17/04/2008 

Wake up, drink your coffee and fuck yourself
He visto el infierno dos veces no consecutivas. Era verde.

Con más petulancia de la acostumbrada me observo en un espejo para enterarme de lo mucho que me aterra la posibilidad de quedar sordo o de perder un brazo. Creo que la vida sin sonidos, o con una extremidad menos, es aún más absurda de lo normal. Podría soportar perder un zapato o que me robaran la ropa. Incluso la dignidad es, si no aceptable, algo que no me preocupa demasiado los domingos.

Algunas mañanas despierto de buen humor, pero en el trayecto del día mi desprecio por las personas se incrementa hasta el grado de resultarme insoportable estar rodeado de ellas. Es cuando decido que es el momento indicado para regresar a casa y recostarme y observar las figuras que se forman con las manchas de pintura que hay en el techo. O, cuando un arrebato de optimismo me atrapa, me siento en el suelo frente a un televisor que no se ve, pero tiene un sonido perfecto. La vida sabe mejor a cucharadas.

Algunas tardes recuerdo situaciones de manera aleatoria y uno los trozos para formar nuevos acontecimientos. No siempre sale bien, pero es un ejercicio estimulante; sin embargo, me obliga a notar que he invertido más tiempo del adecuado hablando con desconocidos o repitiendo errores. Descubrir que se ha sido un idiota sin proponérselo no tiene mérito alguno.

Es fácil dejarse cautivar por rostros amables, pero aquellos llenos de imperfecciones son irresistibles. Un hombre llamado Augusto me describió la fascinación que sentía por las colegialas. Estuve de acuerdo. Intenté contarle mi último secreto; era una historia de pasión desmedida y lo que trae consigo. Consideró que no valían la pena mis palabras. Era un hombre inteligente, supongo.

Hay días en los que no soy más que fantasías imprudentes y fascinación desmedida. Es cuando los objetos, y trivialidades semejantes, adquieren tonalidades imprevisibles. Luego me convierto en un imbécil que dice lo primero que le llega a la mente: “Me enamoré de su fotografía porque lucía desesperada, pero, la verdad, prefiero un recuerdo inestable clavado en las entrañas a un rostro congelado en mi bolsillo”; o me gana el fanatismo: “Andrew Eldritch en la grabadora suena genial. Debería ser alguna clase de dios, yo le encendería velas cada tarde y repetiría con ahínco sus plegarias”. Lo cierto es que soy más idiota de lo que parece y, aunque la sensación no me incomoda, creo que no le va del todo bien a mi personalidad.

Mi persona favorita no consigue sostener pláticas interesantes en establecimientos comerciales. Cambia la conversación cada pocos minutos y observa a la gente con desgana. Cuando el hastío es mayor que la curiosidad, describe en voz alta lo que sucede hasta que la concurrencia se incomoda: “Los meseros habían abandonado sus puestos. Alguien hablaba de política mientras yo lanzaba una moneda al aire. Mi acompañante parece sorprendido y tiene una mirada alegre. Alguien enciende un puro, alguien llama por teléfono cerca del baño y una chica en minifalda espera en la esquina que su suerte cambie”.

Es otra manera de gritar que ya no hay poesía ni en las alcantarillas, que todo se reduce a un montón de cotidianidades ensalzadas y que, mientras el ingenuo escribe sus versos en el polvo que acumula su vehículo, su sombra huye despavorida en busca de una mujer o algo que mengüe su hambre. Otra metáfora vacía. Alguien debería hacer algo o deberíamos promover el alcoholismo generalizado como solución óptima para todos los males.

“¿Para qué embriagarse?”, podría preguntar, pasmado, algún cretino que no distingue entre sus deseos y sus necesidades, “Para convertir la miseria en gratitud”, podría responderle otro infeliz. Es mejor que refugiarse en las reminiscencias y elegir con precaución cada movimiento, cada palabra dicha.

La gente debería entregarse a sus pasiones y vivir con ligereza y olvidarse de la ironía. O comprar mejores televisores y sillones más amplios. Después, cuando estén hartos, podrían escribir en todas partes sentencias falaces que se malinterpreten “si estás aburrido, córtate la lengua” o “bébete la soledad con jugo de naranja”. Sutilezas sin sentido. No vale la pena esforzarse.

Y culminar con entereza, dedicarle un instante a la aflicción, por entretenimiento, elegir una canción mediocre, lenta, abúlica; “¿Es para recordar algo?” “Es para no olvidar un solo detalle” “Cuánta cursilería” “Es tedio disfrazado”. Todo está en orden. Perfectamente acoplado. El mundo no tiene suficiente basura, es necesario escribir poemas en las banquetas y detrás de los refrigeradores.

Pastizal No. 10:

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escrito por tazerk a las 10:58 | email