6/12/2006
.f
Porque también aquí hay historias aburridas
—más de lo acostumbrado— de poca importancia.
Historias que inmiscuyen recuerdos que
pretenden perdurar a pesar de todo.
De F. aprendí algunas prácticas que aún conservo. El gran F., recuerdo como me gustaba hablar de él y con él. Recorrer la ciudad en bicicleta o caminando, sin dirección. Por placer. Recuerdo algunas risas y travesuras infantiles que hoy no le tolero a nadie.
Su acento, ahora, era distinto, también su manera de andar. Le había ido bastante bien, abandonó la escuela y consiguió un buen empleo. Insistió en acudir a un bar, de la cuenta, dijo, no había que preocuparse, él correría con los gastos.
—¿Recuerdas cuando simulábamos tener una estación de radio y grabábamos idioteces durante horas? —Preguntó F. luego de la primera de cerveza.
—Sí. —Contesté.
—Encontré un par de aquellas cintas. Parecíamos tan felices. —Continuó.
—Sí, pero todo cambia. —Dijo R. dándole un sorbo a su bebida.
—¿Y recuerdas aquella vez en el teatro, cuando T. subió al escenario y rompió una silla y luego salió corriendo y fuimos tras él?
—Sí, también lo recuerdo. —Agregué.
T. comenzó a reír.
—Vaya que eran buenos días —dijo—, jamás olvidaré aquella casa donde nos ocultamos. El vagabundo. Ja ja. ¿Qué habrá sido de él?
—Quizá murió. —Intervino R..
—Mi padre murió hace tres meses. —Dijo F. y nadie habló durante algunos minutos.
P., que hasta ese momento se había limitado a sonreír, comenzó a hablar.
—Sabes, las cosas por aquí también han cambiado.
—¿A qué te refieres? —Le preguntó F.
—A nosotros. A todo. Ahora la ciudad es más grande. Tenemos cientos de pretextos para no vernos. Esta reunión es una farsa y me incomoda estar aquí. Gracias por todo. Pero tengo que irme. No puedo decir nada de tu visita, no me alegra, no me entristece. Simplemente me desagrada revivir algunos recuerdos.
P. se levantó y se fue. F. bajó la mirada. Sentí deseos de arrojar mi botella contra P. pero T. me detuvo. Seguimos bebiendo.
—¿Qué ha sido de ustedes? —Preguntó F.
—T. trabaja en un servicio de paquetería, P. en una escuela, H. en alguna oficina. Yo —dijo R. que era el encargado de llevar la conversación— tengo un pequeño negocio de computadoras.
—Vaya, todos hacen algo productivo.
—Sí. Algo productivo. —Añadió R. y el silenció regresó a la mesa.
Se mencionaron más frivolidades que acompañábamos con risas. T. se marchó después de la cuarta cerveza. R. hablaba sin parar de computadoras y personas que nadie, además de él, conocía. Yo no decía demasiado. F. sólo reía y se mostraba atento a cada palabra de R.. Luego de un rato R. se levantó con el pretexto de ir al baño, pero ya no regresó. El mesero se acercó a decir que algo había ocurrido con R. y por eso salió apresurado, que no tuvo tiempo de despedirse. Eran las once de la noche.
—No sabía que era tan incómoda mi visita. —Dijo F.
—No es eso —respondí—, algo anda mal desde hace algunos años. Antes de este momento no nos habíamos visto. Creo que no soportamos estar en el mismo lugar.
—¿Y la amistad?
—Se desvaneció. Así, repentinamente. Nadie se enteró de cómo sucedió.
—Eso es triste. Esperaba que todo siguiera igual que antes.
—Eso es esperar demasiado.
—Bueno, me conoces, suelo esperar demasiado. Es inevitable.
—¿Por qué regresaste?
—Quería visitarlos.
—No mientas. Sabes que no puedes engañarme.
—Asesiné a mi padre.
El bar estaba casi vacío, el mesero regresó a advertirnos que estaban por cerrar la barra. No ordenamos nada, F. pidió la cuenta, pagó y nos marchamos.
—¿Piensas quedarte? —Pregunté.
—No. Vengo a despedirme. Esta vez para siempre.
—Aquella vez también te despediste para siempre.
—¿Y vas a reprochármelo?
—No.
Recorrimos viejas calles que conocíamos a la perfección. Hablábamos poco. Ya no reíamos y tampoco queríamos recordar nada.
—Creí que entenderías. ¡Fue un accidente!
—No es necesario que justifiques nada. Además no me trago eso de que haya sido un accidente.
—Sí, esta vez sí. ¡Lo juro! Fue...
—Un accidente —interrumpí—, siempre es un accidente. No te preocupes. Esta visita es irrelevante. Aquí pocos te recuerdan. Y quienes lo hacen aún te ven corriendo y gritando detrás de un balón. Al menos déjanos eso.
F. se fue por la madrugada. Lo acompañé a la estación de autobuses. Por un altavoz alguien dijo "pasajeros con destino a ..., favor de dirigirse al andén número cuatro y abordar su autobús". F. puso entre mis manos un sobre y agregó "sabes a quién entregárselo". Luego desapareció entre el resto de los pasajeros.
Por alguna razón me quedé allí hasta las siete de la mañana. No quería ir a ningún lado. Observé el sobre y quise abrirlo. Quizá debí mencionarle que el destinatario también había muerto. Que se había volado la cabeza una tarde de abril. Me obligué a recordar un poco más. F. huyó hace cinco o seis años por una razón similar. Había vuelto y ya no era el gran F. que habitaba en mi memoria. Había envejecido. Salí de la terminal y arrojé el sobre en una alcantarilla.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 04:27 |
|
