8/12/2006 

.aromas urbanos
E. se levanta y da algunas vueltas por su habitación, se rasca el trasero y regresa a su asiento. Frente a la computadora escribe un par de líneas sobre cualquier cosa, bebe un poco de café —frío, argumentando que es así como se debe ingerir— y a veces enciende un cigarrillo que no consume. Se viste despacio, pues siempre despierta tres horas antes para actuar con serenidad y despabilarse por completo. Sigue una rutina establecida años atrás —baño, desayuno ligero, medio vaso de vino y un poco de modelaje improvisado frente al espejo—, sale hacia su trabajo y percibe ciertas peculiaridades a las que antes no les había prestado atención alguna.

Se deleita con los vehículos apresurados que violan las señales de tránsito y la brutalidad con que se deslizan por las calles los conductores suicidas. Ella utiliza el transporte colectivo arguyendo que le es imposible negarse el placer de compartir cada mañana treinta minutos de asfixia con desconocidos.

Este día resultó distinto. Su olfato era más sensible. "Esos olores" —dijo— "son tan seductores... incluso exquisitos. El humo del tabaco encendido, el desayuno en los restaurantes, el combustible derramado en el asfalto, el sudor de los obreros, el de los deportistas, el perfume barato de los estudiantes y las amas de casa.". Con asombro observó, desde su ventanilla, a una mujer que fue arrollada por un automóvil verde. Se habían reunido varios curiosos a su alrededor, E. se bajó en cuanto pudo y acudió al sitio. Había sangre en el piso, tomó un poco con sus dedos y la olió, algunos la observaron con disgusto. A ella parecía no importarle.

Llegó una ambulancia con dos paramédicos apresurados que levantaron a la mujer herida y preguntaron si entre los presentes se encontraba alguien que la conociera. E. levantó su mano y mintió. En el hospital recorrió los pasillos inhalando con fervor, cada poco tiempo, los aromas que despedían los condenados. "El olor de los hospitales evoca mi niñez" —dijo en tono melancólico mientras sacaba de alguno de sus bolsillos un teléfono celular.

Aquella mañana E. no acudió a su trabajo, se tomó la libertad de recorrer las calles con los ojos desorbitados y su nariz atenta a cualquier perturbación. Llegó a un mercado y lo recorrió despacio. Se detuvo en algunos puestos a oler verduras; en la carnicería sintió deseos de lamer los restos desollados de otro tipo de condenados. El dependiente la observó con alegría y le ofreció algunos cortes que consideraba excelentes, E., amablemente, los rechazó y siguió con su travesía.

Del otro lado de la ciudad, en un conocido centro de negocios, los empleados se disponían a servirse la merienda. E. se les acercó sin titubear y, junto con ellos, tomó un plato que llenó con pan y mermelada. Se acercó un jugo de naranja y fue a sentarse a una mesa vacía.

"¿Viste el noticiero esta mañana?" Preguntó uno de los empleados que acababa de sentarse cerca de E.. "No, apenas tengo tiempo de vestirme", contestó otro. "Dijeron que en algunos cientos de años la nariz desaparecerá de las personas", continuó el primero. "¿Acaso están dementes?" intervino E., "sin el olfato la vida carecería de sentido". Los empleados la miraron un segundo y continuaron su conversación sin inmutarse. E. se marchó.

Quiso entrar a una cafetería que descubrió cerca de un parque, pero el humo de un carburador en mal estado le resultó más atractivo. Tosió en varias ocasiones, pero no se movió ni cubrió su nariz hasta que aquél vehículo logró encender y alejarse despacio, mientras, tras él, una densa y pestilente nube gris se elevaba despacio ante la mirada atónita de E..

Más adelante se detuvo un momento frente a una iglesia y cerró los ojos. No rezaba, aspiraba el dulce aroma del atardecer veraniego. "Olor a lluvia", dijo en voz baja. "¿Te gusta la lluvia?", le preguntó un hombre que vendía papas y algunas otras frituras. "La detesto", contestó E.. El hombre ofreció sus productos, E. los rechazó y siguió caminando.

Llegó a su hogar, encendió la cafetera y se acercó a la ventana. Llovía en todas partes y E. tenía en sus manos un café caliente que no quiso beber. Pensó que aún podía sorprenderse por cualquier fruslería y sonrió en nombre de la cotidianidad. Encendió su computadora y escribió un par de líneas acerca de cualquier cosa, luego durmió.-

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escrito por tazerk a las 03:16 | email | mensaje