28/12/2006
.black fiction
Y ahora un corto: black.fiction
Algunas capturas:
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Y acá, en un post viejo, otras con mejor calidad.
Etiquetas: propaganda
escrito por tazerk a las 06:23 |
25/12/2006
.noches
Recibí un paquete maltratado, venía de Veracruz. No conozco ese lugar. Era de M.. A veces me envía paquetes vacíos, pero esta vez no. Incluyó dieciocho papeles amarillos, tres colillas de cigarro y una fotografía desenfocada del puerto. Incluso noté que aromatizó todo con alguna especie de alcohol. Quizá fue perfume o derramó algo de vodka. No escribió su nombre, sólo su inicial. En algún lugar leí algo acerca de un tipo que escribía cartas con demasiadas páginas, tantas que le era complicado cerrar el sobre. También decía que cuando no tenía tanto por escribir rellenaba el sobre con papel higiénico. Eso me hizo reír. Creo que su novela iba de recuerdos de un viejo que lamentaba haber malgastado su vida. Sentí pena por él, luego repugnancia. Fue difícil asimilar que alguien tuviera tanto de que arrepentirse. Lo usual es que no me arrepienta demasiado. Supongo que llegó a mis manos porque alguien quería que me diera cuenta de que algo estoy haciendo mal y que me arrepentiré de todo algún día. No sé. Las similitudes eran pocas, pero en todo lo que se lee es posible descubrir semejanzas esporádicas que saben acomodarse en algún sitio.
Rompí por accidente otro cenicero, el tercero del año. Pensé en limpiar mi habitación, hacer una llamada, contener la respiración por tres minutos. Escuchar música hindú o nada más sentarme a leer cuentos infantiles.
—Es en días como estos cuando haces un recuento, ¿no?
—Sí. Eso parece.
—¿Lo harás esta vez?
—No, he hecho varios y todos terminan igual.
—¿Cómo?
—Con puntos suspensivos.
—¿Qué significan?
—A veces que aún queda mucho por decir y que ya no sé cómo hacerlo; a veces nada.
—¿Has pensado en dedicarte a algo productivo? No sé, conseguir algún empleo.
—No. ¿Por qué habría de pensar en eso?
—Facilitaría mucho las cosas.
—No quiero una vida sencilla.
—No se trata de una vida sencilla, sino de algo más.
—¿Algo más? ¿Como qué?
—Comodidades, lujos. Ya sabes, es el comienzo de necesidades superiores.
—No quiero necesidades superiores. Las que tengo me bastan.
—¡Cuánto rechazo! ¿A qué le temes?
—Ya he contestado eso antes.
—¿Ah sí? No lo recuerdo.
—Mejor.
—Sí. Mejor evitar malos momentos.
—¿Evitarlos? No, guardarlos para otra ocasión. Es cuestión de saber utilizarlos. Jugar un poco.
—¿Has pensado en tu futuro?
—No. Me aburre, prefiero pensar que no tengo o concentrarme en el de los demás.
—Qué pérdida de tiempo.
—Sí, en fin, ¿qué más da? Aún tengo buena suerte.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 17:02 |
23/12/2006
...
No era la chica más guapa de la ciudad, sino del planeta. No estoy exagerando, deberías haberla visto. Su rostro no necesitaba maquillaje, aunque cuando lo utilizaba era imposible dejar de notarla. Tenía una hija, creo que su nombre era Wendy o Kathy o alguno de esos otros nombres idiotas. No la quería, era un estorbo y no se molestaba en ocultárselo a nadie. En su juventud fue deportista, la más veloz en siete estados. Olvidé su edad. Quizá nunca me la dijo. Hablábamos sólo de acontecimientos recientes. Aumento al precio del tabaco, nuevos establecimientos para nuevos desesperados. ¿Dónde habían quedado las cantinas de los indeseables? Cerveza siempre insuficiente, bebidas de menor calidad. Trivialidades. Siempre trivialidades. Ahora pienso en ella. Ahora, algunas noches, cuando no hay nada más que hacer, la extraño. Tampoco me molesto en ocultárselo a nadie, pero nunca digo su nombre. Digamos que se trata de K. «¿Pero quién es K.?» pregunta cualquiera. «Pregúntale a Warhol» respondo sin dar explicaciones.-
Etiquetas: efimerias
escrito por tazerk a las 04:02 |
22/12/2006
.diálogos ocasionales (2)
Había bajado al baño más de cuatro veces. K. estaba leyendo una novela de Sade con la televisión encendida.
—¿Puedes concentrarte en la lectura con ese aparato encendido?
—Claro, sólo lo ignoro.
—¿Por qué no lo apagas y pones algo de música?
—¿Para qué? Los destellos del televisor son más incitantes.
Ella continuó con la lectura, yo no dije nada. Pensé que en estos días me disculpo más de lo necesario, me quedo callado por más tiempo, por cualquier razón. Fui a la cocina y me serví una taza con agua, agregué dos cucharadas de café y comencé a calentarlo. Regresé a la sala.
—¿Quieres ver una película?
—No. Estoy leyendo.
—Podría contarte el final de esa novela y así tendrías tiempo disponible.
—No te atrevas.
Me dio igual, se lo conté.
—¡Te advertí que no lo hicieras! —dijo mientras se levantaba.
—Creí que bromeabas.
—Rara vez lo hago —hizo una pausa y continuó— deberías saberlo... ¿qué película es?
—Ésta —dije mostrándole un éxito taquillero de hace un par de años.
Parecía una noche tranquila, no había lluvia, pero sí algo de frío. Bebí de mi café y me senté a su lado.-
Notas inútiles: Esta nueva versión del blogger es un asco. Si en algunos días no mejora tendré que considerar seriamente utilizar un CMS menos molesto.
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 12:00 |
21/12/2006
.diálogos ocasionales (1)
—Lo peor que me ha sucedido —dijo K. quitándose del rostro el mechón de cabello azul que le adornaba—, es haber obtenido el segundo lugar en un concurso de cuento.
—¿Y qué tiene eso de malo? —le pregunté mientras arrancaba con desesperación el plástico que cubría mi más reciente adquisición: un libro de Lawrence Block.
—De malo nada, si te conformas con segundos lugares.
—No me parecen tan malos.
—¡Por favor! Eso arruinó mi vida.
—Vamos K., no exageres, tienes veintidós años. Aún no sabes nada de la vida.
—Sé lo necesario y eso basta.
—Está bien, sabes lo necesario.
Nos detuvimos a comprar café y cigarrillos. Ella pidió un capuchino helado con chispas de chocolate y una cereza. Yo, un té de frutas tropicales sin azúcar. Más tarde lamenté esa decisión.
—De eso a nada, hubiera preferido nada.
—¿Sigues con el tema? Bueno, ¿cuál fue el problema del segundo lugar?
—¡Ah, sencillo! Un segundo lugar significa que tu basura pudo ser mejor.
—Eso debería motivarte. Hay quienes ni siquiera eso obtienen.
—Sí, ¡pues que se lo den a uno de ellos! Yo no necesito su caridad.
—También recibiste algo de dinero, ¿no?
—Eso es otro asunto.
—No te vi quejándote por eso.
—Lo necesitaba.
—¿Ves? Entonces resultó algo bueno de aquello.
—¡Al diablo! No entiendes.
—No, no entiendo.
—Mira, por ejemplo, ese libro que tienes, ¿crees que él alguna vez obtuvo un segundo lugar en algo?
—No lo sé.
—Supongamos que no. Por eso tiene cientos de novelas.
—No tiene cientos de novelas. Además, dudo que eso tenga algo que ver con sus publicaciones.
—¡Persistencia! A eso me refiero.
—¿Entonces crees que es mejor no haber ganado nunca que aproximarte al éxito?
—Sí, eso creo. Al menos te mantiene luchando por conseguir lo que deseas.
—¿Y aquello acabó con tu lucha?
—No, sólo con los deseos de continuarla.
—Sigo sin entender.
—Es como el café descafeinado, dime, ¿acaso hay un invento más inútil?
—El tabaco sin nicotina, la cerveza sin alcohol.
—¿Existen?
—Sí.
—¿Y a ti qué te preocupa?
—¿Preguntas de verdad, para fingirte interesada o sólo por cambiar la conversación?
—Lo que prefieras.
—Bien. Todo me preocupa. Por ejemplo, tengo más libros de los que puedo leer.
—Eso no es un problema.
—No dije que lo fuera.
—¿Por qué no los regalas?
—No me gusta desprenderme de mis cosas.
—¿Por qué?
—No sé. Creo que conservan algo tuyo y regalarlo es perder ese algo.
—Eso es tan idiota...
—Sí, yo también lo soy.
—Muchas veces.
—Muchas.
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 07:54 |
20/12/2006
.¿recuerdas a q? (miércoles de plagio)
¿Lo recuerdas? ¿Cuando aquel auto lo arrolló y él, sin inmutarse, se levantó, se sacudió el polvo de la ropa, recogió sus cosas y siguió caminando? ¿Cómo ignoró los improperios que el hombre del coche le gritaba agitando con energía ambos brazos mientras Q. seguía caminando sin voltear atrás? Vamos, recuérdalo. Su particular estilo para caminar sin mover los brazos, con la mirada siempre hacia adelante. ¿No te intrigaba su manera de hablar? ¿Esas enormes pausas entre una palabra y otra? ¿La manera en que miraba a aquella chica? Vamos, las pláticas recurrentes, los poemas idiotas, su forma de beber, el corte de cabello, la obsesión por el café, por el tabaco, por la televisión. ¿No sabes qué ha sido de él? Escuché que se había mudado a otro país. L. dice que murió en Barcelona, pero sé que es mentira, él me aseguró que jamás saldría de México. Aunque era un mitómano empedernido, quizá sí se fue a España y allá alguien acabó con él. ¿Recuerdas que a pocos les agradaba? ¿Supiste de cuando se enfrentó a un tipo que habló mal de alguna de sus amigas y aquel prometió matarle? Nunca me enteré de que volvieran a verse. Dices que recibiste una postal, ¿tenía un camello en la portada? Ya sabes que eran sus animales preferidos, siempre soñó montar uno. Hace poco encontré una de sus grabaciones, la del mítico duelo entre la Vargas y Sabina. Gloriosa imitación aquella, ¡cómo reíamos al escucharlo! Y ahora ya no queda nada, ni siquiera retratos. ¿Por qué nunca nos tomamos una fotografía juntos? Me encontré con su madre hace algunas semanas, dijo que tampoco sabía nada de él, que un día salió de su casa con una maleta y se marchó sin decir adonde. Tengo uno de sus libros, no aquel que publicó con su seudónimo, sino ese que sólo le repartió a pocas personas. El del cuervo en la portada. El de los poemas en prosa que le dedicó a M. y a L. y a nosotros. ¿Crees que se haya suicidado? Yo no, le repugnaba pensar en su muerte. Creo que aún vive. Quizás en algún hotel de su ciudad favorita. Tal vez trabaja como reportero o repartidor de pizzas. No sé, no pienso mucho en él. No pienso mucho en nadie. Bueno, sí. Algunas veces me gana la nostalgia y pienso en todos. A veces también en ti. Es por eso que me dio por recordarlo. Es por eso que te cuento todo e intento que también lo recuerdes. Aunque sea un poco. Por los viejos tiempos.-
Por cierto, para los despistados, hoy se estrena diseño.
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 14:40 |
18/12/2006
...
—Elige una canción. Cualquiera. Vamos, el reproductor digital ofrece una amplia variedad. No hay de qué preocuparse.
—No quiero escuchar música.
—Tampoco yo, pero eso hará la espera más...
—¿Satisfactoria?
—Soportable.
—¿Y qué estamos esperando?
—No lo sé. Cualquier cosa...
Etiquetas: efimerias
escrito por tazerk a las 09:27 |
13/12/2006
...
Su nombre ardía en mi bolsillo. Aún le preocupaba el tiempo, el ritmo, las luces. Sentía desprecio por los jueves, por las arañas. Siempre lucía como si acabase de despertar, de abrir los ojos luego de un sueño turbio. Le aterraba envejecer. Poseía la mirada más triste que he conocido (en los últimos tres meses). También una sonrisa que anestesia (amnésica). Nunca memorizaba los nombres de las canciones, sólo las primeras cuatro o siete palabras. El primer verso. Escribía para los niños. Vivía por / para / de ellos. Los imitaba y dormía, sentada, en un sillón. Pasaba horas frente a una pecera. Coleccionista de libros / caricias / tragedias. Repudiaba a los perros, a los gatos, a cualquier cuadrúpedo. Y recitaba sin descanso «mi vida es un sábado perpetuo, un vaivén de rostros, de aromas y de voces. Una palabra y una bebida amarga sobre una mesa rota. Mi vida no es, precisamente, un sábado. Es, tal vez, un domingo o un lunes. Es toda la semana resumida en un instante lleno de adjetivos. El sábado es eterno, repentino y, a veces, carece de importancia». Y yo, por complacerla, nunca decía nada.-
Etiquetas: efimerias
escrito por tazerk a las 06:28 |
12/12/2006
.burda y torpe ciudad adornada con banderas bicolor (o prosa rápida y banal)
Allí estaba K., al pié de una catedral insípida cuya historia desconozco. Frente a una plaza repleta de desconocidos. Diez con treinta y cinco. Sus manos desocupadas y propaganda política en cada esquina. Era el momento adecuado para encender un cigarrillo y lanzar basura desde este vehículo en movimiento. Pero no tenía nada, otra vez será. El museo está en remodelación y más adelante, frente al colorido Palacio de Gobierno, un grupo de personas que, como Blanche du Bois, confían en la amabilidad de los extraños, extienden una manta que dice algo como "donaciones para los damnificados de alguna-desgracia-inesperada". Toco el claxon y le hago una seña obscena a una chica que me observa desde la banqueta.
Giré en cuanto pude y me detuve frene a K. "He, K., ¿quieres ir por un café?", dije sin bajar del coche. "¡Vete al diablo con tu café!", respondió y me hizo una seña con el dedo. Supuse que esperaba a alguien y me fui. Aparqué en doble fila obstruyéndole el paso a un hombre en silla de ruedas. Entré a la cafetería, ordené un americano para llevar y lo derramé por accidente al pagarlo. Hice una escena y me sirvieron otro.
De regreso a casa recordé las clases de civismo de la secundaria y vociferé un par de maldiciones por simple placer. Era un gran día, estaba nublado y no tenía nada qué hacer. Conduje hasta una playa cercana, tomé un par de cervezas y me recosté en una hamaca que un sujeto me rentó por veinte monedas. Había perdido mi encendedor y me costaba tres cerillos cada cigarro. Vaya desperdicio, pensé, luego recordé cuánto detestaba el mar y regresé a mi hogar a escribir en las paredes un poema que obtuve a cambio de un disco de música clásica que alguien olvidó en alguna visita.
Era sábado, un sábado gris y cotidiano. Absurdo, por lo tanto excepcional.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 00:13 |
9/12/2006
.condición humana
En el otoño de 1996, en alguna comunidad mexicana un par de jóvenes arrojaron un gato en llamas por el ventanal de una iglesia. Los parroquianos salieron en busca de los culpables y al encontrarlos los castigaron por su acto de herejía. En Chetumal electrocutan perros callejeros para erradicarlos de las calles, aseguran que es una manera sencilla y eficaz para deshacerse de ellos. En Haití, hace apenas algunos meses, un hombre apaleó, por mero placer, a un perro hasta que su cuerpo, el del apaleador, cedió por el cansancio. En España un joven cortó en dos a un gato con una katana. En Salamanca, Toledo, Valladolid y en algunos otros bosques del país mencionado es común encontrar galgos ahorcados y en estado de descomposición luego de la temporada de caza. Incluso en la ciudad más alejada o de menor población se encuentran, con mucha frecuencia, animales de cualquier especie que son masacrados por diversión o bajo cualquier otro pretexto. Por el resto del mundo se cometen asesinatos similares que rara vez trascienden. Focas en Canadá, delfines en las costas japonesas, gatos y perros en Corea del Sur, osos en China, orangutanes en Tailandia.
Mientras el planeta se desquebraja y diversos grupos ambientalistas alzan la voz, organizan manifestaciones, recolectan firmas, elaboran pancartas con sentencias retadoras y abusan de los medios de información y/o comunicación que, para el caso, da lo mismo, yo subo el volumen de la música, cierro los ojos y pienso si debo continuar robándome los cigarrillos de mi madre. No me preocupo de los animales, ni de las guerras, ni del conflicto oaxaqueño. No me preocupa la biblioteca de Alejandría, Auschwitz o Irak. Prefiero sumergirme en absurdas divagaciones relacionadas con el tabaco y preocuparme por el color de la camisa que usaré el martes. «¿Roja o azul?», le pregunto a K., «roja», responde, «te sienta mejor». Así que me dispongo a vestir de rojo ese día.
Un par de jóvenes que se autodenominan anarquistas están pegando carteles alusivos a las corridas de toros. «Eso es matar por diversión», dice uno «sí, a la mierda con esos salvajes», dice el otro. Luego entran a un bar y colocan sus carteles detrás de una cabina telefónica. «Es la voz de las nuevas generaciones», me dice un anciano que destapa una Coca-Cola™, «necesitan encontrarle sentido a sus vidas y se valen de cualquier artimaña para conseguirlo». Finjo no escucharlo para no responder y le pregunto a K. si debería convertirme en defensor de alguna causa que inspire a otros. Ella me mira y dice «conviértete en gigoló», luego comienza a reír.
«Recuerdo cuando todo esto nos importaba», digo sin saber exactamente por qué, «bah, no nos importaba, sólo queríamos sentirnos parte de algo» dice ella y sé que tiene razón. «Supongo que eso me convierte en un idiota, ¿cierto?» insisto en seguir con una conversación, supongo que la culpa o el aburrimiento me exige hablar de cualquier cosa. «¿Qué te convierte en un idiota, haber formado parte de algo sólo porque no tenías otra cosa que hacer o darte cuenta hasta ahora?», dice ella y yo opto por quedarme callado.
Ahora prefiero ver televisión en lugar de asistir a una marcha que convoque un grupo de defensores cuyas razones no sólo desconozco, sino que, además, no me quitan el aliento ni hago un esfuerzo por comprender. Si debo decidir entre una u otra opción, elijo una tercera o aquella que se acerque más a lo piense en ese momento o, cuando la antipatía es superior al deseo de elegir algo, recurro a la vieja práctica de "decidir no decidir".
Las matanzas continúan en todas partes, las rebeliones, los atropellos, las injusticias, la incertidumbre, la confusión, el deseo de ser partícipe de algo, de demostrar que la juventud se interesa por el mundo y sus derechos y todo lo que implica ser parte de una generación concienzuda y preocupada por preservar, defender y mejorar esta y otras especies. Y mientras todo esto ocurre, yo busco en una vieja caja algún álbum de Soft Cell para escucharlo en una habitación semivacía mientras como papas fritas y bebo algún refresco importado en compañía de K.. Eso es todo lo que pido, sin perturbarme por ser un idiota al que le preocupa más saber en qué disco se incluye "The girl with the patent leather face" que reflexionar acerca de las condiciones en que llegó al poder el actual presidente de la república.-
Etiquetas: notas
escrito por tazerk a las 03:08 |
8/12/2006
.aromas urbanos
E. se levanta y da algunas vueltas por su habitación, se rasca el trasero y regresa a su asiento. Frente a la computadora escribe un par de líneas sobre cualquier cosa, bebe un poco de café —frío, argumentando que es así como se debe ingerir— y a veces enciende un cigarrillo que no consume. Se viste despacio, pues siempre despierta tres horas antes para actuar con serenidad y despabilarse por completo. Sigue una rutina establecida años atrás —baño, desayuno ligero, medio vaso de vino y un poco de modelaje improvisado frente al espejo—, sale hacia su trabajo y percibe ciertas peculiaridades a las que antes no les había prestado atención alguna.
Se deleita con los vehículos apresurados que violan las señales de tránsito y la brutalidad con que se deslizan por las calles los conductores suicidas. Ella utiliza el transporte colectivo arguyendo que le es imposible negarse el placer de compartir cada mañana treinta minutos de asfixia con desconocidos.
Este día resultó distinto. Su olfato era más sensible. "Esos olores" —dijo— "son tan seductores... incluso exquisitos. El humo del tabaco encendido, el desayuno en los restaurantes, el combustible derramado en el asfalto, el sudor de los obreros, el de los deportistas, el perfume barato de los estudiantes y las amas de casa.". Con asombro observó, desde su ventanilla, a una mujer que fue arrollada por un automóvil verde. Se habían reunido varios curiosos a su alrededor, E. se bajó en cuanto pudo y acudió al sitio. Había sangre en el piso, tomó un poco con sus dedos y la olió, algunos la observaron con disgusto. A ella parecía no importarle.
Llegó una ambulancia con dos paramédicos apresurados que levantaron a la mujer herida y preguntaron si entre los presentes se encontraba alguien que la conociera. E. levantó su mano y mintió. En el hospital recorrió los pasillos inhalando con fervor, cada poco tiempo, los aromas que despedían los condenados. "El olor de los hospitales evoca mi niñez" —dijo en tono melancólico mientras sacaba de alguno de sus bolsillos un teléfono celular.
Aquella mañana E. no acudió a su trabajo, se tomó la libertad de recorrer las calles con los ojos desorbitados y su nariz atenta a cualquier perturbación. Llegó a un mercado y lo recorrió despacio. Se detuvo en algunos puestos a oler verduras; en la carnicería sintió deseos de lamer los restos desollados de otro tipo de condenados. El dependiente la observó con alegría y le ofreció algunos cortes que consideraba excelentes, E., amablemente, los rechazó y siguió con su travesía.
Del otro lado de la ciudad, en un conocido centro de negocios, los empleados se disponían a servirse la merienda. E. se les acercó sin titubear y, junto con ellos, tomó un plato que llenó con pan y mermelada. Se acercó un jugo de naranja y fue a sentarse a una mesa vacía.
"¿Viste el noticiero esta mañana?" Preguntó uno de los empleados que acababa de sentarse cerca de E.. "No, apenas tengo tiempo de vestirme", contestó otro. "Dijeron que en algunos cientos de años la nariz desaparecerá de las personas", continuó el primero. "¿Acaso están dementes?" intervino E., "sin el olfato la vida carecería de sentido". Los empleados la miraron un segundo y continuaron su conversación sin inmutarse. E. se marchó.
Quiso entrar a una cafetería que descubrió cerca de un parque, pero el humo de un carburador en mal estado le resultó más atractivo. Tosió en varias ocasiones, pero no se movió ni cubrió su nariz hasta que aquél vehículo logró encender y alejarse despacio, mientras, tras él, una densa y pestilente nube gris se elevaba despacio ante la mirada atónita de E..
Más adelante se detuvo un momento frente a una iglesia y cerró los ojos. No rezaba, aspiraba el dulce aroma del atardecer veraniego. "Olor a lluvia", dijo en voz baja. "¿Te gusta la lluvia?", le preguntó un hombre que vendía papas y algunas otras frituras. "La detesto", contestó E.. El hombre ofreció sus productos, E. los rechazó y siguió caminando.
Llegó a su hogar, encendió la cafetera y se acercó a la ventana. Llovía en todas partes y E. tenía en sus manos un café caliente que no quiso beber. Pensó que aún podía sorprenderse por cualquier fruslería y sonrió en nombre de la cotidianidad. Encendió su computadora y escribió un par de líneas acerca de cualquier cosa, luego durmió.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 03:16 |
7/12/2006
...
No me robó nada. Salió con un libro bajo el brazo y golpeó la puerta tan fuerte que fue inevitable el estremecimiento. No hice un esfuerzo por levantarme, incluso cuando sabía que no volvería a verle. Salí de la cama a medio día y estuve en el baño cerca de cuarenta minutos. Escribí su nombre en el espejo con una barra de jabón barato y me afeité cortándome el rostro en cuatro ocasiones. Quise recordar si había soñado y sólo logré pensar en el mar. El mar me desagrada.
Salí a la calle en busca de un parque, después regresé a casa, me detuve en la puerta pero no entré. Seguí caminando hasta una cafetería. Pedí jugo de naranja y un trozo de pan. Había días mejores, cientos de ellos, sólo que a veces no se tiene tanta suerte y resulta imposible encontrarlos.-
Etiquetas: efimerias
escrito por tazerk a las 02:48 |
6/12/2006
.f
Porque también aquí hay historias aburridas
—más de lo acostumbrado— de poca importancia.
Historias que inmiscuyen recuerdos que
pretenden perdurar a pesar de todo.
De F. aprendí algunas prácticas que aún conservo. El gran F., recuerdo como me gustaba hablar de él y con él. Recorrer la ciudad en bicicleta o caminando, sin dirección. Por placer. Recuerdo algunas risas y travesuras infantiles que hoy no le tolero a nadie.
Su acento, ahora, era distinto, también su manera de andar. Le había ido bastante bien, abandonó la escuela y consiguió un buen empleo. Insistió en acudir a un bar, de la cuenta, dijo, no había que preocuparse, él correría con los gastos.
—¿Recuerdas cuando simulábamos tener una estación de radio y grabábamos idioteces durante horas? —Preguntó F. luego de la primera de cerveza.
—Sí. —Contesté.
—Encontré un par de aquellas cintas. Parecíamos tan felices. —Continuó.
—Sí, pero todo cambia. —Dijo R. dándole un sorbo a su bebida.
—¿Y recuerdas aquella vez en el teatro, cuando T. subió al escenario y rompió una silla y luego salió corriendo y fuimos tras él?
—Sí, también lo recuerdo. —Agregué.
T. comenzó a reír.
—Vaya que eran buenos días —dijo—, jamás olvidaré aquella casa donde nos ocultamos. El vagabundo. Ja ja. ¿Qué habrá sido de él?
—Quizá murió. —Intervino R..
—Mi padre murió hace tres meses. —Dijo F. y nadie habló durante algunos minutos.
P., que hasta ese momento se había limitado a sonreír, comenzó a hablar.
—Sabes, las cosas por aquí también han cambiado.
—¿A qué te refieres? —Le preguntó F.
—A nosotros. A todo. Ahora la ciudad es más grande. Tenemos cientos de pretextos para no vernos. Esta reunión es una farsa y me incomoda estar aquí. Gracias por todo. Pero tengo que irme. No puedo decir nada de tu visita, no me alegra, no me entristece. Simplemente me desagrada revivir algunos recuerdos.
P. se levantó y se fue. F. bajó la mirada. Sentí deseos de arrojar mi botella contra P. pero T. me detuvo. Seguimos bebiendo.
—¿Qué ha sido de ustedes? —Preguntó F.
—T. trabaja en un servicio de paquetería, P. en una escuela, H. en alguna oficina. Yo —dijo R. que era el encargado de llevar la conversación— tengo un pequeño negocio de computadoras.
—Vaya, todos hacen algo productivo.
—Sí. Algo productivo. —Añadió R. y el silenció regresó a la mesa.
Se mencionaron más frivolidades que acompañábamos con risas. T. se marchó después de la cuarta cerveza. R. hablaba sin parar de computadoras y personas que nadie, además de él, conocía. Yo no decía demasiado. F. sólo reía y se mostraba atento a cada palabra de R.. Luego de un rato R. se levantó con el pretexto de ir al baño, pero ya no regresó. El mesero se acercó a decir que algo había ocurrido con R. y por eso salió apresurado, que no tuvo tiempo de despedirse. Eran las once de la noche.
—No sabía que era tan incómoda mi visita. —Dijo F.
—No es eso —respondí—, algo anda mal desde hace algunos años. Antes de este momento no nos habíamos visto. Creo que no soportamos estar en el mismo lugar.
—¿Y la amistad?
—Se desvaneció. Así, repentinamente. Nadie se enteró de cómo sucedió.
—Eso es triste. Esperaba que todo siguiera igual que antes.
—Eso es esperar demasiado.
—Bueno, me conoces, suelo esperar demasiado. Es inevitable.
—¿Por qué regresaste?
—Quería visitarlos.
—No mientas. Sabes que no puedes engañarme.
—Asesiné a mi padre.
El bar estaba casi vacío, el mesero regresó a advertirnos que estaban por cerrar la barra. No ordenamos nada, F. pidió la cuenta, pagó y nos marchamos.
—¿Piensas quedarte? —Pregunté.
—No. Vengo a despedirme. Esta vez para siempre.
—Aquella vez también te despediste para siempre.
—¿Y vas a reprochármelo?
—No.
Recorrimos viejas calles que conocíamos a la perfección. Hablábamos poco. Ya no reíamos y tampoco queríamos recordar nada.
—Creí que entenderías. ¡Fue un accidente!
—No es necesario que justifiques nada. Además no me trago eso de que haya sido un accidente.
—Sí, esta vez sí. ¡Lo juro! Fue...
—Un accidente —interrumpí—, siempre es un accidente. No te preocupes. Esta visita es irrelevante. Aquí pocos te recuerdan. Y quienes lo hacen aún te ven corriendo y gritando detrás de un balón. Al menos déjanos eso.
F. se fue por la madrugada. Lo acompañé a la estación de autobuses. Por un altavoz alguien dijo "pasajeros con destino a ..., favor de dirigirse al andén número cuatro y abordar su autobús". F. puso entre mis manos un sobre y agregó "sabes a quién entregárselo". Luego desapareció entre el resto de los pasajeros.
Por alguna razón me quedé allí hasta las siete de la mañana. No quería ir a ningún lado. Observé el sobre y quise abrirlo. Quizá debí mencionarle que el destinatario también había muerto. Que se había volado la cabeza una tarde de abril. Me obligué a recordar un poco más. F. huyó hace cinco o seis años por una razón similar. Había vuelto y ya no era el gran F. que habitaba en mi memoria. Había envejecido. Salí de la terminal y arrojé el sobre en una alcantarilla.-
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escrito por tazerk a las 04:27 |
5/12/2006
...
Llegué, como pude, hasta la entrada de mi casa. Saqué la llave, intenté introducirla por la cerradura, erré, lo intenté de nuevo, volví a fallar. Cerré los ojos y me desvanecí sin poder hacer nada. Quedé en el piso y después de algunas horas abrí los ojos. Era de noche y estaba descalzo. Algún oportunista se había llevado mis zapatos mientras yo soñaba plácidamente con K.. Deseé no haber despertado. En innumerables ocasiones lo he deseado, pero nunca lo consigo.
Horas antes había bebido cuatro tazas de café y fumé cerca de doce cigarrillos. No recuerdo si comí, tampoco me importa. Les hablé a quienes me acompañaban de cualquier cosa y me correspondieron con comentarios similares. Conté un par de cuentos, mi presión disminuyó y salí a caminar con la mirada perdida y los pensamientos desordenados. Abordé el transporte colectivo y la sudoración no se hizo esperar. Me recargué en un desconocido que prefirió levantarse de su asiento, me recorrí y lo sustituí con la ventana. Cerré los ojos pero no dormí. Nadie ocupó el lugar a mi lado. Algunos me veían con incertidumbre, otros, supongo, ni siquiera me notaron. Bajé del colectivo y caminé algunas cuadras, el malestar se incrementó, las náuseas me impedían apresurar el paso. Me senté en la banqueta e intenté vomitar. Tampoco lo logré, otro fracaso a la lista. Estuve allí algunos minutos, hasta que pude continuar.
En casa busqué el sillón y me tumbé en él. Estuve allí, escuchando vehículos y personas pasar. Algunos niños que gritaron algo y alguien que golpeó la puerta por accidente. No me levanté ni intenté dormir. Sonó el teléfono, una, diez veces, seguí acostado y amaneció en algún momento. Estaba solo y con la nostalgia a cuestas. No soñé nada o lo olvidé al levantarme. Quizá ni siquiera dormí. Ahora es lo que menos importa.-
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escrito por tazerk a las 01:47 |
4/12/2006
...
En la cafetería de siempre...
—He estado ingiriendo distintos medicamentos desde hace dos días.
—¿Estás enfermo?
—No sé. Creo que es para prevenir cualquier futuro malestar.
—No es común que te preocupes por tu salud. ¿Pasa algo?
—Supongo que sí. ¿Tienes cigarrillos?
—Escuché que habías dejado de fumar.
—Sólo fue un malentendido.
—¿Por qué siempre vamos a los mismos lugares?
—No conozco muchos.
—Eso no es lo que escuché.
—¿Y desde cuándo le prestas tanta atención a lo que se dice de mí?
—Desde que escuché algunos rumores.
—¿Rumores? Tal vez sean más que eso.
—Sí, bueno, ¿qué sucede?
—Nada.
—Está bien, si no quieres profundizar en temas que te incomodan, por mí no hay problema.
—Siempre hay problemas por cualquier idiotez.
—Es un síntoma común en las personas, hacer más grande cualquier pequeñez. Creo que los hace sentir bien estar en conflicto.
—No, yo creo que lo hacen por molestar.
—Es posible que así sea algunas veces.
—¿Y cómo va todo contigo?
—Sigue igual. Desesperadamente igual.
—Decadencia absoluta, es otro síntoma de esta generación, ¿cierto?
—Me parece haber leído algo al respecto.
—Hace mucho que no leo.
—"No hay nada nuevo en los libros", ¿recuerdas quién dijo eso?
—Algún desquiciado.
—Al menos aún conservas tu sentido del humor.
—Debe haber algo que le impida salir corriendo.
—He escrito algunos poemas, pero no sé si tengan significado.
—¿Por qué?
—Porque no siento nada al escribirlos... o leerlos.
—Tal vez debas incinerarlos y ver si provocan algo. Si el humo cambia de color, si su ausencia te duele, si las palabras perdidas taladran tus oídos.
—¿Y para qué todo eso? ¿No basta con ocultarlos en alguna maleta y encontrarlos por casualidad luego de muchos días?
—Sí, es otra opción.
—Parece que ya es hora de abandonar este lugar.
—Sí, y buscar refugio en la música o en compañía de otros extraños.
—O en libros viejos.
—O en hojas blancas.
—O en habitaciones vacías.
—Ya deja eso de las habitaciones. Cada vez que alguien menciona alguna me indigesto.
—¡Ja! Pero eres tú quien siempre habla de ellas.
—Sí, algún día dejaré de hacerlo.
—No lo hagas, me agrada la ficción.
—No es tan difícil de entender, ¿verdad?
—¿La ficción?
—No, que la mayor parte de esto es mentira.
—Ah, claro. Es cuestión de interpretar un poco.
—No muchos lo hacen.
—Es cuestión de gustos. O ganas, no sé, como acudir a una exposición de arte moderno.
—Como masoquista en un museo de instrumentos de tortura.
—Es la peor analogía que he escuchado.
—Bueno, tengo otras.
—Déjalas para otro día, tengo que irme.
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 14:11 |
3/12/2006
...
La última línea no decía mi nombre. La carta que recibí no tenía firma. Olvidé las comisuras de su sonrisa y también el sonido de su voz. Cierro los ojos cada veinte minutos y suspiro. Inhalo el humo de una veladora que apagó la casualidad. Recuerdo lo que me viene en gana y sigo sin contestar el teléfono. Escribo algunas palabras sin pensarlas más de treinta segundos. Las dejo fluir. A veces dicen cosas, a veces no. Intento redactar una historia cuyo significado sirva de algo. A veces me deprimo sin saber por qué. A veces olvido lo que más añoro. Miento más de lo necesario y escucho canciones que no comprendo. Leo cualquier cosa para evitar algunas otras. Me pierdo en trivialidades que imagino por compasión. Escribo listas repletas de palabras, de objetos, de nombres. Etcétera.-
Etiquetas: efimerias
escrito por tazerk a las 16:10 |
Hacía más frío dentro de la habitación que en cualquier otro punto de la ciudad. Mi mandíbula temblaba y mis dedos entumecidos no soportaban el peso de una simple taza de café. Encendía un cigarrillo después de otro para mantenerme cálido. Mala estrategia. Tenía como fondo una canción que repetía en numerosas ocasiones "if she ever comes", imaginé que alguien, por cualquier razón, llegaría, pero nadie tocó en mi puerta. Me acerqué a la ventana luego de asegurarme que la música fuera distinta. Prefería no comprender las palabras así que elegí un disco en ruso que alguien olvidó en su última visita. Sólo sirvió para empeorar el momento. La melancolía no necesita traducción.
Encontré una hoja en el piso que decía "Recuerdo haber olvidado bastante. Aunque puede ser una simple conjetura sin fundamentos. A veces el aroma de algún alimento o los colores de cualquier lugar evocan sucesos aislados que no sé si pertenecen a mi historia o se los he robado a alguien.". No ahondé en la reflexión que esas palabras pudieran suscitar, en su lugar me senté junto a la nevera y cerré los ojos. Supongo que dormí y alguien entró en ese lapso, porque cuando los abrí era la voz de José Luis Perales la que se paseaba por cada rincón y yo estaba cubierto con una manta. Escuché caer un vaso en la cocina y no había nadie. Me deprimí un poco, como cada lunes.
Intenté escribir lo que sentía y no lo conseguí. Maldije mi carencia de ideas, fui a la cama y dormí sin ganas. Otra actividad recurrente. Soñé que K. dormía a mi lado y a pesar de lo placentero de su presencia imaginaria desperté sin poder hacer nada. Aún hacía frío, intenso y desagradable. Yo seguía semidesnudo, temblando y sin deseos de hacer algo al respecto. Extrañé a K. aunque jamás la había tocado, aunque lo único que tenía de ella eran sonrisas espontáneas y miradas accidentales. Pensé en escribir poesía, en salir a las calles a gritar su nombre, en buscarla y decir algo.
Sentía de nuevo la impotencia de la incertidumbre, el dolor de lo ajeno, el vacío que dejan las añoranzas, el estúpido deseo del alcohol que sustituye la nostalgia por algunos instantes. Sentí emociones que no sé describir y algunas otras boberías que creí había superado.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 03:14 |
2/12/2006
.fracaso no. 5
—Suéltate el cabello —le digo entre balbuceos.
—No —contesta tajantemente—, escuché que estás con alguien, ¿por qué intentas seducirme?
—Porque creo que eres hermosa.
—Esa no es una buena razón. Háblame de ella.
—Sabes, también tengo un gato y nadie me pide que hable de él. Debe sentirse fatal. Quizás ignorado.
—Háblame de tu gato.
—Es gris.
—¿Es todo?
—Sí, bueno, también es un tanto estúpido, supongo que es retrasado o sólo un poco ciego, tal vez hasta masoquista.
—También tengo un gato, pero lo detesto, se ha ensañado con los cables de cualquier aparato y los muerde hasta romperlos.
—Supongo que es mejor que verlo tropezar con todo lo que encuentra a su paso.
—¿Y cómo es ella?
—Tiene cabello negro y es excelente en la cama.
—¿Eso es todo?
—Creo que también debe tener algunas otras cualidades.
—¿Siempre hablas así de las personas?
—No hablo mucho de las personas.
—Sabes, no creo que consigas algo conmigo.
—Aún es bastante prematura esa suposición, ¿no lo crees?
—No.
Y esa fue la última vez que hablamos.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 23:29 |






