14/08/2006
.b. e. katona - poetry of wonderland
De las múltiples versiones musicales derivadas de los clásicos de Lewis Carroll es ésta la que llama la atención por la particularidad de su sonido. No se menosprecia la electrizante versión de Tweaker o las hechizantes armonías de Siouxsie, sino que, por accesibilidad, Poetry of wonderland es quien se encargará de dar la cara por el mundo de Alicia en esta ocasión.
Brian E. Katona compuso en el 2005 cinco temas para musicalizar algunos fragmentos de la obra de Lewis Carroll que se encuentran en la segunda parte de su popular libro "Alicia en el país de las maravillas", es decir, en "A través del espejo y lo que Alicia encontró allí", publicado en 1872.
Los fragmentos que tomó corresponden al prólogo de la segunda novela ya mencionada, al juego de palabras que es el poema de galimatazo, al comienzo de la canción del duelo de tweedledum y tweedledee, a la canción en honor a Alicia y, por último, también a la fabulosa conclusión de este magnífico sueño.
La orquesta completa que dirige B. E. Katona se encarga de interpretar estas cinco piezas que narran distintos segmentos de la poesía que podemos encontrar en el país de las maravillas creado por Carroll.
Estos temas, junto con algunas otras muestras del trabajo de este compositor, se encuentran disponibles para cualquier interesado en la ópera en: www.bekatona.com.-
[aquí una versión bilingüe, en PDF, de los poemas mencionados (27.51K)]
Etiquetas: notas
escrito por tazerk a las 18:22 |
10/08/2006
.[02] exilio voluntario
Nunca me agradó aquella pensión, estaba llena de dementes, quizá por eso estaba allí, aunque es probable que haya sido una casualidad. La mayoría de los huéspedes eran ancianos que su familia abandonaba para no verlos morir, a veces recibían cartas con dinero que gastaban en comida para gatos, los gatos eran alguna especie de tradición, los hacían sentir menos miserables, supongo. Yo no tenía gatos, pero tampoco era de gran importancia, es decir, un cínico por habitación es suficiente.
Solía quedarme recostado en cama, con las cortinas cubiertas y la radio encendida, hasta que oscurecía, más tarde la rutina indicaba la hora de caminar un poco, esperar a que llegara una brillante idea e inventar alguna excusa para no realizarla y volver a casa con los bolsillos vacíos.
La música funcionaba como un escape y estaba presente en todas las habitaciones, nunca había silencio. Mi radio siempre estaba tocando alguna melodía infantil, la anciana de al lado salía por las noches y orinaba en mi puerta, después se encerraba y subía el volumen para ignorarse a sí misma y a todos los demás. Toqué a su puerta un sábado e intenté maldecirla, pero su rostro arrancó del mío la antipatía. Me invitó a pasar, sacó un álbum de fotografías y comenzó a contarme historias, todas falsas, del México de los ochentas que nunca conoció. Ella venía de Francia, no sé qué circunstancias la hicieron terminar aquí, tampoco pregunté. Hablaba en su idioma natal y yo simulaba entenderla. Era, a pesar de todo, una buena compañía.
Había también un viejo asustadizo que sólo salía a recoger el diario, alguien le llevaba comida hasta su puerta y parecía ser todo lo que necesitaba. Además de estos dos personajes, ambos mis vecinos, estaba el portero que sabía el nombre de todos, sin embargo nadie había escuchado el suyo. Al resto de los refugiados no recuerdo haberlos visto durante mi estadía, aunque, a decir verdad, carece de relevancia si alguna vez me crucé con ellos, pues se trataba de un hotel de desahuciados. Tenía a mi favor, pensaba en mis momentos de optimismo, que nadie me había enviado a la fuerza o por compasión a ese refugio de personas solitarias y nostálgicas, llegué allí por mi propia voluntad, porque estaba harto de todo o por idiota, da igual.
El viejo asustadizo solía espiarme cuando me tiraba sobre la cama y fingía dormir. Rascaba la pared y jadeaba como un demente. Lo ignoré siempre que pude, hasta que colmó mi paciencia y, sin pensarlo, me levanté de súbito y golpeé la ventana en la que se dibujaba su redonda silueta. Escuché un fuerte estruendo, un grito ahogado y nada más. No me molesté por salir, era inútil discutir con cualquiera o tratar de razonar. Me quedé dormido. Por la mañana había un gran alboroto y el portero me contó que el viejo había muerto. Resbaló de una silla y rodó por las escaleras, se abrió la cabeza y no asistí a su funeral.
Tenía, como el resto de los ignorados, una razón para el aislamiento, no obstante no pretendo explicarla, sino hablar de aquello que, a mi parecer, es lo que de verdad importa. Esperaba una carta que jamás llegó. Ansiaba, como aquel que deposita su esperanza en la fe divina, que por debajo de mi puerta alguien deslizara ese sobre que me salvaría de todo. Pero nunca sucedió, y la anciana de al lado tampoco dejó de orinarse en mi puerta por las noches, y el portero continuó sin decir su nombre y yo lidiando con preguntas no formuladas. Y en los bares la música alta y la gente parloteando sandeces sin escuchar a nadie y, en medio de todo, un turista observando los movimientos de sus labios, los propios, los de la multitud, a los músicos que retan con roídos instrumentos al auditorio, a mí imitando a la anciana, al portero escribiendo cartas de amor, a un nuevo inquilino que escucha jazz y siempre usa sombrero y, con tantas nimiedades, lo peor, quizás, era que a nadie le importaba nada.
[02.1]
Por eso decidí omitir de mis recuerdos demasiados episodios, conservé los necesarios, los menos dolorosos. Comencé a mentir y a mezclarme con mi entorno. Comenzaron los reproches:
—Una mentira —dijo alguien a quien solía apreciar—, a pesar de lo maleable, no deja de ser un engaño premeditado. Por lo tanto es una falta de respeto.
—No me importa, lo hago con frecuencia —contesté y me tiré sobre el pasto.
—¿Por qué? ¿Qué hay de bueno en ello? —Preguntó aún de pié.
—Miento —contesté de mala gana— porque detesto la verdad. La verdad es sucia, hiriente y, la mayoría de las veces, melancólica. Una pérdida de tiempo para los honestos. Una desgracia para los honrados. Prefiero ignorar todo lo que califico de innecesario y vivir según me plazca. Es más reconfortante y me permite sentirme dueño de mí mismo, eso es exactamente lo que busco.
—Evadir la realidad de una manera sencilla... ¿no es eso cobardía?
—También lo llaman inseguridad, algunos otros ineptitud. El nombre es lo de menos, no le resta importancia al significado.
—¿Y cuál es ese significado?
—Tan pronto como lo conozca, vendré a decírtelo.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 09:08 |
9/08/2006
.miércoles audiovisual (nsfw)
(títulos alternos: una variación del porno artístico/richard kern's special!)
1. Imágenes explícitas adornadas con música sutil: My nightmare (1993).
2. Trust in me (1985), Richard Kern en conjunto con Nick Zeed, música de The dream syndicate. Sobran las palabras.
Visto en: hugo strikes back, que a su vez lo vio en fluffy lychees.
Y en el
3. Death Valley 69 (1986), un video de Sonic Youth, grabado en super 8.
4. King of Sex (1986). Sexo y violencia. ¿Se necesita algo más?
Otra opción y más videos en: dailymotion.
Más del cine transgresista en http://www.ubu.com/film/transgression.html
nota: no hay screenshots porque mi Pc se negó a hacer eso.
Etiquetas: propaganda
escrito por tazerk a las 13:12 |
8/08/2006
.herr k - histories
K Alex, deda, Zake Mason y Ananda, integrantes de Herr K, "proyecto de música independiente, anti-comercial e internacional", cuyo nombre deriva de uno de los personajes incluidos en las historias cortas de Bertold Bretch, crearon durante los años 1998, 2000, 2003 y parte del 2004 un álbum titulado Histories, que presenta nueve escalofriantes melodías inspiradas en seis de los relatos más populares del escritor americano Edgar Allan Poe.
Este grupo de artistas, en su mayoría alemanes, logró capturar en nueve tracks toda la tensión que acumula la majestuosidad de la prosa del denominado progenitor del relato detectivesco y, por si fuera poco, apegándose a su lucha en contra de las disqueras, ofrecen de manera gratuita y libre distribución su trabajo, mismo que se encuentra disponible en su website (www.herrk.org | artpartisans ).
"Hay demasiadas interpretaciones musicales, hechas por diversos artistas, del trabajo de Edgar Poe. Los soundtracks de este álbum no tienen nada que ver con ellos, la música para la mayoría de las historias que inspiraron este proyecto probablemente nunca se ha hecho (a excepción de "El hundimiento de la casa Usher")." —Afirman.HISTORIES se describe a sí mismo como el soundtrack de los trabajos de Edgar Allan Poe. Y sólo basta escucharlo, acompañándose de la lectura indicada o trayéndola a la memoria, para percatarse de ello.-
[aquí una versión en PDF —en orden y en español— de los textos que sirvieron de inspiración (262K)]
Etiquetas: notas
escrito por tazerk a las 07:30 |
5/08/2006
.[01] escape furtivo
No habíamos fumado en más de siete días, no había dinero para esa clase de lujos, apenas comíamos, dedicábamos gran parte de nuestro capital al combustible del viejo, pero servicial, Mustang '70. Tampoco dormíamos en hoteles, nos turnábamos para usar el asiento trasero del coche. K. conducía hasta el ocaso, luego yo continuaba hasta que asomaban en el horizonte los primeros rayos del sol. Tediosa tarea que se convirtió en una rutina que aprendimos a valorar. Escapábamos, es cierto, pero no de la ley, al menos no fue esa la razón que nos hizo abandonar la ciudad. Buscábamos un poco de aventura improvisada y, de paso, alejarnos, tanto como nos fuera posible, de la monotonía que rodeaba la ciudad en ruinas que llamaban NT.
Hacía casi tres meses desde la fuga. Habíamos visitado tantos poblados que me resulta difícil mencionarlos. K. siempre hacía amistad con cualquiera que se le acercaba, yo prefería no hablar con nadie. En alguno de esos lugares permanecimos dos semanas como prisioneros, nos quedamos sin dinero y sin combustible. Las relaciones que estableció K. con algunos habitantes facilitaron un poco las cosas, conseguimos dónde dormir y también un empleo mal pagado que bastó para satisfacer todas nuestras necesidades.
El tendero del pueblo nos dio alojamiento, su esposa, que no quería tenerme cerca en ningún momento, me envió a trabajar a una granja donde mi labor consistía en recoger estiércol toda la mañana. K. no tuvo mejor suerte, cuidaba a un par de pequeños y limpiaba habitaciones, ambas cosas le desagradaban, principalmente los niños. El tendero, un tipo gordo de escasa cabellera, alardeaba de que conocía a la perfección mis gustos, sus hijos intentaban convencerme a diario de comprar más tabaco del que podía pagar. En cuanto conseguimos lo suficiente para sobrevivir algunos días nos largamos de ese sitio sin despedirnos o voltear atrás.
Enfermé por las pésimas condiciones en que trabajé esas dos semanas. Constantemente me quedaba dormido al conducir y K. apenas se enteraba. Decidí intercambiar turnos pero tampoco funcionó, la mañana, con el incandescente sol en el rostro, era una tortura que no resistí. A K. le daba igual la noche o el día, decía que lo importante era no detenerse hasta encontrar un sitio agradable, pero ninguno era lo suficiente bueno o malo, así que nos conformábamos con poco.
Las conversaciones vespertinas eran escasas, el cansancio de K. y mi somnolencia impedían un diálogo coherente o amable, nos limitábamos a coincidir con cualquier idiotez que formulara cualquiera de los dos para evadir discusiones sin sentido, aunque, incluso con nuestro ánimo condescendiente, eran inevitables.
—Dame otro cigarrillo —exigió K.
—¿Qué le pasó al anterior? —Pregunté.
—Cayó por la ventana. —Busqué en la guantera e hice lo que dijo.
—Enciéndelo —ordenó.
—Si enciendo otro cigarrillo vomitaré las entrañas.
—¿Por qué? ¿Qué te pasa?
—¿No lo has notado? He estado tosiendo desde hace cuatro días.
—Ah, eso. Creí que sólo querías llamar mi atención.
—No. Necesito medicina, apenas puedo respirar. ¿Podrías parar en algún lugar?
—Lo dudo, el poblado más cercano está a ciento veinte kilómetros.
—¿Podrías conducir más rápido?
—¿Y arriesgarnos a que nos detenga algún oficial? No tenemos presupuesto para una multa.
—Entonces, ¿qué tal si bajas un poco el volumen de la música?
—Cuando sea tu turno puedes ir en silencio, yo necesito el ruido para mantenerme despierta.
Dejamos la discusión para más tarde, encendí un cigarrillo y se lo entregué, vomité en el asiento trasero y me recosté sin hacer ruido. K. no apartó la vista de la carretera, a mí no me importó el olor o mi ropa sucia. Cuando desperté estaba solo en un lugar desconocido. Bajé del coche y la busqué. Estaba sentada a mitad del camino con los ojos cerrados.
—¿Por qué nos detuvimos? —Pregunté.
—Escuché el sonido de un tren, quiero verlo pasar.
—¿Qué tiene de interesante un tren de carga?
—No lo sé. Los trenes me recuerdan a mi padre, solía ser conductor de uno.
—¿Y qué pasó con él?
—Creo que murió de alguna enfermedad, o lo asesinaron, no lo sé, mi madre nunca habla de él y yo lo recuerdo poco.
El tren estaba cerca y K. sonreía con disimulo, en lo que a mí respecta, descubrí que había envejecido cuando, frente a las vías del ferrocarril, K. contaba los vagones mientras yo, impaciente, los minutos.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 07:21 |
4/08/2006
.brevedad
No hay poemas en el almacén —se quemaron de manera premeditada—, pero sí algunas historias ocultas en la alacena. Apenas encuentre la llave, prepararé algún entremés.-
Etiquetas: efimerias
escrito por tazerk a las 16:58 |
