12/12/2006
.burda y torpe ciudad adornada con banderas bicolor (o prosa rápida y banal)
Allí estaba K., al pié de una catedral insípida cuya historia desconozco. Frente a una plaza repleta de desconocidos. Diez con treinta y cinco. Sus manos desocupadas y propaganda política en cada esquina. Era el momento adecuado para encender un cigarrillo y lanzar basura desde este vehículo en movimiento. Pero no tenía nada, otra vez será. El museo está en remodelación y más adelante, frente al colorido Palacio de Gobierno, un grupo de personas que, como Blanche du Bois, confían en la amabilidad de los extraños, extienden una manta que dice algo como "donaciones para los damnificados de alguna-desgracia-inesperada". Toco el claxon y le hago una seña obscena a una chica que me observa desde la banqueta.
Giré en cuanto pude y me detuve frene a K. "He, K., ¿quieres ir por un café?", dije sin bajar del coche. "¡Vete al diablo con tu café!", respondió y me hizo una seña con el dedo. Supuse que esperaba a alguien y me fui. Aparqué en doble fila obstruyéndole el paso a un hombre en silla de ruedas. Entré a la cafetería, ordené un americano para llevar y lo derramé por accidente al pagarlo. Hice una escena y me sirvieron otro.
De regreso a casa recordé las clases de civismo de la secundaria y vociferé un par de maldiciones por simple placer. Era un gran día, estaba nublado y no tenía nada qué hacer. Conduje hasta una playa cercana, tomé un par de cervezas y me recosté en una hamaca que un sujeto me rentó por veinte monedas. Había perdido mi encendedor y me costaba tres cerillos cada cigarro. Vaya desperdicio, pensé, luego recordé cuánto detestaba el mar y regresé a mi hogar a escribir en las paredes un poema que obtuve a cambio de un disco de música clásica que alguien olvidó en alguna visita.
Era sábado, un sábado gris y cotidiano. Absurdo, por lo tanto excepcional.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 00:13 |
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