30/12/2007 

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Aquella noche tuve frío. Creo que mi brazo izquierdo se había roto o estaba entumido, intenté levantarlo y no se movió. Desistí, el dolor era insufrible, punzante; resultado de un sueño espantoso que cambió todo. Para mal.

Respiraba con dificultad, aterrado. El sudor me enceguecía y en mi mente las imágenes aglutinadas carecían de coherencia. Olía a bebé y a mango y a durazno. Alguien escuchaba en la radio a Groove Armada, sé que era una radio por la pésima calidad del sonido y sé que era ese grupo porque conocía la canción.

Caminé hacia un árbol, luego comencé a correr y me detuve junto a una lata de chícharos. La abrí y de ella brotaron serpientes de colores. Como esas que utilizan los malos bromistas. Desperté en ese momento.


–Así son los sueños, ¿sabes? Algunos creen que se trata de premoniciones, otros dicen que sólo son incoherencias. Como sea, no tiene sentido interpretarlos. Por cierto, eso no parece, en absoluto, aterrador.

Claro, te es fácil decirlo porque no fue tu sueño. Además, eso no fue todo. Desperté sólo por algunos minutos, dormí de nuevo y regresé al instante que había interrumpido. Tenía la lata en mis manos, parecía vacía, no lo estaba. Asomó una pequeña mano, pálida, femenina. Intentó sujetarme y no pude moverme. Salió despacio: un brazo, luego otro, la cabeza y el resto de su cuerpo. Era una chica de cabello verde, quise halagar su buen gusto pero la voz no me salía. Me observó con malicia, con esa clase de miradas que arrojan los predadores a las víctimas heridas, con plena seguridad de poseerme. Luego sonrió.

–¿Y su sonrisa era tan aterradora que despertaste al instante?

No, su sonrisa era perfecta. Y su rostro. Lo escalofriante fue que dijo mi nombre, tocó mis labios, mordió mi brazo izquierdo y luego me propinó una certera bofetada que me expulsó de ese sueño que comenzaba a tener un poco de sentido.

Creo que la he visto antes, aunque no consigo entender por qué querría golpearme. Quizá le hice algo malo o es una de esas dementes que atacan a la gente por placer o sólo me confundió con alguien más. No tengo idea.


–Quizá si vuelves a dormir puedas encontrarla de nuevo y preguntárselo.

Espero no volverla a ver, la magia podría perderse y jamás me lo perdonaría. Es una culpa que prefiero ahorrar para una ocasión menos significativa.-

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escrito por tazerk a las 12:00 | email

25/12/2007 

.mi última inmundicia
Todo lo que tengo son extractos. Eso. Ni una sola oración completa que valga la pena. Sentencias minúsculas plagadas de ironía, desahuciadas, banales. Un par de historias irrisorias. Personajes famélicos que se arrastran en sus necedades. Y algunos buenos recuerdos.

Mi madre me contaba historias de individuos sórdidos que triunfaban a pesar de las adversidades. Era una amante de la ficción y yo un ingenuo, mala combinación. Me sedujeron sus quimeras. De manera gradual me fue envolviendo la fantasía y cuando lo noté ya era demasiado tarde. Cambié mi última metáfora por un cigarrillo húmedo y dos piezas de pan, entonces me sentí satisfecho, había logrado algo por mi cuenta y a pesar de las expectativas. Aún no estaba derrotado, todavía podía levantarme e intentarlo de nuevo.

Siempre hubo gente extraña a mi alrededor, supongo que eso me afectó de algún modo. Pero no debo perder el tiempo buscando culpables, esos desdichados se han desvanecido. Los que quedan son los desequilibrados que creen en utopías y nunca pierden la esperanza; ésos sobreviven a pesar de todo. Creo que los ata su deseo de conseguir lo inasequible. Crédulos. A veces los envidio, su ceguera voluntaria les proporciona bienestar.

El más significativo de aquellos miserables, lunáticos que rondan callejuelas en busca de poesía, era el viejo Antonio; solía decir sandeces todo el tiempo, algunas resultaron ciertas, aunque nadie escucha a los dementes, son predicadores de palabras insensatas o genios devastados que perdieron en batalla su cordura. No soy como ellos, yo no he perdido el juicio, sólo el interés de continuar. Eso debe ser peor. Lo que tengo son recuerdos acumulados, bastantes, historias que carecen de un final o tienen uno que no conduce hacia ninguna parte. Lineal. Son equivocaciones cometidas por ímpetus absurdos, decisiones erradas que perduran.

Siempre supe que terminaría mal. Era parte del trato. Un momento agradable sólo permanece si tienes la paciencia para sostenerlo. La paciencia es muy volátil, languidece al menor descuido y el rencor ocupa su lugar. Luego llega el vacío y volvemos al principio.

Déjeme intentarlo de una manera distinta, debo sustituir mis impulsos por algo más grato.

Sucedió paulatinamente, apenas pude percibirlo.

Comencé a adorar las tardes de verano de las costas mexicanas. K. ofrecía un espectáculo maravilloso; con sus senos descubiertos y el cabello suelto paseaba por toda la casa entonando melodías que María Callas había popularizado. Una diosa semidesnuda que custodiaba su vivienda, que cantaba con pasión y se desentendía de los mirones. Incluso yo era ignorado, era parte de la decoración. Aquel era su momento y nadie debía profanarlo. Cualquier perturbación era castigada con su desprecio y un resentimiento casi irreconciliable.

Encendía un cigarrillo sin la intensión de consumirlo, su placer consistía en sujetarlo y observar cómo se disipaba el humo; las formas onduladas, imperfectas, magníficas, prolongaban su ensimismamiento. Era mágico. Yo permanecía allí como mero espectador, observar era todo lo que necesitaba para aminorar mi desconsuelo.

Llegué a ese lugar por causa del azar. Buscando algo que alejara ese insano temor a la muerte. Convencido de aquella idea pueril que asegura que la distancia cura todo. ¿O acaso era el tiempo? Da lo mismo, funcionó. Los escasos momentos que pasé a su lado extinguieron cualquier malestar. Pero todo es efímero. Un raquítico intervalo entre la angustia y el desasosiego. Podredumbre emocional. Es muy sencillo prescindir de los anhelos, basta con dejarse caer y cerrar los ojos.

–Tal vez sólo necesitas descansar un poco –dijo en tono condescendiente, compadeciéndose de mí.
–¿Descansar? Eso no soluciona nada, sólo sirve como excusa.

Encendió la televisión, se acercó con lentitud, me tomó de las manos, las acercó a su pecho.

–Hagámoslo –dijo quedito. La voz de un falso Farinelli nos sumergía en un momento onírico y escalofriante. Subió el volumen.
–Creo que no me atrae demasiado la idea de escuchar los gritos de un hombre mientras hacemos el amor.
–Vamos, inténtalo, será divertido.

Y lo fue.

Acaricié su rostro con timidez, toqué sus labios, recorrí con mi índice la pequeña cicatriz de su frente.

–Fue un accidente –dijo–, no recuerdo cómo sucedió, era muy joven.
–Es perfecta –dije. Supongo que me gustan las imperfecciones.

Pero todo eso se ha evaporado. Hoy conservo el ayer. La gente siempre luce mejor en los recuerdos.-

Pastizal No. 9:

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escrito por tazerk a las 15:05 | email