14/11/2006 

.[05] divergencias
"¡No me gusta tu nombre!”, dice K. cuando, después de veinte minutos, se acercan a servirnos el desayuno, “tampoco tu voz y tu cabello”. Le pido que me acerque un poco de azúcar y ella, ofendida, desliza el recipiente con violencia derramándolo por toda la mesa y sobre mi comida.

“Sabes”, le digo, “no tenías que hacer una escena”. Ella se levanta, toma mi plato y lo arroja con violencia en dirección a mi rostro. Logro esquivarlo. “¿Algún problema?”, pregunta el mesero. “Sí, mi comida está en el suelo”, contesto. “¡Junto con tu dignidad!”, exclama mi acompañante. “¿Podría servirme una taza de café?”, digo al mesero que se retira sin responder.

“Has cambiado tanto que no logro reconocerte”, dice K..Tomo una servilleta y retiro los restos de comida que involuntariamente adornan mi traje. “Yo no he cambiado, admítelo, eso es lo que te molesta”, “tienes razón, sigues siendo el mismo idiota de hace tres años... ¡estoy harta!”.

Han servido mi café, es instantáneo y lo detesto. Simulo disfrutarlo y K. simula que su comida es exquisita. Nuestra vida es una eterna simulación. Dejamos de hablar, yo leo el periódico, la sección de empleos, ella escribe algo en una agenda que le regalé cuando consiguió ese trabajo como recepcionista.

“Estoy saliendo con alguien”, dice sin dejar de escribir, “desde hace casi dos meses”. “Ajá”, respondo sin quitar la vista de un anuncio que solicita un encargado de limpieza en un hotel de prestigio cuestionable. “Se llama J. y es gerente de una compañía de lácteos”. Saco una pluma y sobre un trozo de papel anoto el número telefónico y el nombre del encargado. “Es divorciado, sin hijos”, se detiene y me observa, “¿tienes algo qué decir?”, “No, parece ser un buen partido”. “Voy a dejarte”, agrega. “Está bien”, respondo mientras guardo el papel en mi bolsillo.

K. se levanta, deja un billete sobre la mesa y se va. Cuando llego al apartamento, seis horas más tarde, sus cosas ya no están. Se llevó las cortinas, el televisor, el reloj de pared, la vajilla, las fotografías, el teléfono, toda su ropa y la máquina de escribir. Me dejó un par de sábanas y un cuadro que supongo no pudo sacar. También una nota: “En dos días enviaré a alguien por el resto de las cosas. Más te vale estar en casa.”.

Ha pasado una semana y aún no he recibido noticias, supongo que decidió heredarme sus objetos. Algunas veces me pregunto por qué sigue sin importarme su ausencia. La recuerdo poco, el vacío en la cama no aumenta mi melancolía, extraño más las cortinas que no detienen el sol por la mañana, ese miserable que se empeña en descansar en mi rostro hasta que me levanto.

El empleo en aquel hotel no era para mí, me despidieron argumentando recorte de personal y volví a frecuentar cafeterías con mi traje de tres piezas, buscando empleos en diarios sensacionalistas. Tuve que mudarme a una pensión porque mis ganancias como mensajero eran insuficientes para la renta de un apartamento.

Pasaron siete años y muchas historias de nula importancia. Una tarde, mientras esperaba el metro para asistir a otra de tantas entrevistas de trabajo, K. apareció de repente, llevaba de la mano a un pequeño. Se acercó. “Se llama J., como su padre”, dijo, “lo llevo a la escuela”. “Ajá”, respondí. “¿Qué ha sido de ti?”, “lo mismo de siempre”, contesté por cortesía. “¿Trabajas?, ¿estás casado?”. Sus preguntas no me interesaban, pensé inventar una historia, pero no lo conseguí. Llegó el metro y abordamos. Nadie dijo nada, me bajé en la siguiente estación.

Amaneció sin que lo notara, la habitación se iluminó de súbito porque la persiana cedió a los efectos de la gravedad. Maldije a Newton. Eran las siete de la mañana y pensé que era hora de cambiar, encendí un cigarrillo, lo fumé observando por la ventana. Tocaron a mi puerta, era el encargado: “Estás atrasado en tus pagos, dos semanas, tienes hasta las nueve de la noche para conseguir el dinero o largarte”. Se marchó y empaqué en una vieja maleta todo lo que pude.

Deseé, por un instante, hacer un recuento para identificar el momento exacto en que mi vida se echó a perder, no lo hice. Supongo que tomé algunas decisiones apresuradas, erróneas, pero ya es tarde para corregir aquellos detalles. Opté por acudir a un asilo a pasar mis últimos días. Y desde aquí, encerrado y con un montón de recuerdos incómodos e historias inconclusas, escribo un diario inventándome una vida más agradable. Es lo único que me queda.-

Por cierto, esta mañana, minutos antes de oprimir el botón enviar del w.bloggar, mi PC colapsó eliminando cerca de siete cuentos incompletos que pertenecían a la recopilación de donde se extrajo este y los cuatro anteriores. Sí, este es un dato irrelevante, pero quería mencionarlo.

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escrito por tazerk a las 05:13 | email

13/11/2006 

...
"Si pudiera con un beso arrancarte de mi mente, beberme tu recuerdo, devorar tu cuerpo, ahogarme en tu saliva, tragarme tus cenizas... lo haría. Pero la pasión, cuando es repentina —¿y acaso puede ser de otra manera?—, me aniquila, la incertidumbre me desquebraja, me agota, el temor me esclaviza. Y temo demasiado. A las heridas que pueda ocasionar, a las que me provoquen. Por eso me niego a ceder y prefiero inventar excusas para evadir responsabilidades. Porque no conozco otra forma de hacerlo. O no quiero descubrir que hay otras maneras, más sencillas, quizá dolorosas. Me rehúso a aceptar que soy el responsable de todo, lo reconozco, lo repito a diario, pero no lo creo. Nada me convence y me apego a los recuerdos aunque estos, sin contemplación, intentan acabar conmigo."

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escrito por tazerk a las 04:16 | email

7/11/2006 

.[04] confusión
M. despertó a medio día en una habitación monocromática con un extraño a su lado.

—¿Quién diablos eres? —Le dijo con una mirada de espanto y confusión.
—Estaba a punto de preguntar lo mismo. —Le respondió el desconocido rascándose la cabeza.
—Yo vivo aquí, esta es mi cama.
—Bien, eso explica el color rojo de todos los objetos.
—Me agrada ese color, ¿tiene algo de malo?
—Supongo que no, aunque prefiero el blanco.
—Aún no me haz dicho quién eres ni qué haces aquí.
—Mi nombre es H., y no tengo idea de cómo llegué a este lugar, tampoco qué hago o hice aquí. Sólo recuerdo que estaba sentado esperando algo, o a alguien, no estoy seguro. ¿Dónde está mi ropa?
—Debe ser aquella, sobre la silla. ¿Sucedió algo entre nosotros?
—Espero que no, no puedo recordar nada. Pero si acaso algo hubo, deberé reprochármelo a diario.
—¿Porque no lo recuerdas?
—No, porque te encuentras lejos de la idea que tengo sobre una conquista repentina.
—¡Entonces largo de aquí! Que no estoy para lidiar con un idiota.

H. se levantó sin decir nada, mientras se vestía observó a través de un espejo cómo M. entraba a otra habitación.

—¿Qué es ese olor? —Preguntó H.
—Café, ¿quieres un poco?
—Sí, lo necesito.
—¿Tienes cigarrillos?
—Claro, —respondió abotonándose la camisa. Sacó uno, lo encendió y se lo entregó a M.— ¿Por qué aún no te has vestido?
—No planeo salir.
—¿Y sueles pasearte desnuda por aquí?
—Sí, es mi casa, no hay ventanas y tampoco me importa que alguien observe mientras lo hago.
—Interesante.
—¿Te sucede a menudo?
—¿Qué?
—Despertar en habitaciones extrañas sin recordar nada.
—No, es la primera vez.
—¿Y no te causa alguna especie de conflicto?
—Sí, pero prefiero no darle demasiada importancia.
—Eso es evasión.
—Sí, bueno, no importa.

Hubo un largo silencio en el que M. recorría cada rincón en busca de cualquier pista que le ayudara a resolver ese incómodo misterio. H. estaba sentado abrochando sus zapatos y cerciorándose de que sus pertenencias estuvieran completas.

—¿Qué piensas? —dijo luego de notar que su billetera había desaparecido.
—En lo peculiar de esta situación. Recuerdo que conducía hacia mi trabajo y eso es todo. Ahora estoy aquí, contigo, sin saber qué sucedió.
—¡Extraterrestres! —dijo H. levantándose con violencia— ¿Crees en ellos?
—¡Eres un idiota!
—En alguna ocasión leí que este tipo de cosas pasan cuando alguien es abducido por esos seres.
—¿Bebiste acaso?
—No. No lo he hecho desde hace años. ¿Tú?
—Tampoco.

Estaban parados frente a frente, M. sostenía un cigarrillo con su mano derecha, H. una taza de café. Se miraron fijamente buscando respuestas y, al no encontrarlas, decidieron besarse.

—¡Vaya impulso! —dijo M. cuando se separaron.
—Creo que, después de todo, no eres tan mal parecida.
—Pues yo aún creo que eres un idiota.
—Eso está bien, me considero como tal. Luego de escucharlo más de tres veces por día es difícil apartarse de esa idea.
—¿Y qué sigue?
—Podría irme y fingir que nada de esto ocurrió, supongo que no habría problema.
—Es lo mejor.
—¿Has visto mi billetera?
—No.
—Está bien, puedes conservarla, no había nada de valor allí.
—¡Dije que no la he visto! ¿Por qué supones que la tengo?
—Estoy seguro que la llevaba conmigo cuando salí.
—Quizá la perdiste en algún otro lugar... o se la quedaron los extraterrestres como souvenir.
—¿Entonces crees en ellos?
—¡Ja!, sólo estaba siendo sarcástica. Es hora de que te vayas.

H. salió sin despedirse, recorrió algunas calles y comenzó a recordar todo, cada instante le aparecía provocándole ligeros malestares estomacales, pero no le importó, no se detuvo, siguió su recorrido sin mirar atrás, entró a su casa y se recostó en el piso. Comenzó a convulsionarse y vomitó. Se quedó dormido.-

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escrito por tazerk a las 04:06 | email

6/11/2006 

.los excluidos (o ingenio enmohecido parte dos)
La televisión anuncia que han detenido a otro grupo de inmigrantes sudamericanos que intentaron cruzar la frontera mexicana con la esperanza de llegar al país del norte donde todos sus sueños se verían realizados. La apago y tomo un periódico de algún año que no es este. No me molesto por revisarlo. Lo abro al azar, el encabezado dice: El porcentaje de suicidios se ha incrementado en un 15% con respecto al año pasado. Abajo, con letras más pequeñas: Ahorcamiento, el método más frecuente. Lo cierro e intento pensar en otra cosa.

Exilio es la primera palabra que ocupa mi mente, por alguna razón semidesconocida la relaciono con los leprosos, aquellos excluidos que eran obligados a señalarse, a portar la vergüenza en el rostro y exhibirse sin remedio. Ahora los exiliados gozan de un sitio preferente en la sociedad. Son modelos a seguir, paradigmas dignos de admiración.

Le han robado su lugar a los leprosos y poseen una notable ventaja, a pesar de ir dejando sus restos por todas partes. Exhibirse es opcional y su demencia es, con bastante frecuencia, una simulación. Ahora se recluyen en cafés populares y no en hospitales abandonados. Se intoxican con literatura barata, se ahogan en sonidos polifónicos y hablan de Brown como si se tratara de Poe. Escriben en paredes, en libretas de bolsillo, en el servicial Word o en servilletas usadas. Escriben. Mucho. Mucho y en secreto. Mientras observan, mientras caminan. Sentados en parques y/o en el transporte colectivo. Escriben, leen, imaginan. Pintan con sangre sueños inventados que admiran hasta desfallecer. Crean. Son artistas.

Indiferentes a todo, a ellos mismos, en lápidas sin epitafios; hambrientos, somnolientos y con un enorme vacío que llenan con ruidos estridentes y carcajadas frenéticas escriben sus padecimientos o sus aventuras. Dibujan, construyen, lloran. Se deshacen. Lectores ávidos, escritores impasibles, pintores elocuentes. Por todas partes, en cualquier alcantarilla, bajo los árboles o encima de un edificio. Todos ellos sometidos por el impulso creador, ese instante inoportuno que aparece en mitad de un sueño placentero, en pleno acto sexual, en la incomodidad de un camión repleto de desconocidos y no puede, ni debe, ignorarse. Dejarlo pasar es un pecado, transgresión pura. Y el castigo —¿acaso podría ser otro?— es su completa aniquilación, pues nunca volverá a presentarse, o al menos no con la misma intensidad.

Ese impulso no es la razón de la que me valgo para divagar sobre lo anterior (tampoco sobre lo que sigue), sólo apareció como parte de un balbuceo frecuente que surge a partir de la ociosidad (también cada vez más habitual) que, la verdad, no conduce hacia un lugar fantástico repleto de seres imaginarios con rostros familiares (que, para variar, es lo que esperaba). Ese instante me es ajeno, no logro manipularlo a mi antojo ni retratarlo en cualquier expresión artística, por eso lo veo pasar y jactarse de su magnificencia.

Una línea —tan sólo quince palabras— de quinientas se convierte(n) en un golpe matutino en el rostro o una tortura que se extiende más allá de lo que cualquiera es capaz de resistir. Pero dejémonos de comparaciones innecesarias (y de balbuceos agitados). El que mi abuela se encierre en su habitación por días y noches enteras a escuchar música, sin hablar con nadie, ajena a cualquier perturbación ("con mis problemas me basta y sobra, por eso no quiero ver a nadie", dice cuando alguien le pide salir), es otro síntoma del enajenamiento repentino causado por cualquier excusa. Se excluye, como tantos, por voluntad propia. Otros prefieren la soledad multitudinaria o el aparente desequilibrio y, de cualquier manera, esto tampoco tiene sentido y sin ese sentido ¿de qué otra cosa puede alguien sujetarse cuando la supuesta inspiración se le va de las manos? Lo cierto es que no tengo idea y hoy no alcanzan las suposiciones para ingeniar alguna respuesta. ¿Será que envidio a los exiliados e intento desesperadamente convertirme en uno de ellos? ¿O será, simplemente, que trazo palabras al azar con la esperanza hueca de encontrar en esto mi catarsis?

Sea cualquier cosa (o ninguna), hoy no hay ánimo para respuestas.-

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escrito por tazerk a las 06:39 | email

1/11/2006 

...
Vaya, al parecer los mensajes instantáneos (im) y cualquier otro tipo de contacto virtual, con excepción del email, han estado fallando cerca de un mes. No pienso buscar el error ni repararlo (al menos no en estos días), así que una disculpa a cualquiera que haya enviado algo.-

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escrito por tazerk a las 09:22 | email