9/07/2007
.carta 12
Esa tarde tomaste las llaves de tu auto y lo abordaste sin saber adónde ir, llegaste a mi casa a preguntar por un sitio agradable, respondí que cualquiera que se encontrara a más de trescientos kilómetros de esta ciudad y dijiste que te acompañara. Me negué porque tenía otros planes, siempre hay otros planes y sabías la regla: nunca te presentes sin avisar. La ignoraste y tuviste que marcharte sola.
Dicen que condujiste hacia el sur y que ibas ebria o drogada. Luego no se supo más de ti. Pero conoces a la gente, siempre logran enterarse de lo que sucede con los desaparecidos. Alguien me contó que estabas casada y tenías dos hijos. Imaginé que eso no te era agradable, siempre quisiste una niña, la llamarías Sofía, me contabas algunas noches mientras mecías en tus brazos una botella de cerveza. Yo reía diciéndote que no quería tener hijos. He logrado mantenerme así hasta ahora.
Encontré tu carta hace algunos días en la casa de mi madre, no entiendo por qué la enviaste a esa dirección y no a la mía, pero fue lo mejor. Dos años después de que te fuiste salí de la ciudad y no dije adónde iba. Quería encontrarte y hacerte volver, o quedarme contigo luego de disculparme por haberte abandonado aquel día.
¿Recuerdas aquella conversación donde preguntaste si había algo de lo que me arrepintiera? Te contesté que malgasté mis mejores metáforas en alguien que no distinguía entre Pollock y van Gogh y me llamaste paranoico. Ahora tengo otra respuesta, no debí dejarte ir.
He vuelto sólo de visita y porque me lo han pedido. Hice bien, ahora sé dónde encontrarte y no importa que ya no estés sola o que hayas olvidado tantas cosas. Intentaré recuperarte y nada me detendrá. O quizá no haga nada y me conforme con observar tus movimientos desde algún sitio prudente a las miradas esporádicas de los curiosos. Eso lo decidiré en el momento adecuado.
Otra vez no puedo hacer promesas, aunque, nunca mejor con otras palabras, no quiero hacer promesas que temo no consiga cumplir. He de conformarme con esperar pacientemente a que sea el momento adecuado y soportar el viejo reproche de que los momentos no se esperan, se crean, se va en busca de ellos y si no aparecen es necesario crearlos a la fuerza. Nunca creí eso, lo sabes, pero tú decías era un eufemismo para justificar mi cobardía y quizá no te equivocaste.
Escribo no para advertirte que iré tras de ti, sino para hacerte saber que aún te recuerdo y que la distancia o el tiempo han significado poco.
Tu carta terminó con un confuso "te esperaré", la mía terminará con un idílico te quiero.-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 18:27 |
8/07/2007
.llamadas anónimas
El teléfono había sonado nueve veces, H. no levantaba la bocina, estaba parado frente a él, observándolo, trataba de adivinar de quién podría ser la llamada. Nadie acostumbraba llamarlo y cuando alguien lo hacía era para darle malas noticias. Siguió allí, pensando. Doce, quince veces. La insistencia pudo más, cedió.
—¿Sí? —Dijo.
—¿No odias este sonido? —Le dijo una voz al otro lado.
—¿Qué sonido? —Preguntó.
—El del teléfono, esa rara interferencia. Parece que alguien espiara cada llamada y tuviera a su lado una libreta donde anota cada conversación que escucha con la insana intención de publicar una extensa obra plagada de historias de desconocidos. Es...
—Terrible.
—Sí, terrible.
—Nunca le presto atención a esa clase de detalles, me divierte más adivinar quién se ha tomado la molestia de marcar mi número y esperar que no sea alguien a quien no recuerde que llama para decir que mi madre ha muerto.
—¿Adivinas con frecuencia?
—No, nunca lo logro.
—Alguna vez alguien me llamó por la mañana, dijo su nombre y el mío, me habló del pasado y comencé a llorar. Prometí hacerle eso a los demás. ¿Sabes? Lo he hecho durante dos meses. Es sorprendente la cantidad de nombres escritos en mi agenda, pero es aún más sorprendente que recuerdo lo que he vivido con esas personas, casi cada una de las situaciones. Así que antes de llamar elijo bien las palabras, luego tomo el teléfono, marco el número y comienzo a improvisar hasta que logro recordar el motivo por el que le he llamado. Siempre me sucede lo mismo: no importa cuánto lo haya planeado, cuando esa otra voz responde, lo olvido. Entonces improviso porque sé que luego de un momento volverán esas palabras que preparé.
—¿Quieres encontrar tu venganza haciéndole lo mismo a los demás?
—No es venganza lo que busco. Quiero descubrir por qué una simple llamada me hizo tanto daño. El motivo de aquella persona quedó oculto. ¿Por qué recordar es tan doloroso? No, esa no es la pregunta, ¿por qué no pueden los recuerdos, a pesar de lo lastimeros, provocarme una sonrisa? Así fuese una amarga, ¿por qué en vez de eso, cada que alguien me hace recordar lo que intento dejar atrás, tengo que recurrir a las lágrimas?
H. escuchó algunos sollozos. Se quedó en silencio y encendió el televisor.
—¿Has decidido ignorarme?
—No, necesito que haya ruido en esta habitación, el silencio me incomoda.
—Descríbela.
—Es azul, no tiene ventanas pero le he dibujado una. Algunas veces, mientras la televisión está encendida, observo esa ventana y le añado algún detalle. Un árbol en perspectiva, un gato trepando por él. No soy un gran dibujante, de igual manera aprecio lo que he logrado allí. Una tarde quise dibujar una pareja y desistí. No parecían felices y creí inadecuado continuar.
—El azul no es un color agradable, es triste.
—Los colores rara vez me transmiten alguna emoción. He pintado cada habitación de esta casa de un color distinto, en ninguna me siento mejor o peor, todas me parecen iguales, los objetos son lo único que varía.
—¿De qué color es tu teléfono?
—Rojo.
—¿De qué color es tu ropa?
—Gris.
—¿De qué color tus zapatos?
—Negros.
—¿De qué color son los sentimientos?
—No lo sé.
—¿Tienes alguna idea?
—Me gustaría que fuesen amarillos.
—¿Amarillos? ¿Por qué?
—Es el color de los post-it.
—Eres un tonto. Además, no siempre son amarillos.
—Tienes razón. Por cierto, detesto los post-it. En mi niñez indicaban que pasaría el día solo. Mi madre anotaba en ellos algunas indicaciones y luego los pegaba alrededor del frigorífico: "Calienta tu comida, si sales cierra la puerta, no dejes aparatos encendidos... cuídate, volveré por la noche". Siempre era igual, si quería verla tenía que estar despierto hasta las dos o tres de la mañana, pero su cansancio le impedía prestarme atención.
—¿Por qué me cuentas eso?
—Creí que te gustaría saberlo.
—Te equivocaste.
—No sería la primera vez.
—¿Esperabas palabras amables?
—No. Sólo quise decirlo.
—¿Siempre dices todo lo que quieres?
—Intento que así sea.
—¿Funciona?
—Dímelo tú.
—No, no funciona. No sirve de nada. Parece que buscas compasión en voces o personas desconocidas.
—No eres una desconocida, solamente alguien a quien no recuerdo.
—¿Por qué me olvidaste?
—Por accidente, quizás.
—¿Te gustaría saber quién soy y por qué llamo?
—No.
—¿Por qué?
—Quizá no me guste saberlo.
—Es probable.
La conversación telefónica continuó durante más de dos horas. Ambos se contaron múltiples historias hasta que no tuvieron más qué decir, entonces quisieron despedirse y sólo atinaron a decirse un insípido "hasta luego".-
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 03:42 |
