19/06/2008 

Crónicas de lo trivial: uno

En gang-bang, tercer track del disco dos de Cajas de Música Difícles de Parar, se escucha que el autor del tema se pregunta “¿cómo habré llegado a esto, no lo sé, tan lúcido y siniestro?”, hace una breve pausa y agrega “Pero sé que no lo sé”, lo que, en teoría, le permite saberse, como lo hiciese Sócrates hace ya mucho rato, conocedor de su ignorancia. Conocer la propia ignorancia permite hacer uso ilimitado de la ironía y del sarcasmo, herramientas que frecuentemente se confunden en su aplicación.

El tema al que me refiero es de Nacho Vegas quien, según mi last.fm que no miente, es el artista que más escucho. ¿Y por qué recurro a él? Porque necesitaba algún punto de partida para lo que sigue y porque siempre encuentro oportuno incluir la letra de alguna canción que me guste en cualquier momento. Sea o no el/la adecuado/a.

Me deshice del televisor porque ocupaba demasiado espacio dentro de mi habitación. Y porque no servía. Cuando digo lo primero imagino que la reacción en quien lo escucha es pensar que soy alguien quizás inteligente, mientras que si digo lo segundo, le indica que no tengo mucho dinero. Si se van a crear una idea equivocada de mí, prefiero que sea la primera.

Creo que fue una de las mejores decisiones que he tomado. Ahora, lejos de los noticieros sensacionalistas y los insípidos programas de las televisoras mexicanas (claro, el cable sirve para alejarse de ellos, pero es que a veces no hay nada interesante y puede resultar muy monótono presionar botones una y otra vez durante horas), el mundo es del color que más me guste. Y siempre he creído que el anaranjado es un color muy agradable.

Ahora elijo lo que quiero saber, puedo depurar la información que no me interese y, si así lo quiero, atiborrarme de trivialidades. Sin embargo no puedo huir de la violencia. La verbal, la visual, la auditiva y muchas otras me tienen sin cuidado. Es la física la que me preocupa y parece estar haciendo estragos con mi cabeza.

Incluso cuando debería sentirla como algo habitual, y es que por años han tratado de desensibilizarnos ante ella, convenciéndonos de que es algo natural entre la gente (término que también me tiene un poco inconforme), parece que finalmente he tenido suficiente. Hace apenas algunas semanas me provocaba poco describir decapitaciones, accidentes con detalles explícitos o golpizas en masa a una persona, ahora las cosas son un poco distintas. No me provocan náuseas ni me despiertan alguna clase de instinto protector hacia mis semejantes, sólo me provocan dolor de cabeza. Puedo seguir narrando o presenciando acontecimientos de este tipo, pero sobre advertencia, pues las palpitaciones del cerebro pronto se manifestarán como represalia. La intensidad es proporcional a la emoción que sienta al describir/presenciar/visualizar actos violentos.

Hace tres días un par de motociclistas golpearon a un tipo en la esquina de la calle por la que se encuentra mi casa. No vi el incidente ni he investigado la razón (ni me interesa hacerlo), sólo la aglutinación de personas alrededor de un sujeto inconsciente que yacía en el piso.

Supongo que lo que me preocupa es que la manera más frecuente de resolver problemas sea con golpes. Pero tampoco estoy exento de ello, lo he hecho una o varias veces. Por diversión, por protección, porque podía. La causa es lo de menos, las implicaciones son lo que debe considerarse. Se necesita ser un salvaje para recurrir a este medio de expresión, pero todos lo somos un poco.

Camus había señalado ya en una conferencia que sin que nos demos cuenta la diferencia entre lo bueno y malo (sin profundizar demasiado en estos términos) se desvanece, y entonces todo lo que hacemos está permitido. No hay valores ni sentido en nuestras acciones y, por extensión, tampoco en nuestra existencia. En otro de sus ensayos profundiza en esto al sustentar las razones por las que la naturaleza humana es un concepto inexistente.

Pero quitémosle seriedad a esto.

Mi preocupación actual reside en la constante acumulación de inconformidades. Cada vez son más las cosas que me provocan asco. Antes despreciaba la ciudad en donde habito, luego el país, ahora el mundo me resulta contradictorio y repugnante.

Siempre me ha agradado esa idea de la existencia de vida en otros planetas. Me gustaría mudarme a alguno de ellos y ver si las cosas resultan mejor allá. Tal vez alguna de las súper tierras sea un lugar agradable para vacacionar. Lejos de los humanos. Supongamos que hay otros seres residiendo en la galaxia, vamos, debe haberlos, aunque es probable que no esté dentro de sus planes venir a visitarnos. No los culpo, si yo fuera un extraterrestre me bastaría una leve mirada a este planeta para convencerme de que lo más sensato es estar lo más lejos posible de la tierra. Bueno, de la tierra no, de los que la habitan.

Demasiadas quejas y pocas soluciones.

Creo que la primera solución que se me ocurre no es nada viable. Incluso es absurda, pues somos una especie que siempre está ideando nuevas maneras de dañarse.

No creo posible aquello que se hace en alguno de los múltiples episodios de los especiales de noche de brujas de los Simpson, ése en el que se deshacen de las armas. Pero tal vez sí pudiesen portarse con un sentido distinto al usual, es decir, sin la intención de utilizarlas. Algo así como lo que le responde Daniel San al señor Miyagi en Karate Kid cuando le pregunta que por qué quiere aprender karate y dice algo como “para no tener que utilizarlo”. Pero dejemos para otro día la reflexión en torno a esta magnífica respuesta. Y si el fin de semana tienen tiempo libre, vean esta película.

Las armas no son el único problema, debemos erradicar a la humanidad, eso es lo que sobra en el planeta. Si alguna vez has tirado un papel en la calle, eres parte del problema; si has consumido algo que no te era necesario para sobrevivir, si has hecho algo que dañe a alguien directa o indirectamente, si has permanecido impasible ante alguna desgracia ajena a ti, tu existencia es prescindible.

El punto es que no hay excepciones.

No tengo ideas precisas, sólo divagaciones. Tal vez lo que el mundo necesita son más canciones alegres y que la gente se relaje. Mientras eso sucede, deberíamos compadecernos unos a otros. Pero que sea esa compasión que no se refiere a sentir lástima por los demás, sino la de compartir el dolor, la desesperación y lo que sea. Así podríamos prolongar un poco nuestra inminente destrucción.

En consecuencia: mi vida era mucho más sencilla –y yo mucho más feliz–cuando mi mayor aspiración consistía en convertirme en futbolista profesional. Ahora el futbol ni siquiera me interesa.

¿Y cómo me siento al respecto? Responderé al estilo de Victor Mancini: Triste no es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la mente.




Por cierto, eso de que “ahora el futbol ni siquiera me interesa” no es tan cierto, la eurocopa y el mundial me resultan intrigantes. Podría anteponer cualquier pretexto que pareciese razonable, por ejemplo este: cada encuentro es una batalla, algunos representan conflictos que llevan años y sólo pueden disputarse abiertamente en un campo de futbol. Ejemplos de ello encontramos cada que se enfrenta Austria vs. Alemania, o en ámbitos más banales el clásico México vs. U.S.A.; pero sería una jutificación bastante rebuscada, el caso es que me entretienen, nada más. Y si acaso fuera necesaria otra aclaración, remítanse al tercer párrafo de este texto.

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escrito por tazerk a las 00:41 | email