.
Había también un viejo asustadizo que sólo salía a recoger el diario, alguien le llevaba comida hasta su puerta y parecía ser todo lo que necesitaba. Además de estos dos personajes, ambos mis vecinos, estaba el portero que sabía el nombre de todos, sin embargo nadie había escuchado el suyo. Al resto de los refugiados no recuerdo haberlos visto durante mi estadía, aunque, a decir verdad, carece de relevancia si alguna vez me crucé con ellos, pues se trataba de un hotel de desahuciados. Tenía a mi favor, pensaba en mis momentos de optimismo, que nadie me había enviado a la fuerza o por compasión a ese refugio de personas solitarias y nostálgicas, llegué allí por mi propia voluntad, porque estaba harto de todo o por idiota, da igual.
El viejo asustadizo solía espiarme cuando me tiraba sobre la cama y fingía dormir. Rascaba la pared y jadeaba como un demente. Lo ignoré siempre que pude, hasta que colmó mi paciencia y, sin pensarlo, me levanté de súbito y golpeé la ventana en la que se dibujaba su redonda silueta. Escuché un fuerte estruendo, un grito ahogado y nada más. No me molesté por salir, era inútil discutir con cualquiera o tratar de razonar. Me quedé dormido. Por la mañana había un gran alboroto y el portero me contó que el viejo había muerto. Resbaló de una silla y rodó por las escaleras, se abrió la cabeza y no asistí a su funeral.
Tenía, como el resto de los ignorados, una razón para el aislamiento, no obstante no pretendo explicarla, sino hablar de aquello que, a mi parecer, es lo que de verdad importa. Esperaba una carta que jamás llegó. Ansiaba, como aquel que deposita su esperanza en la fe divina, que por debajo de mi puerta alguien deslizara ese sobre que me salvaría de todo. Pero nunca sucedió, y la anciana de al lado tampoco dejó de orinarse en mi puerta por las noches, y el portero continuó sin decir su nombre y yo lidiando con preguntas no formuladas. Y en los bares la música alta y la gente parloteando sandeces sin escuchar a nadie y, en medio de todo, un turista observando los movimientos de sus labios, los propios, los de la multitud, a los músicos que retan con roídos instrumentos al auditorio, a mí imitando a la anciana, al portero escribiendo cartas de amor, a un nuevo inquilino que escucha jazz y siempre usa sombrero y, con tantas nimiedades, lo peor, quizás, era que a nadie le importaba nada.
[02.1]
Por eso decidí omitir de mis recuerdos demasiados episodios, conservé los necesarios, los menos dolorosos. Comencé a mentir y a mezclarme con mi entorno. Comenzaron los reproches:
—Una mentira —dijo alguien a quien solía apreciar—, a pesar de lo maleable, no deja de ser un engaño premeditado. Por lo tanto es una falta de respeto.
—No me importa, lo hago con frecuencia —contesté y me tiré sobre el pasto.
—¿Por qué? ¿Qué hay de bueno en ello? —Preguntó aún de pié.
—Miento —contesté de mala gana— porque detesto la verdad. La verdad es sucia, hiriente y, la mayoría de las veces, melancólica. Una pérdida de tiempo para los honestos. Una desgracia para los honrados. Prefiero ignorar todo lo que califico de innecesario y vivir según me plazca. Es más reconfortante y me permite sentirme dueño de mí mismo, eso es exactamente lo que busco.
—Evadir la realidad de una manera sencilla... ¿no es eso cobardía?
—También lo llaman inseguridad, algunos otros ineptitud. El nombre es lo de menos, no le resta importancia al significado.
—¿Y cuál es ese significado?
—Tan pronto como lo conozca, vendré a decírtelo.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 09:08 |
|
