¿Recuerdas a John Stockton?
El mundo era dominado por los Toros de Chicago y yo sabía menos de la vida que de mi calzado, me preocupaban sólo dos cosas: ser jugador titular del equipo de baloncesto de la secundaria y no morir antes de los diecinueve años.
Conseguí lo segundo.
A los catorce años importa más un buen peinado que la planificación de la vida. Tiene más mérito tener la punta de los zapatos limpia que aprobar el año con honores. Cualquiera lo sabe.
A pesar del transcurso de los días nada parece diferente.
Con seis monedas en una mano, sin un empleo fijo y un agujero en el fondo de cada bolsillo del pantalón, cualquiera comienza a preguntarse qué fue lo que estuvo mal. Replantearse la vida, de pronto, no suena tan disparatado. Pero el tiempo pocas veces alcanza. Prefiero cometer viejos errores que aprender nuevas historias.
—¿Alguna vez conociste a alguien llamada Nitzia? —Le pregunté a alguien que estaba junto a mí en algún lugar, en cualquier momento. Por cualquier razón.— Tampoco yo —dije—, pero casi. Se llamaba Nizi, tenía 23 años y me encantaban sus piernas. Era una mujerzuela, o eso decía mi madre cada que alguien llegaba a recogerla por las noches. "Ese tipo de mujeres", decía, "Le dan mala reputación al resto de las chicas de esta calle, van a creer que todas son iguales y comenzarán a faltarles al respeto", decía y cerraba la ventana con fuerza para que todos se enteraran de que estaba al tanto de lo que sucedía. Era una buena persona, sólo que tenía demasiadas reglas para convivir con los demás humanos.
El tiempo que aquella mujer vivió al lado de mi hogar fue, relativamente, muy corto, sin embargo, fue lo suficiente para que su efigie dejara huella. Siempre la consideré alguna clase de institutriz, ya sabes, en las artes del placer. La mitad de lo que sé de sexo se lo debo a ella. El resto, si la memoria no me engaña, lo aprendí del internet. Como puedes ver, el ingenio no es uno de los rasgos que definen mi personalidad.
Algunas noches solía espiarla mientras se duchaba. La ventana de su baño daba a un terreno baldío, pero era demasiado alta. Necesitaba una escalera, una cuerda y mucho empeño para escalar esos metros que me separaban de su desnudez. Caí muchas veces al intentarlo y me ocasioné múltiples lesiones, todas leves. Eran el precio de la dicha, quejarse no tenía sentido. Cada herida valía la pena, era una pequeña victoria. Algunos nos conformamos con eso y no pedimos nada más. Otros, como Stockton, hacen lo mejor a cada instante, sin detenerse, como si de ello dependiera su vida. Y de cierto modo, supongo, es exactamente lo que sucede. Do your best or die trying, ¿no es eso lo que dicen? Por cierto, ¿te gusta el baloncesto?
—Poco. Lo suficiente para saber de quien hablas —dijo—. Parecía un niño junto a los gigantes de la NBA. Pero, es cierto, era imbatible. El Jazz de Utah no ha vuelto a ser lo mismo desde entonces. Hizo bien, cuando decidió que había sido suficiente simplemente abandonó todo. Sin volver más tarde para ponerse en ridículo. Se fue como un héroe. No, héroe no es la palabra adecuada, como un ícono. El 12 de Utah llevará su nombre por siempre. Algunos estamos destinados a vivir en la penumbra, otros a habitar en la memoria de individuos menos importantes. Debe ser nuestra penitencia por ser tan idiotas. No sé si podría soportar algo tan nefasto.
—Es cuestión de acostumbrarse. Como todo lo demás. Por ejemplo, alguna vez creí haber perdido la memoria. Fue un día muy agotador. Esa mañana encontré sobre mi almohada catorce cabellos, tres bellos púbicos y una hormiga muerta. Debí haber advertido que era un mal presagio, pero siempre me ha costado enfocar mi atención a los detalles. Y eso de la superstición tampoco se me da muy bien, olvido las reglas con más frecuencia de la recomendable.
De cualquier modo, algo tuvo que ver con los hijos de Sabines y los admiradores del mar. No preguntes, sólo sé que tienen alguna relación. Lo que sí puedes preguntar es dónde estuve. Te diré, aunque no estoy muy seguro, creo que era mi mente. Lo supongo porque todo estaba devastado. Era horrible. ¿Y qué encontré? Treinta y siete preguntas y noventa y dos comentarios absurdos. Cada uno después del anterior. Algo bueno obtuve, por qué no admitirlo, supera por mucho a lo que había encontrado esa misma mañana sobre mi almohada. Tal vez sólo fue una pesadilla, no lo sé, he escuchado que hay alimentos que provocan eso.
—Prefiero aquellos que causan amnesia.
—Cierto día aquella mujer de la que hablaba, la protagonista de mis fantasías, me contó un secreto que me hizo prometer jamás debía contar. Pero, como ya debes saberlo, tampoco la discreción es una palabra que pueda definirme. Ella dijo en voz baja, como para que la pena pasara rápido, "Estoy triste", luego se acercó más a mi oído para susurrar, "Dejé de ser joven y eso me agobia", hizo una breve pausa, "No sabes cuánto". Le dije que no me importaba. Hubiera dicho cualquier cosa sólo para permanecer dos minutos más a su lado.
Y lo hice.
El problema de las promesas es que se desvanecen a la menor provocación. Y el de las personas es el cambio permanente. O la idea del cambio como posibilidad. Crecí, envejeció, se terminó la magia. El problema de crecer es que se acaban las fantasías. Poco se puede hacer para remediarlo.
Ahora, otra parte de la historia. No es tan importante pero me gusta contarla.
Le gustaban los perros, nunca pregunté la razón, yo los encuentro despreciables. Entonces me dio una pequeña figura de cristal con la forma de uno. Estaba echado. "Cuídala como si se tratara de mí", dijo, "Si alguna vez llegas a romperla olvídate de todo". En ese instante, tal vez por curiosidad, tal vez porque soy un hombre malvado, la arrojé al piso tan fuerte como pude. Vi cómo los trozos saltaban en todas direcciones y luego fijé mi vista en sus ojos. "Se rompió", dije encogiendo los hombros. Abrió la boca y sus ojos se humedecieron. Estaba pasmada. "¿Por qué hiciste eso?", articuló con dificultad. "No lo sé", respondí. Y de verdad no lo sabía.
Nunca más la volví a ver.
Pero no dejes que todo esto te confunda, yo la amaba, de eso no hay duda alguna. De lo contrario, ¿por qué hube de contarle todos aquellos desagradables secretos acerca de la vida de Mark Twain? ¿Tienes alguna idea de cómo resolver el misterio de tal atrocidad?
—No.
—Tampoco yo. Por alguna razón estaba seguro de que esta historia ayudaría a averiguarlo. Si algo aprendí, es que todas las mujeres que conozco esconden su tristeza de algún modo. Intentar entenderlo es desgastante.
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 02:06 |
Reseñas Tardías: Yucatán A Go-Gó (Segunda Parte)
Con la asombrosa participación de Paul Between.
Abril 30, 08: A Go-Gó en Nayarit con el Yucatán II
—La verdad sí estaba dentro de los planes llegar un poco indispuesto a la tocada, ¿por qué otra cosa habría decidido salir desde tan temprano de mi casa?
—Para hacer una buena reseña, por ejemplo.
—Sí, suena mejor. Digamos entonces que fue por eso.
La noche anterior había planeado con lujo de detalles cada uno de mis movimientos, así que sabía con una precisión escalofriante qué hacer a cada minuto. O al menos eso creía. Cuando fue la hora apropiada para salir elegí mi atuendo con cuidado, utilicé la cantidad exacta de gel en mi cabello y comprobé que aún quedaran dos horas libres para realizarme algunos ajustes de comportamiento en el camino. Incluso, para que no hubiera duda alguna de mi compromiso con la revista, preparé una dizque entrevista que sabía podría hacerles a los chicos del Yucatán cuando sus acompañantes estuvieran distraídos. Cuando se la mostré a los robots del Pastizal! me dijeron que estaba medio babosa, pero que no esperaban grandes cosas de un humano. Me desilusioné un poco y por eso recurrí a las drogas.
Aunque creo que el asunto fue un poco distinto. Digamos que mi excusa es que necesitaba lidiar con mi natural nerviosismo para esta vez atreverme a mostrar esos sugerentes pasos que con tanto empeño llevo ensayando en secreto desde hace meses. Esa fue la única razón y ninguna otra. Aunque si prefieren la opción de la buena reseña, podríamos llegar a algún acuerdo.
El tiempo avanzó más rápido de lo esperado, esas dos horas se convirtieron en tres, o cuatro, no estoy seguro pero ya había oscurecido. Toda mi planeación se había ido al carajo y tenía que improvisar.
—Y llegaste tarde, ¿dónde quedó el compromiso y la responsabilidad y todo eso que dijiste que tenías? ¿No que muy pinche fan?
—Perdí la noción del tiempo y del espacio y del sentido de mi vida. Pero creo que ya recuperé todo, así que no hay nada de qué preocuparse.
—Ándale, y aparte con un humor de la chingada.
—Es que no entiendes, te impresionas tanto con los colores que no percibes el sabor. Relájate y deja que el alcohol clandestino fluya por la sangre.
—¿De qué rayos estás hablando?
—No estoy seguro, sólo digo lo primero que me llega a la mente.
El lugar estaba tan solo como la noche anterior, supongo que, de nuevo, la noticia de que el Yucatán iba a estar en la concha no se difundió como debía. Aun así, los pocos asistentes que llegaron, acomodados en las gradas, dispersos por todas partes, hacían un buen bulto. Todo era color y camaradería. "En bola la gente se deshinibe", pensé, igual y hasta se animan a bailar y entonces podría aprovechar eso como el momento de mostarle al mundo que la coordinación de mis pasos ya no es un mito, que he dominado otra disciplina y que no hay nada que me detenga... o, mínimo, que podía llegar al baño sin ayuda.
—No te perdiste de mucho, cuando llegaste iban comenzando y como que cambiaron el set.
—¿Sabes?, estoy convencido de que eso de controlar el tiempo funciona
En ese momento sonaba "Pollito". Había más niños, un buen cambio con respecto al día anterior, y bailaban y reían y gritaban sólo por el placer de hacerlo. Yo estaba sentado detrás de la consola y no veía muy bien a toda la gente, pero esos a los que alcanzaba a ver se notaban animados. Eso me puso de buen humor. El día anterior anunciaron que entre sus planes estaba el de visitar alguna playa del estado, así que fueron a... alguna cuyo nombre olvidé, pero está por San Blás, y dijeron que se habían decepcionado un poco, pues no estaba tan limpia como lo imaginaron, que, de hecho, era un asco.
—No recuerdo que hayan dicho eso en público.
—No lo dijeron, eso me lo contó uno de los del Cuarto Menguante que estuvo platicando con ellos porque llegó temprano y no tenía nada mejor qué hacer.
—¿Ahora resulta que tienes informantes?
—Más o menos. También me contó que esa playa es donde más gente se ha ahogado y que es como un desagüe y basurero de los hoteles cercanos. Que la "espuma" que se forma en las orillas es de dudosa procedencia, o que es es artificial, no me acuerdo bien. El caso es que, si pueden, no vayan jamás a ese lugar y cuéntenselo a sus amigos.
—Interesante, pero no recuerdas el nombre de la playa, ¿verdad?
—No.
—Entonces es irrelevante.
Comenzó entonces "La Playa", con la advertencia de que sería una canción para todos los gustos, para que nadie se sintiera discriminado. Esta vez, además de la versión rocker y la cumbia, incluyeron un final heavymetalero que fue la sensación entre los punks que iban llegando. Y luego una explicación de por qué los habían traído a ellos y no a, por ejemplo, los cuatro fantásticos (ese fue un comentario que entenderán los que estuvieron en el desfile. Yo no estuve allí, pero me contaron), en palabras de Ramón, no fue porque tuvieran la mejor canción, sino porque han compuesto la más apestosa de la historia del rock mexicano: "Canción Basura", que fue la siguiente de la lista..
—A mí me parece divertida. Y eso del final, ¿no lo habían hecho ya la noche anterior?
—Creo que no, pero no estoy seguro de si lo hicieron o hubo alguna mezcla de recuerdos. Mejor no digamos nada más al respecto y dejemos que pase.
Venían de la ciudad de la eterna contaminación, eso dijeron, y esperaban encontrar de este lado del mundo playas con aguas claras que sustituyeran esas que les han puesto en su lugar de origen: artificiales y en las que tienen que pasar horas nadando dentro de su propia mugre. Sin embargo, lo que encontraron no fue algo tan diferente. Fuera del hecho de que estas sí son de verdad, están muy descuidadas y a nadie le importa demasiado que se sigan llenando de basura. En otras palabras, es la misma mierda pero de tamaño colosal.
—Algo me dice que de nuevo estás alterando sus palabras.
—Es que no me acuerdo bien de los detalles, pero estoy seguro de que fue algo muy parecido.
"Niño Mutante" fue la siguiente, llegó acompañada de un mensaje de que cuidaran el ambiente y no convirtieran su entorno en un chiquero. Después siguieron con el cover de los Ramones, "¡Déjenme en Paz!", "Abuela Zombie" y una llamada de atención a la gente que estaba como aburrida; les pidieron que bailaran, pero sólo si se les antojaba hacerlo, de lo contrario, podían seguir en su lugar tal como estaban. Luego continuaron con "El Suavecito" y "Alarma" y después se despidieron.
—¿No te parece que el ritmo de la reseña se aceleró un poco? ¿Llevas prisa por terminar o qué te pasa?
—Es que creo que se está alargando demasiado y estoy a punto de comenzar a inventar cosas.
—Tú no te preocupes.
—OK.
La gente comenzó a pedir otra sin alguna indicación de por medio, la verdad se escuchó chido porque la voz de los niños era la que dominaba. Habían aparecido más, o tal vez siempre estuvieron allí pero algo me impedía verlos. Los chicos del Yucatán regresaron al escenario a decirle a los padres que cuando se tratara de disfrazar a sus hijos, los dejaran elegir. Que si querían utilizar una parte de rana, otra de león y otra de becerro, al mismo tiempo, los dejaran hacerlo. Era obvio que la que seguía era "Vísteme de Kalimán". Los niños bailan raro, como sin ritmo, como moviéndose para todos lados, y como que me daban ganas de imitarlos pero de nuevo me ganó la falsa compostura que quise aparentar.
Y luego un comercial:
Yucatán a Go-Gó fue traído al estado por la gente de Alas y Raíces, que aunque suene a grupo de autoayuda no lo es. O tal vez sí, la verdad es que no sé, pero bien por ellos por meterle variedad al dizque festival internacional que cada vez está más de la fregada.
—Alas y Raíces es un programa nacional apoyado por el CONACULTA y las instituciones culturales de cada estado que pretende culturalizar a los niños con distintas actividades que van desde presentaciones teatrales, conciertos, talleres, exposiciones y etcétera.
—¿Culturalizar? ¿De verdad intentan eso?
—Bueno, no precisamente, tratan de ir acercando a los niños a estas ondas disque culturosas, o algo así, no sé, no me preguntes, lo vi en internet.
—OK. En fin, algo que me confundió fue la historia previa a la de "Los Rusos". Sé que tenía algo que ver con Manuel Negrete y su gol en el mundial del 86, pero ¿qué tenían que ver los habitantes de Chiconcuac en el asunto y por qué eran un pueblo heroico?
—Creo que hablaban de una invasión ficticia, ¿no? No lo sé. Otra cosa que no encajaba era el loco de la caracola.
—¿Como el de Chinarro?
—No, con él la loca es la caracola, en este caso el tipo que se subió a hacer sonar su caracola fue divertido, vamos, incluso original, al principio. Pero cuando todos notaron que no era parte del espectáculo la diversión se convirtió en desconcierto.
—Eso es lo que sucede cuando pierdes el control de lo que consumes, si sabes a lo que me refiero.
—Sí, sí sé, pero fingiré que no.
Al terminar el tema de "Los Rusos", y después de que el loco de la caracola abandonó el escenario, se despidieron. Pero la gente comenzó a pedir otra vez una canción más. Corearon niños y adultos al unísono y convencieron a la banda. Regresaron a tocar "Pollito", la misma con la que habían iniciado su presentación y que me había tocado escuchar incompleta, también aprovecharon para presentar a los integrantes de la banda. Fue un buen detalle para terminar con la fiesta de los niños. Oh, sí, porque el pretexto de su presentación era el festejo del día del niño.

Y esto es, básicamente, todo lo que puedo recordar de ese día.
Fin.
Fotografías, una vez más, de Chris. Y sí, son del día anterior.
escrito por tazerk a las 16:48 |
Crónicas de lo Trivial: Tres
O “El porqué de mi mal gusto”.
Yo no crecí con los Stones. Y ni hablar de los Beatles. Ambos estaban totalmente fuera de mi alcance. Mis preocupaciones eran tan simples y yo tan idiota que no había espacio para la música. También para escucharla se necesita paciencia. El futbol, la escuela y la televisión ocupaban todo mi tiempo. Era una época tan buena que ni los insectos me hacían daño.
Como nunca tuve que lidiar con la muerte de algún ídolo, ni presencié una catástrofe de la que aun hoy queden secuelas patentes en mi comportamiento, me conformé con poco en lo relativo a la música. Las versiones en español de los éxitos de otra de las épocas a las que no pertenecí eran lo que tenía a mi alrededor. Enrique Guzmán, César Costa, Los Hermanos Carrión, Los Apson, Los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, entre otros, se turnaban en los aparatos de sonido de mi hogar para hacer más amenos los momentos de ocio. Los días que había diversidad, eran las voces de Édith Piaf, Jacques Brel o Pierre Bachelet, en un idioma entonces desconocido, las que se encargaban de acompañar mis juegos vespertinos. Después llegaron los españoles: Rocío Durcal, Miguel Bosé, Julio Iglesias, Miguel Ríos, Raphael, José Luis Perales, y la lista sigue hasta Mecano.
Ellos son a los que recuerdo y a los que sigo escuchando con un propósito muy simple: evocar emociones que sólo atino a relacionar con el pasado. Sin ningún momento en específico, más bien como una masa; como la nostalgia que puede provocar añorar un lugar al que jamás se ha de volver. O algo menos cursi pero de estupidez similar. En resumen: el mundo me importaba un carajo siempre que pudiera patear un balón dos horas cada tarde y ver televisión por las noches. Esa era la descripción más exacta de lo perfecto durante aquellos días.
Todo lo anterior, y lo que sigue, ocurría en el inicio de los pavorosos noventas; en lugares tan alejados que me cuesta recordar. De hecho, probablemente todo lo que recuerdo son invenciones que vienen a sustituir los múltiples huecos de mi memoria. Algunas veces confundo mis recuerdos con las anécdotas de la familia. Ahora no estoy seguro de si decidí que el agua no era para mí y me prometí no aprender a nadar jamás o si esa negación es producto de un trauma infantil que mi memoria omitió para dejarle espacio a algo más importante. Pero ese no es el punto.
En algún momento todo se volvió difuso. Comenzaron a aparecer nuevos rostros, nombres y lugares. Comencé a pensar que algún día moriría y surgió la primera gran pregunta de mi vida: “¿Habrá mucha gente en mi funeral?”.
Aquel año había aprendido a disparar, un húngaro me había enseñado con el rifle de su padre. Aunque mi puntería se debía más al azar que a la destreza era divertido intentar atinarle a todo lo que se moviera, especialmente a las aves. Especialmente a las ratas. O a los objetos que sobre una barda colocábamos.
“Húngaros”, así los llamábamos y parecía no molestarles. Porque nadie lo decía frente a ellos. Eran alguna clase de nómadas que viajaban de pueblo en pueblo ofreciendo diversión a los habitantes de cada lugar. Al menos es así como los recuerdo. Cine, juegos de azar, traga-fuegos, equilibristas, incluso tétricos payasos; todo lo que cabía dentro de una carpa. Parte del repertorio. Probablemente eran gitanos. La gente desconfiaba de ellos pero también los admiraba, de un modo extraño. Existía el rumor de que al abandonar cada lugar se llevaban a alguien como souvenir, por eso las madres no dejaban que sus hijos jugaran cerca de ellos, y por las noches, antes de dormir, aseguraban puertas y ventanas. Sólo por precaución.
Los visitantes establecían su teatro itinerante a las afueras de las comunidades a las que llegaban, así no tenían que lidiar demasiado con las autoridades locales ni molestaban a quienes no estuviesen de acuerdo con sus presentaciones. Además, un lugar fuera del “territorio señalado” suele ser el sitio más seguro y muchas veces el más amplio. Cualquiera que haya dormido en un bosque lo sabe de sobra.
Jamás tuve la puntería para darle a un ave en pleno vuelo, incluso cuando estaban sobre su nido fallaba con regularidad. Me he convencido de que erraba intencionalmente, pues pocas veces ocurría cuando se trataba de dispararle a un objeto. Lo cierto es que la mayoría de las veces cerraba los ojos al jalar del gatillo. No era la idea de terminar con la vida de un ave lo que me causaba conflicto, sino saber que su muerte no serviría de nada. No se convertiría en mi alimento, ni en un trofeo. Tampoco me haría sentir orgulloso. Aunque lo peor, supongo, era que ni siquiera sería sepultada, su cadáver quedaría en el piso al servicio de algún animal que no tendría que preocuparse por cazar su alimento. O peor: permanecería en el mismo lugar hasta que el tiempo la hiciera desaparecer.
Ante esa imagen recordé mi mayor preocupación.
“Eso espero”, me dije, “me sentiría un poco mal si sólo estuvieran mi familia y los encargados del asear el lugar”. Entonces decidí tomar algunas precauciones. El plan era preparar invitaciones anticipadas y hacerle prometer a todos mis conocidos que, sin importar cuándo, estarían en mi velorio fingiendo un poco de tristeza. Y si algo les impedía asistir, debían ir a mi tumba alguna tarde y explicar las razones de su ausencia. Pero había algunos problemas, por ejemplo, ¿y si moría en el mar y jamás encontraban mi cadáver?, o en un bosque donde fieras salvajes consumieran mis restos. ¡O calcinado! Debía dejar instrucciones precisas para ese tipo de detalles.
La infancia es divertida pero demasiado corta.
Es hora de cambiar el tema.
La gente del pasado pocas veces se extingue. Lo normal es que esperen un momento preciso para aparecerse de repente. Sin aviso alguno. Sin dejar apenas tiempo para fingir una sonrisa. Y no está del todo mal. Podría ser peor. Siempre.
Hora de volver al tema.
Aunque evité pensar en mi funeral, hubo un problema que no pude eludir: crecí a una velocidad impresionante. Durante un momento apenas perceptible aprendía a abrochar mis agujetas y al siguiente ya estaba luchando por mi vida. Quise remediarlo escuchando canciones infantiles, pero como era de esperarse no funcionó. Mejor así. Ya habrá manera de resolverlo. Mientras todo sea posible las probabilidades son infinitas (y considerarlas no está dentro de mis planes).
Alguna vez quise ser como Bowie para reinventarme cada determinado tiempo, otras nada más como el señor Samsa. A veces estoy convencido de que un sombrero decente puede lograr cosas increíbles, pero no hago nada por conseguir uno. Por eso observo con malicia a los ancianos en los parques y dejo de fumar en las peores situaciones. Después resuelvo todo con un efusivo apretón de manos. ¿O acaso hay un modo más honesto de hacerlo?
¡Las historias que podría contar si mi memoria fuera otra!
En fin, estos son los acontecimientos que recuerdo ahora. Tal vez no fue así como sucedieron, pero con el paso de los años me he convencido de que ése es el modo en que me gusta recordarlos.
Y ahora un video de algunos de los grandes éxitos de los 60s en la voz de César Costa: http://www.youtube.com/watch?v=TM-fd76Ajg8.
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escrito por tazerk a las 23:55 |
Reseñas Tardías: Yucatán A Go-Gó (Primera Parte)
Créanme, esta reseña parecía más divertida la primera vez.
Abril 29, 08: A Go-Gó en Nayarit con el Yucatán I
—Era martes, 19:30 de la noche y aún tenía que recorrer 40 km en menos de 10 minutos, una tarea casi imposible para alguien adolorido, cansado y, además, perezoso.
—¿Te han dicho que siempre exageras los hechos o los distorsionas tanto que al final ya no se sabe qué ocurrió y qué te imaginaste?
—Un par de veces, pero estos datos son importantes para contextualizar.
—No lo son, conozco los detalles y no son tan importantes como crees.
—¡No interrumpas! En el camión iba totalmente adormecido, bueno, tú debes saberlo, estabas allí mientras me balanceaba de lado a lado tratando de conservar el equilibrio y no caer encima de alguien. Creo que los expertos tienen razón, algunos psicotrópicos son nada más para dormir en calma.
—Y tu risa estúpida, me veías con una sonrisota de baboso, con los ojos entrecerrados y sin hablar, quién sabe qué ibas viendo por la ventana.
—Estaba tratando de adivinar el setlist y detener el tiempo lo suficiente para que no comenzaran sin nosotros.
—Ándale, como te sale tan bien.
—De cualquier modo, creo que funcionó. ¿O cómo explicas que llegamos casi a las ocho y alcanzamos a escuchar la primera rola?
El “Niño Mutante” sonaba a todo volumen mientras caminábamos en dirección al escenario, lo raro fue que había poca gente, pero al menos había niños, que ya es ganancia. Yo esperaba ver más personas de las que pudiera contar saltando alrededor como locos, pero no, eso sólo lo hacía el buen Ramón a Go-Go (vocalista), la mayoría de los asistentes estaban sentados como si se tratara de una obra de teatro que debían apreciar con atención extrema para no perderse los detalles. Eso no fue, ni de lejos, lo que esperaba ver. Sin embargo la cosa fue mejorando poco a poco, con la segunda, “Pollito”, ya había gente moviéndose en sus sillas, no era lo ideal, pero menos agua se saca de una roca, ¿o cómo era aquel refrán?.
—Y si tanto te sacó de onda, ¿por qué no les pusiste el ejemplo?
—Mi equilibrio no estaba del todo bien. Aunque, la verdad es que me dio pena. Siempre me inhibe bailar en público, además creo que es una destreza que no venía en mi paquete genético.
La introducción de “Pollito” fue la sensación, aunque parece que no muchos captaron la broma que incluía, la gente estaba en otra sintonía, total, lo compensó la historia de Benito Juárez y los disfraces y las abejitas y los becerros y el día de la primavera y etcétera. Eso fue el preámbulo de “Vísteme de Kalimán”, una muy buena rola a la que siguió “Canción Basura”, otra que corearon los tres o cinco asistentes que se la sabían.
—Ese es el problema de traer bandas “medio under” a estas tierras, casi nadie los conoce y si van a oírlos es por curiosidad o compromiso o porque les venden la idea de que va a estar bien chingón. Deben darse cuenta de que no encajan. Como aquella vez de la jalada cultural que terminó en borrachera, ¿cuál fue el pretexto?
—Era una exposición de arte objeto, o, en otras palabras, una manera creativa de amontonar basura y mostrársela a los demás. Bueno, la verdad esa decoración hacía que el lugar se viera genial. Recuerdo ese día, el mejor DJ de la ciudad amenizaba, ¿qué habrá sido de él?
—Ni idea, seguro escapó de aquí. Bien por él. En fin, el caso es que en el evento había dos o tres señoras fancies que cuando la gente comenzó a meter caguamas y la música comenzó a sonar más fuerte no sabían si bailar o llamar a la policía. A lo que voy es a que esa bola de desubicados debería quedarse en su casa a ver la tele en vez de ir a poner su jeta de “¿qué pedo?” a lugares donde, obvio, habrá situaciones que estarán fuera de su limitada comprensión. ¡Shit!, por eso luego sólo traen a puros gruperos para que la prole salga con sus mejores ropas a saltar como idiotas, ¡pinche gente rancia!
—Vaya, cuánto resentimiento, aunque no entendí la relación de la gente fancy con los gruperos. Pero ese no es el punto, que no te confunda la coreografía, a lo que me refería es a que este tipo de eventos se llenan de gente a la que mandan casi a la fuerza, que no conocen al grupo y que, por mucho, preferirían estar en cualquier otra parte. Por cierto, tampoco tú sabías quiénes eran.
—Sí sabía, pero no bien, digo, me bajé sus discos ese mismo día, ¿así cómo? Yo nomás conozco las del Rock cabezón para chavitos, el primero pues, y nomás tres.
—Pero ¿qué tal el cover de los Ramones, eh? ¿A poco no estuvo de lujo?
“Para la siguiente rola quiero que nos acompañen, la letra dice La-la-la-la-la-la-lá, así que es fácil que se la aprendan y nos ayuden a corearla. Ahora, con el puño arriba y tan fuerte como puedan griten ¡Hey, ho, let’s go!”. Así inició la versión para peques de Blitzkrieg Bop, y lo extraño era que los chavitos ya iban agarrando la onda, bueno, creo que eso sucedió desde “Pollito”, sólo que se me había olvidado mencionarlo, pero en esta canción fue cuando noté que había una chavilla como de 7 u 8 años que no paraba de gritar como típica grupi que tiene la fabulosa oportunidad de ver a sus ídolos en vivo. Y luego estaba ese niño que subieron al escenario todo sacado de onda y dando pasos torpes, yo creo que su “condición” no era la “adecuada”, si sabes a lo que me refiero, ¿o cómo explicas que no pudiera ni entonar el coro?
—¡Tenía como dos años! No creo que hablar sea uno de sus pasatiempos o se le dé con mucha fluidez.
—¡Pretextos!
La siguiente fue “El Suavecito”, del Bipolar, el disco que traen en promoción y para el que se tomaron cuatro años. Ramón seguía animando a la gente a bailar, les dijo que podían subirse al escenario o pararse sobre sus sillas, los niños eligieron lo segundo, los adultos más o menos. Se movían, eso sí, bueno, nos movíamos, pero sin levantar las nalgas del asiento, no fuera que nos lo fueran a usurpar durante el alboroto.
—Yo creo que no bailaban por la confusión.
—¿Cuál confusión?
—Es que no es rock que se preste para slammear, yo creo que cualquiera se sentiría medio ridículo aventando chavitos mientras corea “ay qué chido serí-a bañarme cada mes”. No sé, como que algo no encaja del todo bien.
—Sí, creo que tienes razón, pero los niños se veían felices. Y, por qué no decirlo, también yo lo estaba.
“¡Déjenme en paz!” fue la séptima rola, otra del Rock cabezón, yo hubiera preferido que tocaran más de ese disco pero se afresaron. Hubo entonces una pausa y en eso preguntó Ramón, “¿Por qué no construyeron Tepic en San Blás?, estando tan cerquita...” y luego siguió un discurso de las playas artificiales del de-efe y demás cosas, todo en buena onda, que sirvió como anticipo de “La Playa”, pero en distintas versiones para que no hubiera inconformes: para surfers, para rockers y hasta para los cumbiancheros que hubieran llegado allí por accidente, cómo no.
—¿Sabes?, creo que fue ahí, y no antes, cuando subieron al niño.
—¿Ah, sí? ¿En serio?
—Es que lo recuerdo acercándose a la orilla del escenario y a Ramón yendo tras él para que no se cayera, pero la verdad no sé.
—Tampoco yo, pero no se me antoja modificar el relato, ¿cómo ves?
—Pues así déjalo, total, nadie lo va a notar.
—Eso pensé.
La versión cumbia de “La Playa” fue la sensación. Le gente ya no se veía tan apagada, había más movimiento de cabezas y otros ya se balanceaban más sobre sus asientos. Pocos se levantaron. En ese momento, creo, de no-sé-dónde salió un grupo de skates y cletos y varios chavos de alguna prepa cercana que pedían a gritos la “Canción Basura”. “Esa ya la tocamos”, les dijo Ramón desde el escenario, “Pero igual y al ratito la tocamos otra vez”, total, dudo que alguien se quejara cuando apenas se estaba calentando el ambiente, eso no lo dijo él, pero era algo obvio. Así calmó la insistencia de los recién llegados.
“El siguiente es un cover de Botellita de Jerez, tal vez la hayan escuchado con Café Tacuba, se llama “Alarma””, dijo de nuevo Ramón y se arrancaron con esa excelente canción incluida también en su nuevo disco.
—¿Sabías que Sergio Arau ganó un premio MTV en el 98 por mejor video de rock por “Alármala de Tos”, canción que compuso en su etapa con la Botellita, pero interpretada por Café Tacuba y que es uno de los hits que casi cualquier persona conoce?
—No, no sabía y me agrada que lo menciones tan de repente y sin causa aparente. Debió ser un año flojo en eso de la dirección de videos. Aunque, te diré, no me extraña tanto que haya ganado, reune características básicas de lo que más disfruta la gente: sexo y violencia, tenía todo a su favor.
“Resispunk” fue la siguiente, otra del Canciones Basura, del 2004, y luego llegó la “Abuela Zombie”, del mismo álbum, acompañada de otra historia divertida; “Aunque mi abuela sea un zombie la sigo queriendo, nomás que ya no le doy besos, no vaya a ser que me contagie de algo”, dijo Ramón antes de advertir que esa era la última canción a menos que, mientras ellos despistaban un poco a un lado del escenario, les pidieran otra; en ese caso regresarían para tocar la “Canción Basura”, de nuevo, para aquellos que se la perdieron.
Los chicos del Yucatán, que, a un lado del escenario, junto a las bocinas, simulaban no estar, escucharon cómo el público coreaba “¡O-tra, o-tra!” sin mucho ritmo, por lo que su líder decidió que debía darles indicaciones más precisas de cómo hacerlo; “No, no, deben hacerlo con más ganas, como si de veras quisieran escuchar otra”, luego regresó con el resto de su banda y cuando se sintieron satisfechos tomaron sus instrumentos, tocaron la canción prometida y después se despidieron.
—Oye, creo que eso de “Como si de veras quisieran escuchar otra” no lo dijo.
—¿Ah, no? Pero suena chido, ¿no?
—Un poco.
—Eso pensé.
En ese instante, cuando los chicos estaban a punto de bajar del escenario, el público coreó de verdad “¡Otra, otra, otra!”. Algunos comenzaron a levantarse sin abandonar el lugar, sólo caminaban alrededor esperando alguna sorpresa, otros, los ilusos que decidieron hacer su servicio social en instituciones locales, recogían sillas.
Aunque los asistentes no eran muchos y, la mayoría, no sabían bien qué esperar de este grupo, poco a poco le fueron agarrando la onda a la tocada, el Yucatán los mantuvo atentos, había, por supuesto, gente que sí los conocía y se escuchaban algunos gritos aislados que decían “¡Los mayas, los mayas!”, pero eran minoría.
Y entonces sucedió, la banda regresó a terminar su presentación con “Los Rusos”, incluida también en su álbum Canciones Basura. Al terminarla avisaron que el día siguiente celebrarían el día del niño en la Concha Acústica, así que tendríamos el gustazo de escucharlos de nuevo y de la mejor manera: GRATIS.
—Yo creo que al de la concha sí va más gente.
—Es probable, es después del desfile y está más céntrico el asunto.
—¿A qué crees que se deba que no haya ido mucha banda al de ayer?
—Es porque la gente de por acá no los conoce muy bien y a muchos les da pena admitirlo.
—A mí no. Bueno, sí, pero reconozco que no estoy al día. Es que lo mío es el britpop y las electrocumbias.
—Claro, claro. Pero no te preocupes, es sólo cuestión de tiempo para que ninguno de nuestros conocidos admita que se lo perdió, igual y en alguna borrachera encontraremos fabulosas reseñas ficticias donde se hablará de todo con un trasfondo musical interpretado por el Yucatán.
—Típico.
—Aunque es probable que no hayan ido porque la propaganda estuvo de la chingada, digo, de no ser por algunos conocidos que andan metidos en eso del “festinervo”, dejemos de lado lo pinche que suena el nombre, nunca me hubiera enterado. Además el lugar está lejos y esa mamada de “Recinto Ferial” suena tan fantoche que da pena decir que uno fue a meterse a ese agujero del demonio.
—Hoyito del diablo, por favor.
—¿Ahora robamos chistes?
—Sólo los buenos.
Esta histeria continuará...
Mientras tanto, un video:
Las fotos son cortesía de Chris, envíenle saludos.
escrito por tazerk a las 17:07 |
Reseñas Tardías: Los Dynamite, Chikita Violenta Y Estereox
La última vez que vi a Los Dynamite fue también la primera. Aquel día no eran el plato principal, sino un añadido. Era la primera gira de Interpol por México, su segundo concierto, el 7 de septiembre del 05 según el last.fm, lo confirmaría con mi boleto pero creo fue destruido ese mismo día entre empujones y saltos.
Aquella noche abría un grupo semidesconocido, sin un disco que los respaldara pero, según cuenta el rumor, era la banda que los chicos de Interpol habían elegido como teloneros para su gira en el país. Las, creo, cinco canciones que tocaron como anticipo a las de la banda principal sirvieron para calentar el ambiente. Algunos decían "Hey, no suenan tan mal", otros esperaban que abandonaran cuanto antes el escenario, a mí sólo me interesaba conseguir alcohol. Fue uno de los pocos conciertos a los que he llegado completamente sobrio, un error que me prometí no volver a cometer. En fin, cantaban en inglés, parecían pretenciosos, se veían relajados y eran una de las nuevas promesas de noiselab; eran buenos, pero no excelentes.
Casi tres años después volvería a verlos en vivo. Ahora encabezaban el cartel de la gira denominada Conquest Tour 2008 que compartían con Chikita Violenta, uno de los nuevos pilares del rock independiente mexicano y Estereox, ganadores del Vive Cuervo & Roll 2007.
Primer Acto: 17 de julio, entre las 7 y 9 de la noche.
En algún momento de la tarde recordé que un amigo de otras épocas estaba en la ciudad, decidí llamarle porque sabía que igual lo encontraría en el lugar del evento, así que acordar un plan previo (entiéndase: beber lo suficiente para no consumir demasiado en el local) a la función era lo más adecuado.
Descartamos la cerveza, de eso habría bastante en el lugar y como podíamos darnos algunos lujos optamos por el whisky. Llegamos a un conocido sitio dedicado a la venta de vinos y licores a precios mucho más razonables que en las tiendas comunes. Hurgamos un poco por los anaqueles, comparamos precios, grados de alcohol, tamaño del envase. Compramos el más barato de la tienda, porque cuando el propósito es embriagarse la calidad es lo que menos importa.
Algunos vasos de whisky con ginger ale y muchos temas de conversación después casi olvidábamos cuál era el propósito de la reunión. Mi invitado recordó que aún debía arreglar algunos detalles y recoger a algunas personas y desapareció. Acordamos encontrarnos en el sitio del evento.
Segundo Acto: 17 de julio, entre las 9 y 10:30 de la noche.
Me observé en el espejo, "Con un poco de agua en el cabello estaré listo", dije y continué bebiendo. No había prisa. El ginger ale se había terminado y el mejor remplazo que encontré fue un jugo de naranja que me había sobrado de la mañana, ya lo saben, el desayuno es el alimento más importante del día. Intento recordarlo cada que despierto antes del mediodía.
Pasó el tiempo y la botella menguaba. Volví a tomar el teléfono. "¿A qué hora tenía que irme?" "Son las 10, ya vamos para allá, ¿dónde estás?" "En mi casa, dónde más" "OK, ya vete, te esperamos adentro."
Regresé frente al espejo para la revisión de rutina: billetera, llaves, celular, lentes, boleto. Todo en orden. Seguí las indicaciones.
Tercer Acto: 17/18 de julio entre las 10:30 de la noche y las 4 de la mañana.
Abordé un taxi con un vaso de plástico en una mano y 25 pesos en la otra. "A la calle que está detrás del Hilo", dije. Pagué al subirme para bajarme al llegar, sin contratiempos no hay esperas. En el trayecto el conductor me contó algo relacionado con la lluvia. Hubiera puesto más atención pero supongo poco me importaba.
Tomé el teléfono de nuevo: "¿Dónde los iba a esperar?" "Ya estamos adentro" "Ah, genial, ¿podrías ir a la puerta y buscarme?" El problema de la desubicación se solucionó rápido, creo que en la mesa ya había cervezas y que mi formalidad no me permitió esperar a que terminaran las presentaciones para tomar una.
A partir de la tercera cerveza lo que recuerdo es una reconstrucción muy inexacta de lo que sucedió en realidad.
El exceso de alcohol me convierte en un ser demasiado sociable, a eso se debe que intentara conversar con cualquiera que se detuviera frente a mí por más de dos segundos. De cualquier modo, eso no es lo importante.
Estereox fue la banda que comenzó la fiesta. Y lo menciono como tal, su sonido fue la mejor manera de cambiar el ambiente que ya comenzaba a ser un poco pesado por la música del local y la tardanza de las bandas. De ellos sólo había escuchado los temas que tienen en su myspace, no sabía nada más. Tocaron poco, muy poco, lo suficiente para demostrar porqué habían logrado apropiarse del primer lugar del VC&R07 y, de paso, como aviso de que si hay alguna banda a la que se le deben seguir los pasos de cerca, en definitiva son ellos.
Los siguientes en ocupar el escenario fueron los de Chikita Violenta. De ellos tenía mayores referencias, había escuchado su álbum homónimo y también el The Stars and Suns Sessions, y lo cierto es que aunque son buenos hay algo que aún no me termina de convencer con lo que hacen. No es el hecho de que canten en inglés, el idioma no es una cuestión que me incomode en el aspecto musical, me da igual escuchar una banda peruana que cante en ruso, mientras suene interesante su propuesta con eso me basta. Es, creo, algo que va un poco más lejos. La primera vez que escuché sus dos discos al hilo terminé con una sensación extraña. Alguna clase de nostalgia que no sabía a qué atribuírsela. Verlos en vivo no es tan diferente. Suenan bien, pero el ambiente con ellos fue distinto al que se había establecido con Estereox.
Finalmente la banda que la mayoría venía a ver: Los Dynamite. El estado de embriaguez que tenía en ese momento era el indicado para no tener ni la menor idea del tiempo que estuvieron tocando ni de la cantidad o títulos de las canciones de su set. Según mis informantes hubo, que destacaron de las ya conocidas, tres canciones nuevas y un cover. Una de las nuevas fue Fright Night, canción que desde noviembre está disponible en su myspace y es un anticipo de su nuevo disco; el cover fue una clásica de los siempre geniales Pixies: Where is my mind?, y de las otras dos no tengo idea.
Supongo que fue una presentación interesante y que Los Dynamite, que son a los que menos recuerdo, estuvieron a la altura de las dos bandas anteriores, y es que tengo un video de ellos interpretando Frenzy que confirma mis sospechas.
Conclusiones:
Los tipos de estereox son geniales, los de Chikita Violenta también, los de Los Dynamite no sé o no me acuerdo. Ahora el Videoblog Oficial CONQUEST TOUR 4: Tepic
Las fotos me las robé de acá.
escrito por tazerk a las 21:11 |
Crónicas de lo trivial: dos
Advertencia: En este post se habla de futbol, iba a publicarse el viernes pero lo olvidé, lo mismo sucedió ayer, por eso aparece hasta hoy.
Turquía, el país del que hace algunos años surgió Tarkan, vuelve a ser noticia en mi universo.
Hace tiempo mencionaba algunas de las citas dichas por Bruce Lee durante su vida, de ellas, una se repetía constantemente en mi memoria durante el partido de Turquía contra Croacia: “Al demonio con las circunstancias, yo creo oportunidades”. Turquía estaba demostrando que sólo así se puede hacer algo que valga la pena.
Su participación durante la Eurocopa 2008 no era algo destacable, el simple hecho de haber clasificado ya parecía suficiente. No era la favorita, tal vez ni siquiera los turcos confiaban en su selección. Pero los jugadores parecían tener una idea fija: demostrar que las oportunidades se crean si te esfuerzas lo suficiente.
Todo comenzó con su derrota ante Portugal. Ese 2 a 0 les dolió porque los hizo ver débiles. Los borró por completo de las estadísticas en las que, ya de entrada, aparecían como la selección más débil de su grupo; ya nadie confiaba en que lograran algo. Pero fue ante Suiza, una de las escuadras anfitrionas, que eximieron sus culpas cuando todo indicaba que el empate obtenido durante los minutos del tiempo reglamentario era todo lo que iba a suceder. Habían invertido el resultado. Sacaron de la lista al equipo local con dos anotaciones contra una. El dato curioso del encuentro: los tres goles fueron hechos por turcos.
Después, ante la República Checa estuvieron con el marcador en contra durante la mayor parte del juego, como antes, nadie esperaba que las cosas cambiaran, por eso un segundo gol de los checos no le quitó el sueño a muchos.
Las tribunas festejaban el evidente pase a la siguiente ronda de los checos, pues al encuentro le restaban pocos minutos; sin embargo, se habían olvidado de algo, en este juego, como en muchos otros, nada está dicho y todo es posible mientras el árbitro no señale el final del encuentro. Los turcos lo sabían, los checos estaban replegándose del lado de su portería, la ventaja que tenían de dos tantos parecía inamovible, sólo les restaba esperar el silbatazo final.
Era el minuto 74, Turan, uno de los mediocampistas turcos, toma el balón, avanza al arco enemigo y dispara. Anota pero el festejo dura poco, hay que continuar jugando, sabe que los dos goles de los checos aún pesan demasiado, pues un empate también los deja fuera de la siguiente ronda. Darse por vencidos no estaba dentro de las posibilidades. A los checos ya sólo les interesaba conservar la diferencia, dejaron de atacar para defender ese gol que aún los tenía clasificados.
Pero Turquía seguía luchando, se lanzaron al ataque, hubo un centro en el que el guardameta checo se dejó llevar por la aparente sencillez con que el balón se acercaba a su área; saltó con los brazos en alto, tuvo el balón entre sus manos pero ese día las cosas no le iban a resultar bien. Se le resbaló de entre los dedos y el número 8 turco, de apellido Nihat, empujó el balón al fondo de la portería y les devolvió la esperanza a sus compatriotas. Cech (el arquero checo) no podía creer lo que había sucedido.
El juego continuó, los comentaristas aún hablaban de la hazaña de Nihat y el descuido de Cech. El arquero turco hizo un despeje largo, hubo un toque, dos, tres y el balón llegó, otra vez, a los pies de Nihet, el capitán turco que sabía que un empate los dejaba fuera de la euro 2008, en ese momento, de nuevo frente a Cech, que tenía la oportunidad de reivindicarse, Nihet decidió que no debía pensar demasiado y disparó, tercer gol de Turquía, las tribunas y el resto de los que presenciaban el encuentro no podían creer la situación que se les presentaba, Turquía, para sorpresa de todos, le había dado una vez más la vuelta al marcador, con todo en contra estaban descalificando a los checos, se iban a cuartos de final dejando claro que la perseverancia es la clave del éxito.
La manera de jugar de los turcos comenzaba a llamar la atención de todos. Habían acabado con Suiza, le dieron una lección a la República Checa y todavía iban por más. Su siguiente rival era Croacia que tenían todo a su favor; venían de derrotar a Austria, a Alemania y a Polonia y sólo tenían un gol en contra.
Este encuentro era definitivo, ni turcos ni croatas –en la eurocopa– habían llegado a semifinales, era una oportunidad que no podían ignorar, debían darlo todo y así fue.
Durante los más de 90 minutos oficiales se mantuvo el 0 a 0; luego llegó la primera parte del tiempo extra y las cosas no cambiaron. Con la segunda parte parecía que el encuentro se resolvería en penales y no habría anotaciones, pero no fue así, al menos no totalmente.
El encuentro estaba por finalizar, los croatas se lanzaron al ataque con las fuerzas que les restaban, el arquero turco realizó una salida equivocada, no alcanzó a regresar a tiempo y cayó la primera anotación del partido, los croatas festejaban su triunfo inminente, la locura en un estadio donde la mayoría de los espectadores venían a animar a Croacia era impresionante. Parecía que todo estaba resuelto y que ya no había nada más que hacer.
Estaban por terminarse los quince minutos del segundo tiempo extra, se había señalado que sólo se agregaría uno más, la ventaja de los croatas y lo que restaba de tiempo parecía colocarlos en semifinales contra Alemania, pero una vez más los turcos se fueron al ataque con entereza; el balón cayó a los pies de Senturk y sabía que no tenía tiempo de nada, disparó apenas lo tuvo claro y consiguió igualar el marcador. Los turcos habían logrado hacerse de otro final inesperado, se quiso argumentar que el gol llegó fuera de tiempo –y era cierto, llegó en el segundo minuto que no se había planeado incluir–, pero ya nada podía revertir lo siguiente: el encuentro se decidirían en penales.
Los ánimos croatas habían sido anulados, les habían arrebatado el triunfo en el último segundo del encuentro. Esa frustración quedó reflejada en los espectadores, en el director técnico, en los que estaban en la banca croata, pero, principalmente, en los jugadores, se veían inseguros, molestos, desganados. Comenzaron los penaltis.
A Croacia le tocó iniciar y no lo hizo bien, el primer disparo salió desviado, el segundo no, el tercero fuera del arco una vez más y el tiro decisivo, ese que les indicaría a los croatas si debían conservar una esperanza por las semifinales o comenzar a pensar en el regreso a casa, lo detuvo el arquero suplente Rustu, pues el titular de Turquía había sido expulsado por comportamiento antideportivo en el encuentro disputado contra la República Checa. Con eso enmendó el error que los había llevado a intentarlo todo durante el último minuto de los tiempos extras, con eso se convirtió en un héroe momentáneo que los hacía soñar en nuevas posibilidades para su siguiente encuentro contra la impredecible Alemania.
El resultado: 3 a 1 (4-2, marcador global), a favor de Turquía, quienes merecían la victoria porque lucharon hasta el final por obtenerla y, para sorpresa de muchos y como reafirmación de la frase de Bruce, crearon sus propias oportunidades para conseguir eso que buscaban: el triunfo.
Lo que sigue es el enfrentamiento en semifinales contra Alemania, las desventajas son múltiples, la más importante, quizá, será la ausencia de varios jugadores turcos que han acumulado dos tarjetas amarillas en lo que va de la competición. Pero eso pertenece a una anécdota distinta.
El resto, por ahora, debe limitarse a que la historia del trayecto turco por la Eurocopa 2008 aún está por definirse.
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escrito por tazerk a las 01:01 |
Crónicas de lo trivial: uno
En gang-bang, tercer track del disco dos de Cajas de Música Difícles de Parar, se escucha que el autor del tema se pregunta “¿cómo habré llegado a esto, no lo sé, tan lúcido y siniestro?”, hace una breve pausa y agrega “Pero sé que no lo sé”, lo que, en teoría, le permite saberse, como lo hiciese Sócrates hace ya mucho rato, conocedor de su ignorancia. Conocer la propia ignorancia permite hacer uso ilimitado de la ironía y del sarcasmo, herramientas que frecuentemente se confunden en su aplicación.
El tema al que me refiero es de Nacho Vegas quien, según mi last.fm que no miente, es el artista que más escucho. ¿Y por qué recurro a él? Porque necesitaba algún punto de partida para lo que sigue y porque siempre encuentro oportuno incluir la letra de alguna canción que me guste en cualquier momento. Sea o no el/la adecuado/a.
Me deshice del televisor porque ocupaba demasiado espacio dentro de mi habitación. Y porque no servía. Cuando digo lo primero imagino que la reacción en quien lo escucha es pensar que soy alguien quizás inteligente, mientras que si digo lo segundo, le indica que no tengo mucho dinero. Si se van a crear una idea equivocada de mí, prefiero que sea la primera.
Creo que fue una de las mejores decisiones que he tomado. Ahora, lejos de los noticieros sensacionalistas y los insípidos programas de las televisoras mexicanas (claro, el cable sirve para alejarse de ellos, pero es que a veces no hay nada interesante y puede resultar muy monótono presionar botones una y otra vez durante horas), el mundo es del color que más me guste. Y siempre he creído que el anaranjado es un color muy agradable.
Ahora elijo lo que quiero saber, puedo depurar la información que no me interese y, si así lo quiero, atiborrarme de trivialidades. Sin embargo no puedo huir de la violencia. La verbal, la visual, la auditiva y muchas otras me tienen sin cuidado. Es la física la que me preocupa y parece estar haciendo estragos con mi cabeza.
Incluso cuando debería sentirla como algo habitual, y es que por años han tratado de desensibilizarnos ante ella, convenciéndonos de que es algo natural entre la gente (término que también me tiene un poco inconforme), parece que finalmente he tenido suficiente. Hace apenas algunas semanas me provocaba poco describir decapitaciones, accidentes con detalles explícitos o golpizas en masa a una persona, ahora las cosas son un poco distintas. No me provocan náuseas ni me despiertan alguna clase de instinto protector hacia mis semejantes, sólo me provocan dolor de cabeza. Puedo seguir narrando o presenciando acontecimientos de este tipo, pero sobre advertencia, pues las palpitaciones del cerebro pronto se manifestarán como represalia. La intensidad es proporcional a la emoción que sienta al describir/presenciar/visualizar actos violentos.
Hace tres días un par de motociclistas golpearon a un tipo en la esquina de la calle por la que se encuentra mi casa. No vi el incidente ni he investigado la razón (ni me interesa hacerlo), sólo la aglutinación de personas alrededor de un sujeto inconsciente que yacía en el piso.
Supongo que lo que me preocupa es que la manera más frecuente de resolver problemas sea con golpes. Pero tampoco estoy exento de ello, lo he hecho una o varias veces. Por diversión, por protección, porque podía. La causa es lo de menos, las implicaciones son lo que debe considerarse. Se necesita ser un salvaje para recurrir a este medio de expresión, pero todos lo somos un poco.
Camus había señalado ya en una conferencia que sin que nos demos cuenta la diferencia entre lo bueno y malo (sin profundizar demasiado en estos términos) se desvanece, y entonces todo lo que hacemos está permitido. No hay valores ni sentido en nuestras acciones y, por extensión, tampoco en nuestra existencia. En otro de sus ensayos profundiza en esto al sustentar las razones por las que la naturaleza humana es un concepto inexistente.
Pero quitémosle seriedad a esto.
Mi preocupación actual reside en la constante acumulación de inconformidades. Cada vez son más las cosas que me provocan asco. Antes despreciaba la ciudad en donde habito, luego el país, ahora el mundo me resulta contradictorio y repugnante.
Siempre me ha agradado esa idea de la existencia de vida en otros planetas. Me gustaría mudarme a alguno de ellos y ver si las cosas resultan mejor allá. Tal vez alguna de las súper tierras sea un lugar agradable para vacacionar. Lejos de los humanos. Supongamos que hay otros seres residiendo en la galaxia, vamos, debe haberlos, aunque es probable que no esté dentro de sus planes venir a visitarnos. No los culpo, si yo fuera un extraterrestre me bastaría una leve mirada a este planeta para convencerme de que lo más sensato es estar lo más lejos posible de la tierra. Bueno, de la tierra no, de los que la habitan.
Demasiadas quejas y pocas soluciones.
Creo que la primera solución que se me ocurre no es nada viable. Incluso es absurda, pues somos una especie que siempre está ideando nuevas maneras de dañarse.
No creo posible aquello que se hace en alguno de los múltiples episodios de los especiales de noche de brujas de los Simpson, ése en el que se deshacen de las armas. Pero tal vez sí pudiesen portarse con un sentido distinto al usual, es decir, sin la intención de utilizarlas. Algo así como lo que le responde Daniel San al señor Miyagi en Karate Kid cuando le pregunta que por qué quiere aprender karate y dice algo como “para no tener que utilizarlo”. Pero dejemos para otro día la reflexión en torno a esta magnífica respuesta. Y si el fin de semana tienen tiempo libre, vean esta película.
Las armas no son el único problema, debemos erradicar a la humanidad, eso es lo que sobra en el planeta. Si alguna vez has tirado un papel en la calle, eres parte del problema; si has consumido algo que no te era necesario para sobrevivir, si has hecho algo que dañe a alguien directa o indirectamente, si has permanecido impasible ante alguna desgracia ajena a ti, tu existencia es prescindible.
El punto es que no hay excepciones.
No tengo ideas precisas, sólo divagaciones. Tal vez lo que el mundo necesita son más canciones alegres y que la gente se relaje. Mientras eso sucede, deberíamos compadecernos unos a otros. Pero que sea esa compasión que no se refiere a sentir lástima por los demás, sino la de compartir el dolor, la desesperación y lo que sea. Así podríamos prolongar un poco nuestra inminente destrucción.
En consecuencia: mi vida era mucho más sencilla –y yo mucho más feliz–cuando mi mayor aspiración consistía en convertirme en futbolista profesional. Ahora el futbol ni siquiera me interesa.
¿Y cómo me siento al respecto? Responderé al estilo de Victor Mancini: Triste no es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la mente.
Por cierto, eso de que “ahora el futbol ni siquiera me interesa” no es tan cierto, la eurocopa y el mundial me resultan intrigantes. Podría anteponer cualquier pretexto que pareciese razonable, por ejemplo este: cada encuentro es una batalla, algunos representan conflictos que llevan años y sólo pueden disputarse abiertamente en un campo de futbol. Ejemplos de ello encontramos cada que se enfrenta Austria vs. Alemania, o en ámbitos más banales el clásico México vs. U.S.A.; pero sería una jutificación bastante rebuscada, el caso es que me entretienen, nada más. Y si acaso fuera necesaria otra aclaración, remítanse al tercer párrafo de este texto.
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escrito por tazerk a las 00:41 |
Mi pequeño trozo inglés
Party Hard es una canción de Pulp que no habla, precisamente, de una fiesta salvaje. O tal vez sí, pero desde la particularidad que implica una relación tormentosa con otro de los invitados y deja fuera a los demás asistentes. Describe lo frustrante que puede ser compartir el mismo espacio y tiene una frase genial: Why do we have to half kill ourselves just to prove we're alive? Y supongo que la respuesta sería: porque sólo ante la muerte confirmamos nuestra existencia.
O porque somos unos estúpidos. Lo que encaje mejor.
Las fiestas que más disfruto están llenas de situaciones normales que lucen mejor al recordarse porque puedo añadir los detalles que quiera y hacer, incluso de la más monótona situación, un momento inolvidable. También permiten omitir los fragmentos que no fueron satisfactorios. O hacer caso omiso si alguien los menciona. Hablemos del pasado:
Esa noche celebrábamos el cumpleaños de una de las personas más extrañas que conozco. Como la situación lo ameritaba, había un líquido mágico embotellado que fue la sensación, su nombre: Garañona. La información que teníamos de ella es que es una bebida alcohólica elaborada a base de hierbas, siete, según las fuentes oficiales, dieciséis, según los más exagerados. En Metepec, Estado de México, es una falta de respeto no conocerla, pero a nosotros, que nos encontramos a demasiados kilómetros de ese lugar, se nos permite ignorar su existencia y los mitos que rodean su consumo. Estábamos a la intemperie, sentados en círculo, protegidos por las ramas y hojas de un árbol de limas, la lluvia era tenue pero frecuente, no lo suficiente como para obligarnos a cambiar de lugar ni tan escasa que pudiera pasar desapercibida.
No voy a detallar las conversaciones porque he olvidado la mayoría de ellas. Estoy seguro de que no hubo bailes, ni agresiones, sólo algunos accidentes provocados por los estragos del alcohol que repercutían en el equilibrio y coordinación de la mayoría. Envases rotos, choques con paredes, conversaciones en distinta tonalidad. Variaciones en el volumen de la música y las pláticas, todo mundo sabe que mientras más fuerte se diga algo, más cierto es. Así que la próxima vez que estés seguro de tener la razón dilo fuerte para que no quepa duda de que así es.
¿Cuál es la música ideal para una noche de convivencia improvisada? Cualquiera. Al igual que los temas de conversación. Lo importante es encontrar algo que enlace cada cosa y divertirse tanto como sea posible.
Al final, valió la pena, aunque las desveladas acumuladas me derrotaron antes que el alcohol, o tal vez la combinación de ambos elementos aceleró el proceso. Dormir fue inevitable y no recuerdo cómo sucedió, un segundo estaba platicando, el siguiente abría los ojos recostado en mi cama.
Tendré que conformarme con la versión oficial:
Estábamos platicando y, de repente, te diste la vuelta, te cubriste con una manta y dijiste “tengo sueño, voy a dormirme”, y eso hiciste.
La música seguía sonando, tal vez eso ayudó a que la fiesta continuara en mis sueños: Estaban todos los presentes afuera de una discoteca, esperábamos al dueño y adentro había comenzado una pelea. El DJ se asomó por una gran ventana que lo dejaba observar todo y lo mantenía a salvo. Sacar la cabeza para corroborar que en verdad era una pelea no fue buena idea, una botella le hizo perder el conocimiento. Luego vino la persecución. La gente salía asustada, nosotros aprovechamos para entrar. Dentro comenzamos a beber porque era gratis, había una proyección de siluetas en una pantalla gigante, se transformaban, aparecía una similar a la cabeza de Mickey Mouse y cuando todos asegurábamos que, en efecto, se trataba de él, comenzaba a transformarse de nuevo en algo completamente distinto. Hubo estrellas hollywoodenses invitadas, fue un sueño con mucho presupuesto, pero no recuerdo quienes eran, sólo que hablaban en español y sostenían con mucho estilo sus bebidas. Cuando llegó un mesero comenzamos a correr, supongo que realmente no era gratis, sino que no teníamos dinero y por eso escapamos. Eso explicaría por qué el mesero corría detrás de nosotros con un hacha. Luego desperté y todo parecía tan real que lamenté haberlo hecho tan pronto.
Y ahora una lista de cosas que sí recuerdo:
- Cuando tengo heridas en los dedos, sé que son porque intenté destapar botellas con las manos. Algún día voy a entender que no puedo hacerlo.
- La persona que más detesto en el mundo es al sujeto que me vendió el disco de Trompe Le Monde, de los Pixies, en la caja del Dooolittle, también de ellos. Tengo ese disco tres veces y no es mi favorito.
- Todos quieren ser ingleses e imitar el acento no basta. Pregúntenle a Madonna.
- Mis fiestas favoritas son las que no recuerdo.
- No hay ninguna connotación sexual en el título, la poca relación con el contenido es porque olvidé lo que iba a mencionar con respecto a él.
De cualquier manera, la Party Hard de Andrew W.K. es, por decirlo así, mucho más festiva. Es más, el I Get Wet (que no linkeo porque puede escucharse completo desde su página) debería estar en la canasta básica de música para fiestas.
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escrito por tazerk a las 15:14 |
Robots, humanos, tecnología, anime y otras tonterías
Siempre quise tener un robot gigante que pudiera tripular, algo similar a lo que hacía Koji con Mazinger Z o Shinji, Asuka, Rei y los demás personajes secundarios con los Evangelion. Hasta los Gundam me parecieron interesantes durante un tiempo, pero nunca fueron mis favoritos, eran demasiado anchos; para tal caso, los de Escaflowne o los de las Guerreras Mágicas me parecían mucho mejores.
Tal vez me hubiera sido suficiente ser parte de una súper máquina de combate armable, como Voltron, pero creo que aún no tenemos la tecnología necesaria para ello. Esperemos que nunca nos invada alguna raza extraterrestre porque seguro se desilusionarían al ver que aún no tenemos robots especializados para nuestro servicio, protección y entretenimiento. O tal vez sí, pero no del modo deseado, aunque igual no está de más reconocer que se están haciendo esfuerzos que brindan resultados cada vez más satisfactorios.
Habrá que conformarse con esos brazos mecánicos de Dean Kamen que no estaría nada mal que evolucionaran al más puro estilo del de Vash Estampida, o el de Tetsuo, sin los inconvenientes de cada uno, claro. Eso, más las C-Leg que desarrollaron los de Otto Bock HealthCare, una versión perfeccionada del sistema de visión artificial de William Dobelle, para quienes así lo necesiten, y otros accesorios que podrían incluirse, si no es que ya están en el mercado, cumplirán el sueño de muchos de nosotros: humanos artificialmente mejorados.
-¿Artificialmente mejorados? ¿No sería eso robotizarnos? ¿O no podría eso acelerar la destrucción de la humanidad?
Es probable, pero eso sería sólo si algo sale mal, la idea principal es la protección, ya sabes, en caso de que los robots quieran revelarse como sucedió en Terminator o en Matrix. ¡Esta vez estaremos preparados! ¡Seremos tan veloces y tan fuertes y, tal vez, también tan inteligentes como ellos!
-Eres un paranoico.
No dirás eso cuando suceda. ¿Recuerdas Full Metal Yakuza, de Takashi Miike, o Robocop? ¡Esa es la idea! Tener las mejoras pero conservar la parte humana, al menos la cabeza.
-¿No crees que habría una seria confusión si surgieran cyborgs tan similares a los humanos que pudieran mezclarse sin problemas?
Ellos serían eso que llaman "un arma de doble filo"; en caso de que los robots tomen prisioneros, los utilizaremos como carnadas para que ataquen las filas enemigas desde adentro. Y los que estén de su lado, pues se infiltrarán en nuestras tropas y acabarán con muchos de nosotros. Los sacrificios son necesarios.
-¿Y qué si algunos intentan emular eso que sucede en Electroma, la primera película que dirigen los Daft Punk y no tiene música de ellos, o lo del cuento de Isaac Asimov, El Hombre Bicentenario? ¿Les estaría permitido?
Sólo si nos dejan restaurarlos antes, para asegurarnos de que no se trata de un engaño. Aunque eso probablemente esté en contra de sus principios, si es que los tienen. Sin embargo, será un procedimiento necesario, además, de algún modo, es una muestra de lo absurdo que es el ser humano, si entienden eso, estarán del otro lado.
-No me gusta la idea de los robots, parece peligrosa, preferiría una tribu de salvajes a mi servicio que me siguieran a todas partes. Son como robots pero más vulnerables, así que el peligro, aunque probable, es mínimo.
La cosa con los robots es que ya es inevitable detener su evolución. Están a nuestro alrededor facilitándonos la vida, algunos todavía en un estado primitivo y mecánico solamente; algunos otros, desarrollando habilidades que les permiten recabar datos, algo así como ejercitando sus funciones cerebrales para luego dominar el mundo. ¡Mejor estar preparados para cuando suceda!
Cómo quisiera tener mi propio Mazinger.
Etiquetas: relatos
escrito por tazerk a las 12:01 |
El martes que perdió la memoria fuimos a jugar billar y gané

—¿Me gusta Van Halen?
—No lo sé. Espero que no.
—¿Es un mal músico?
—No. Pero si no logras recordarlo es porque no vale la pena. O algo así dijo Ibargüengoitia en alguno de sus libros.
—Y ese tal Ibargüengoitia, ¿me gusta?
—Mucho.
—Entonces debes presentármelo. ¿Iremos a algún lugar?
—No, está oscureciendo. Tal vez mañana.
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escrito por tazerk a las 23:59 |
tragedia vespertina
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escrito por tazerk a las 05:45 |
Porque nunca es demasiada música
No recuerdo cómo obtuve mi primer casete ni la música que incluía. Lo que sí, es que durante mi estancia en la secundaria llevar un walkman y tantos casetes, o cintas, como les llamaba la gente cool, como fuera posible en la mochila se convirtió en algo habitual.
Todas eran mezclas de canciones que grababa del radio, cuando no era el asco que es hoy, o de otros casetes que alguien me prestaba. Pocos de los que compré eran originales, mi presupuesto no daba para algo de mayor calidad a esos que vendían por seis pesos en los tianguis. Estoy hablando de una época que ya casi no recuerdo.
El walkman fue mi compañero fiel durante casi tres años, hasta su fatídico accidente. Un día con un grupo de amigos decidimos que la mejor idea que se nos había ocurrido en nuestra vida era arrojar nuestras mochilas desde una altura aproximada de quince metros. Era sinónimo de rebeldía, inconformidad o alguna estupidez parecida.
Subimos al lugar y, sin pensarlo mucho para no arrepentirnos, uno por uno arrojó la suya tan lejos como pudo. Cuando llegó mi turno hice lo propio, sólo que, cuando la solté por completo, recordé que había dejado mi posesión más valiosa dentro. Mientras caía sólo alcancé a gritar horrorizado "¡mi walkman!" y bajé del lugar a toda velocidad sin que la peligrosidad de tal hazaña me importara.
Abrí la mochila, saqué los libros y cuadernos doblados arrojándolos hacia todas partes, los restos de los casetes que ese día había elegido antes de salir de casa y, entre esos trozos de plástico, papel, cinta y madera, descubrí que de mi walkman, un aiwa verde con gris con audífonos gigantes, sólo quedaban pedazos inservibles. Ese fue uno de los días más tristes de mi vida.
No pude remplazar el aparato porque no me atreví a decírselo a mi madre. Me deshice de toda evidencia y estuve sin música el resto del año escolar y, creo, también todo el primer grado en la preparatoria.
Luego, de algún modo que no recuerdo, conseguí mi primer discman, un poderoso sony redondo y gris con los botones plateados con el que, de acuerdo a un comercial televisivo, podía bajar de una colina en bicicleta sin que la música saltara. Eso era parcialmente cierto. También era resistente, aún debe estar en algún lugar de mi casa con el interior destrozado. De afuera se conserva casi intacto, sólo tiene algunos rallones. Aún no sé cómo me las ingenié para destrozarlo por dentro.
En mi historia hubo un buen número de reproductores de cd portátiles que siempre logré inutilizar, luego me harté de eso y conseguí un netMD, y después de mucho tiempo un ipod que ahora sólo sirve como disco duro externo. Domino el arte de estropear aparatos electrónicos.
Regresemos a la actualidad:
El programa que más utilizo es, sin duda, el winamp. Está abierto la mayor parte del día porque no puedo estar sin música. Normalmente lo dejo en modo aleatorio y como tiene todos los mp3 que hay en mi computadora, que no son muchos, es frecuente que reciba sorpresas cuando se selecciona alguna canción que había olvidado que estaba dentro de mi repertorio. Casi siempre es agradable.
En algún lado escuché una muy buena selección de siete temas que estaban hospedados en el Muxtape, olvidé a quién le pertenecían pero decidí crear una cuenta y elaborar mi propia lista. Me agrada que haya un límite de 12, de lo contrario podría subir más de 50. ¿He hablado ya de lo obsesivo que puedo llegar a ser? Si no, recordaré hacerlo en el futuro.
A pesar de lo anterior, me fue casi imposible decidir qué clase de lista sería la indicada. Una de mi corta etapa heavymetalera, una de rock en español o una que contuviera las 12 canciones que sirvieron para convertirme en la persona exitosa que soy ahora. Ante la duda decidí hacer dos: una de esas canciones que escuchaba en secreto y me parecían geniales (sigo creyendo que lo son), y otra que corresponde a esos temas que reflejan mis gustos actuales. Dada la complejidad de esta segunda lista, quise ser equitativo, hay seis canciones en inglés y seis en español que suman casi 58 minutos. La primera lista es... digamos que interesante.
Bien, sin más preámbulo y con mi comatoso ipod como testigo, les dejo el resultado de las selecciones:
1. Muxtape nostalgioso de la buena onda: http://fastidio.muxtape.com/.Si la música de sus alrededores no les basta y quieren saber qué tan malos son mis gustos, clíquenle a cualquiera de las listas y entérense.
2. Muxtape que astutamente he denominado como el soundtrack oficial de esta página: http://tazerk.muxtape.com/.
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escrito por tazerk a las 14:43 |
Imagínate una fiesta en una bodega abandonada con los Grateful Dead como invitados. Así se tratase nada más de algunas grabaciones en vivo que fueran reproducidas desde una computadora portátil para provocar en los asistentes una sensación de anacronismo. Potenciándola con decoraciones del viejo oeste y una proyección en dos, no, mejor cuatro, una para cada pared, pantallas gigantes que transmitieran escenas de películas asiáticas de los últimos tres años. O los mejores goles anotados desde el mundial de Francia hasta la fecha, o, mejor aún, las mejores rutinas de gimnasia artística y rítmica desde Atlanta hasta, si se puede, Beijing. Suena genial, ¿no crees?
Por supuesto que debería considerarse la elaboración de un plan a seguir, al menos durante las primeras dos horas y sólo para crear el ambiente adecuado y no perder el control de un modo que resulte demasiado obvio para la concurrencia. El lugar debería contar con sillones cómodos, alfombras, algunos ventiladores, luces tenues, espacios oscuros, un lugar para los bocadillos, otro para las bebidas, una alarma para incendios y siete extintores. El plan seguiría las reglas de la vieja escuela, es decir, los invitados deberían compartir sus posesiones, como una gran comunidad libre de complejos. Como en aquellos días en que escuchar a The Velvet Underground en una playa virgen, con el estéreo del auto a todo volumen, cigarrillos y hierbas mágicas sobre un tapete y la cerveza dentro de una hielera gigante enterrada a pocos pasos de una guarida improvisada hecha con algunas sábanas, camisetas y calcetines que sirven como cuerdas era lo más común del mundo. En otras palabras: con la idea de añadir otro acontecimiento inolvidable a la memoria.
Podría resultar en un completo caos o en un momento de tedio indescriptible. Incluso cuando la probabilidad de que ocurra lo segundo es muy alta, creo que valdría la pena intentarlo. Tal vez sería recomendable incluir música de Dylan y Lou Reed y los Violent Femmes y hasta de los Jane's Addiction. Bowie e Iggy estarían en la banca esperando a que la situación se complicara.
Pasadas las cinco de la mañana, con nuevas energías disponibles, sería la hora del baile y del cambio dramático en la programación. Comenzaría con algunos segundos de silencio total, después, las primeras palabras de Heartbreak Hotel se escucharían a todo volumen anticipando lo que viene. Pero la canción sería interrumpida con precisión milimétrica para sustituirla con His Latest Flame. Y así durante un rato, reproduciendo tantas canciones de Elvis como fuese posible dentro de los siguientes veinticinco minutos. Luego la efusividad cambiaría de tono con la bruja cósmica, alternando con Hendrix y Morrison que también murieron durante los setentas. Y para cerrar, un poco de Nirvana. Y, es que, aunque Cobain no murió en aquellos años y era un drama queen, tenía un buen corte de cabello, y todos saben que al final del día eso es lo único que importa.
Tal vez sería necesaria la oportuna intervención de algunos artistas multidisciplinarios que ayuden a mantener el interés de la gente y los persuadan para que no abandonen el lugar. Como ese tipo que escribía en todas partes y de tan diversas maneras lo siguiente: "Paredes blancas, mentes vacías", argumentando que era su manera de probarle al mundo que la carencia de talento se estaba convirtiendo en algo tan usual como llevar un teléfono celular en el bolsillo. La verdad era que lo hacía porque no le se le ocurría algo mejor en lo cual emplear su tiempo. Igual me parece un tipo divertido. O quizás un performance como el de la chica rubia que se sienta en medio del escenario sobre una calabaza y lame un gato hasta dejarlo completamente húmedo. O aquel grupo de farsantes que, también sobre el escenario, fingen tocar instrumentos musicales que ni siquiera saben cómo deletrear hasta que se aburren o alguien va y les apaga la grabadora. Pero es entonces cuando comienza su verdadera rutina, que consiste en simular que improvisan sonetos monovocálicos en italiano. Son magníficos. Observarlos produce eso que llaman una "experiencia trascendental genuina", o noema, como prefieren nombrarla los más espabilados. Es más trascendental y más genuino que lamer un gato.
Observándolos comprendí algo muy idiota: si no se puede llegar a ser el mejor en algo, habrá que conformarse con intentarlo y echárselo en cara a los demás. Y fue así como me convertí en un pésimo clon de Matthieu Ricard. Aunque no era esa la idea, sino una más ambiciosa: dejar de malgastar el tiempo y conseguir una gran lista de emociones textualmente inexplicables. Como entusiasmarse hasta las lágrimas durante un concierto o comprar un sombrero y usarlo cada vez que sea posible. A mí, por ejemplo, siempre me emociona saber que algo interesante sucedió el día en que nací o que comparto la fecha con alguien más prestigioso. El año es lo de menos, el día es el que considero primordial.
Volviendo a la fiesta: la canción que culminaría tan espléndido evento sería una versión alterada de Sing Me Back Home, del genial Merle Haggard, donde la parte de "Sing me back home with a song I used to hear/Make my old memories come alive/Take me away and turn back the years/Sing me back home before I die", o sea, el coro, se repetiría hasta el cansancio y sería entonada por todos los asistentes mientras, marchando satisfechos hacia la salida, muestran una sonrisa que les dice a todos "mi vida ha valido la pena porque tiene sentido", y, a su vez, les cuestiona a los demás si la de ellos ha servido de algo.
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escrito por tazerk a las 04:44 |
Larga vida al degenere
Me gusta la gente enferma. Como ese chico que penetra a su madre analmente por las noches mientras ella duerme debido a las pastillas que le recetaron. Una nueva generación de degenerados viene en camino. Aunque es mucho más probable que se trate de una broma, ya no quedan mentes tan sagaces, la televisión se ha hecho cargo de adormecerlos; de remplazar su libido con ingenuidad maliciosa. ¡Un poco de violencia, por favor! Pero de la genuina, la que incluye meditaciones prudentes, perspicacia, ingenio e imaginación. Que son variaciones de lo mismo. No esas tonterías hechas por despecho o ignorancia.
Tal vez lo que hace falta es fomentar las perversiones. Corromper a la juventud con vicios que han quedado en desuso. Influirles ideas pecaminosas, como las que algunas veces le quitan el sueño a cualquiera: acostarse con una mujer sin piernas, con la esposa embarazada de algún amigo, con una retrasada. Esto último estuve a punto de realizarlo, no de manera consciente, creí que la chica era un poco estúpida hasta que su madre me explicó la situación. Una enana tampoco suena mal, y el morbo que provoca una mujer atada me resulta un poco complicado de explicar, sobre todo si debo hacerlo evitando rozar con mis manos mi entrepierna.
—¿Y qué tal una chica defecando sobre ti?
¿Por quién rayos me tomas? Tengo mis límites, no soy el tipo de pervertido que anda por las calles esperando la oportunidad indicada para mostrarle su erección a alguien. Soy más discreto. Preferiría excitarme viendo un poco de bestialismo. Qué manera tan atroz de asesinar mis fantasías. Cambiemos de tema.
El incidente más desafortunado en el que he estado involucrado es en el asesinato de una cucharacha que caía del techo. La observé, calculé la distancia y levanté la punta de mi pie tan rápido como pude. Acerté justo cuando pasaba junto a la orilla de una mesa. Sus restos volaron por todas partes. No sabía que su interior tuviera una consistencia tan pastosa, supongo que por eso son tan crujientes. Sé que suena como algo digno de admirar, pero me llevó tiempo pensar en eso sin que los detalles me provocaran náuseas. Prefiero esos insectos que parecen hormigas con alas, me encanta arrojarlos contra el piso. Pisar escarabajos también es entretenido, aunque más desagradable. En general, matar insectos me repugna.
Quizás ahora te preguntes si hay algún punto que quiera demostrar. Digamos que sí, y ese es que si fuera el compositor del éxito musical de los próximos tres años, seguro se trataría de uno donde diez personas repitieran frenéticamente en intervalos una oración sin mucho sentido.
La razón es que una sola frase puede reivindicar cualquier cosa que haya salido mal. En especial dentro de una canción. Estoy pensando en esa que dice "Si alguien te hizo sentir y sufrir, valió la pena existir", de La Pulquería; y también aquella otra: "Ciertas heridas de espina las provoca el no saber cortar las flores, y no que ellas sean traicioneras", de Los Nena, a quienes más adelante les dedicaré el tiempo necesario. De cualquier modo, ninguna de ellas viene al caso, ambas canciones son geniales y, por tanto, no tienen nada de qué disculparse.
La próxima vez que veas a una chica desmayada por beber más de la cuenta, desvístela y acuéstate con ella. Considéralo una recompensa por... cualquier cosa que merezcas.
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escrito por tazerk a las 01:20 |
Wake up, drink your coffee and fuck yourself
He visto el infierno dos veces no consecutivas. Era verde.
Con más petulancia de la acostumbrada me observo en un espejo para enterarme de lo mucho que me aterra la posibilidad de quedar sordo o de perder un brazo. Creo que la vida sin sonidos, o con una extremidad menos, es aún más absurda de lo normal. Podría soportar perder un zapato o que me robaran la ropa. Incluso la dignidad es, si no aceptable, algo que no me preocupa demasiado los domingos.
Algunas mañanas despierto de buen humor, pero en el trayecto del día mi desprecio por las personas se incrementa hasta el grado de resultarme insoportable estar rodeado de ellas. Es cuando decido que es el momento indicado para regresar a casa y recostarme y observar las figuras que se forman con las manchas de pintura que hay en el techo. O, cuando un arrebato de optimismo me atrapa, me siento en el suelo frente a un televisor que no se ve, pero tiene un sonido perfecto. La vida sabe mejor a cucharadas.
Algunas tardes recuerdo situaciones de manera aleatoria y uno los trozos para formar nuevos acontecimientos. No siempre sale bien, pero es un ejercicio estimulante; sin embargo, me obliga a notar que he invertido más tiempo del adecuado hablando con desconocidos o repitiendo errores. Descubrir que se ha sido un idiota sin proponérselo no tiene mérito alguno.
Es fácil dejarse cautivar por rostros amables, pero aquellos llenos de imperfecciones son irresistibles. Un hombre llamado Augusto me describió la fascinación que sentía por las colegialas. Estuve de acuerdo. Intenté contarle mi último secreto; era una historia de pasión desmedida y lo que trae consigo. Consideró que no valían la pena mis palabras. Era un hombre inteligente, supongo.
Hay días en los que no soy más que fantasías imprudentes y fascinación desmedida. Es cuando los objetos, y trivialidades semejantes, adquieren tonalidades imprevisibles. Luego me convierto en un imbécil que dice lo primero que le llega a la mente: “Me enamoré de su fotografía porque lucía desesperada, pero, la verdad, prefiero un recuerdo inestable clavado en las entrañas a un rostro congelado en mi bolsillo”; o me gana el fanatismo: “Andrew Eldritch en la grabadora suena genial. Debería ser alguna clase de dios, yo le encendería velas cada tarde y repetiría con ahínco sus plegarias”. Lo cierto es que soy más idiota de lo que parece y, aunque la sensación no me incomoda, creo que no le va del todo bien a mi personalidad.
Mi persona favorita no consigue sostener pláticas interesantes en establecimientos comerciales. Cambia la conversación cada pocos minutos y observa a la gente con desgana. Cuando el hastío es mayor que la curiosidad, describe en voz alta lo que sucede hasta que la concurrencia se incomoda: “Los meseros habían abandonado sus puestos. Alguien hablaba de política mientras yo lanzaba una moneda al aire. Mi acompañante parece sorprendido y tiene una mirada alegre. Alguien enciende un puro, alguien llama por teléfono cerca del baño y una chica en minifalda espera en la esquina que su suerte cambie”.
Es otra manera de gritar que ya no hay poesía ni en las alcantarillas, que todo se reduce a un montón de cotidianidades ensalzadas y que, mientras el ingenuo escribe sus versos en el polvo que acumula su vehículo, su sombra huye despavorida en busca de una mujer o algo que mengüe su hambre. Otra metáfora vacía. Alguien debería hacer algo o deberíamos promover el alcoholismo generalizado como solución óptima para todos los males.
“¿Para qué embriagarse?”, podría preguntar, pasmado, algún cretino que no distingue entre sus deseos y sus necesidades, “Para convertir la miseria en gratitud”, podría responderle otro infeliz. Es mejor que refugiarse en las reminiscencias y elegir con precaución cada movimiento, cada palabra dicha.
La gente debería entregarse a sus pasiones y vivir con ligereza y olvidarse de la ironía. O comprar mejores televisores y sillones más amplios. Después, cuando estén hartos, podrían escribir en todas partes sentencias falaces que se malinterpreten “si estás aburrido, córtate la lengua” o “bébete la soledad con jugo de naranja”. Sutilezas sin sentido. No vale la pena esforzarse.
Y culminar con entereza, dedicarle un instante a la aflicción, por entretenimiento, elegir una canción mediocre, lenta, abúlica; “¿Es para recordar algo?” “Es para no olvidar un solo detalle” “Cuánta cursilería” “Es tedio disfrazado”. Todo está en orden. Perfectamente acoplado. El mundo no tiene suficiente basura, es necesario escribir poemas en las banquetas y detrás de los refrigeradores.
Pastizal No. 10:
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escrito por tazerk a las 10:58 |
...
Aquella noche tuve frío. Creo que mi brazo izquierdo se había roto o estaba entumido, intenté levantarlo y no se movió. Desistí, el dolor era insufrible, punzante; resultado de un sueño espantoso que cambió todo. Para mal.
Respiraba con dificultad, aterrado. El sudor me enceguecía y en mi mente las imágenes aglutinadas carecían de coherencia. Olía a bebé y a mango y a durazno. Alguien escuchaba en la radio a Groove Armada, sé que era una radio por la pésima calidad del sonido y sé que era ese grupo porque conocía la canción.
Caminé hacia un árbol, luego comencé a correr y me detuve junto a una lata de chícharos. La abrí y de ella brotaron serpientes de colores. Como esas que utilizan los malos bromistas. Desperté en ese momento.
–Así son los sueños, ¿sabes? Algunos creen que se trata de premoniciones, otros dicen que sólo son incoherencias. Como sea, no tiene sentido interpretarlos. Por cierto, eso no parece, en absoluto, aterrador.
Claro, te es fácil decirlo porque no fue tu sueño. Además, eso no fue todo. Desperté sólo por algunos minutos, dormí de nuevo y regresé al instante que había interrumpido. Tenía la lata en mis manos, parecía vacía, no lo estaba. Asomó una pequeña mano, pálida, femenina. Intentó sujetarme y no pude moverme. Salió despacio: un brazo, luego otro, la cabeza y el resto de su cuerpo. Era una chica de cabello verde, quise halagar su buen gusto pero la voz no me salía. Me observó con malicia, con esa clase de miradas que arrojan los predadores a las víctimas heridas, con plena seguridad de poseerme. Luego sonrió.
–¿Y su sonrisa era tan aterradora que despertaste al instante?
No, su sonrisa era perfecta. Y su rostro. Lo escalofriante fue que dijo mi nombre, tocó mis labios, mordió mi brazo izquierdo y luego me propinó una certera bofetada que me expulsó de ese sueño que comenzaba a tener un poco de sentido.
Creo que la he visto antes, aunque no consigo entender por qué querría golpearme. Quizá le hice algo malo o es una de esas dementes que atacan a la gente por placer o sólo me confundió con alguien más. No tengo idea.
–Quizá si vuelves a dormir puedas encontrarla de nuevo y preguntárselo.
Espero no volverla a ver, la magia podría perderse y jamás me lo perdonaría. Es una culpa que prefiero ahorrar para una ocasión menos significativa.-
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escrito por tazerk a las 12:00 |
.mi última inmundicia
Todo lo que tengo son extractos. Eso. Ni una sola oración completa que valga la pena. Sentencias minúsculas plagadas de ironía, desahuciadas, banales. Un par de historias irrisorias. Personajes famélicos que se arrastran en sus necedades. Y algunos buenos recuerdos.
Mi madre me contaba historias de individuos sórdidos que triunfaban a pesar de las adversidades. Era una amante de la ficción y yo un ingenuo, mala combinación. Me sedujeron sus quimeras. De manera gradual me fue envolviendo la fantasía y cuando lo noté ya era demasiado tarde. Cambié mi última metáfora por un cigarrillo húmedo y dos piezas de pan, entonces me sentí satisfecho, había logrado algo por mi cuenta y a pesar de las expectativas. Aún no estaba derrotado, todavía podía levantarme e intentarlo de nuevo.
Siempre hubo gente extraña a mi alrededor, supongo que eso me afectó de algún modo. Pero no debo perder el tiempo buscando culpables, esos desdichados se han desvanecido. Los que quedan son los desequilibrados que creen en utopías y nunca pierden la esperanza; ésos sobreviven a pesar de todo. Creo que los ata su deseo de conseguir lo inasequible. Crédulos. A veces los envidio, su ceguera voluntaria les proporciona bienestar.
El más significativo de aquellos miserables, lunáticos que rondan callejuelas en busca de poesía, era el viejo Antonio; solía decir sandeces todo el tiempo, algunas resultaron ciertas, aunque nadie escucha a los dementes, son predicadores de palabras insensatas o genios devastados que perdieron en batalla su cordura. No soy como ellos, yo no he perdido el juicio, sólo el interés de continuar. Eso debe ser peor. Lo que tengo son recuerdos acumulados, bastantes, historias que carecen de un final o tienen uno que no conduce hacia ninguna parte. Lineal. Son equivocaciones cometidas por ímpetus absurdos, decisiones erradas que perduran.
Siempre supe que terminaría mal. Era parte del trato. Un momento agradable sólo permanece si tienes la paciencia para sostenerlo. La paciencia es muy volátil, languidece al menor descuido y el rencor ocupa su lugar. Luego llega el vacío y volvemos al principio.
Déjeme intentarlo de una manera distinta, debo sustituir mis impulsos por algo más grato.
Sucedió paulatinamente, apenas pude percibirlo.
Comencé a adorar las tardes de verano de las costas mexicanas. K. ofrecía un espectáculo maravilloso; con sus senos descubiertos y el cabello suelto paseaba por toda la casa entonando melodías que María Callas había popularizado. Una diosa semidesnuda que custodiaba su vivienda, que cantaba con pasión y se desentendía de los mirones. Incluso yo era ignorado, era parte de la decoración. Aquel era su momento y nadie debía profanarlo. Cualquier perturbación era castigada con su desprecio y un resentimiento casi irreconciliable.
Encendía un cigarrillo sin la intensión de consumirlo, su placer consistía en sujetarlo y observar cómo se disipaba el humo; las formas onduladas, imperfectas, magníficas, prolongaban su ensimismamiento. Era mágico. Yo permanecía allí como mero espectador, observar era todo lo que necesitaba para aminorar mi desconsuelo.
Llegué a ese lugar por causa del azar. Buscando algo que alejara ese insano temor a la muerte. Convencido de aquella idea pueril que asegura que la distancia cura todo. ¿O acaso era el tiempo? Da lo mismo, funcionó. Los escasos momentos que pasé a su lado extinguieron cualquier malestar. Pero todo es efímero. Un raquítico intervalo entre la angustia y el desasosiego. Podredumbre emocional. Es muy sencillo prescindir de los anhelos, basta con dejarse caer y cerrar los ojos.
–Tal vez sólo necesitas descansar un poco –dijo en tono condescendiente, compadeciéndose de mí.
–¿Descansar? Eso no soluciona nada, sólo sirve como excusa.
Encendió la televisión, se acercó con lentitud, me tomó de las manos, las acercó a su pecho.
–Hagámoslo –dijo quedito. La voz de un falso Farinelli nos sumergía en un momento onírico y escalofriante. Subió el volumen.
–Creo que no me atrae demasiado la idea de escuchar los gritos de un hombre mientras hacemos el amor.
–Vamos, inténtalo, será divertido.
Y lo fue.
Acaricié su rostro con timidez, toqué sus labios, recorrí con mi índice la pequeña cicatriz de su frente.
–Fue un accidente –dijo–, no recuerdo cómo sucedió, era muy joven.
–Es perfecta –dije. Supongo que me gustan las imperfecciones.
Pero todo eso se ha evaporado. Hoy conservo el ayer. La gente siempre luce mejor en los recuerdos.-
Pastizal No. 9:
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escrito por tazerk a las 15:05 |
.desavenencia (1)
Tania tocó tres veces.
—¿Estás ahí?
—No.
—¡Abre la puerta!
—No.
—¿Qué haces?
—Espera...
Escuchó el ruido de cristales rotos y el movimiento de algunos muebles. La puerta se abrió.
—Pasa.
Era un desastre, la habitación desordenada, las ventanas cubiertas con papeles y trozos de cartón. Libros, revistas, discos viejos y trastes sucios apilados encima de los muebles. Ceniza de tabaco en todas partes, manchas de café en el piso y las paredes. Un olor nauseabundo alrededor.
—Tres meses, creímos que habías muerto.
—No soy tan afortunado.
—¿De qué te estás escondiendo?
—No me escondo, me protejo.
—Vamos, salgamos de aquí, tengo algunas cosas que contarte.
—No puedo irme, debo esperar un poco más.
—¿Esperar qué?
—Creo que ya lo he olvidado.
—Sólo sígueme, iremos por algo de comida y luego regresamos.
—Ya te lo dije, no puedo salir, debo esperar un poco más.
Tania se marchó de mala gana.
Damián colocó de nuevo el sillón y la mesa sobre la puerta, fue a sentarse a una distancia considerable y abrió una revista con fotografías de la guerra fría. La hojeó, apenas lograba distinguir las notas al pie de las imágenes, decidió acercarse a la ventana y hacer un pequeño hoyo que dejara entrar algo de luz. Los tanques soviéticos le emocionaron, sintió pena por los niños; las banderas, los mapas, los uniformes y las explosiones le causaban gracia.
Tania regresó.
—Aún te gusta la pasta, ¿cierto?
—Sí.
—Bien.
—Me gustaría que mi nombre fuera Vladimir o Douglas.
—Me gusta tu nombre.
—Sí, creo que no está mal, pero tantos años con el mismo han hecho que me fastidie escucharlo.
Tania descubrió por completo una de las ventanas, limpió la única mesa, acercó un par de sillas y sirvió la comida. Se sentaron. Damián comía despacio, masticaba doce veces cada bocado.
"Hubo una época mejor", recordó de pronto, "en la que no tenía que depender de alguien que cuidara mis pasos, eran mis días de gloria, supongo, pero se evaporaron. Supongo que no jugué bien mis cartas y cometí demasiados errores. Supongo que el tiempo no cura nada, sólo hace que te acostumbres a tu desdicha y te convenzas de que siempre estuvo allí; así, en el peor momento, la amargura ya no es tan insípida y hasta permite algunos instantes de satisfacción. Todo es monotonía, pesadumbre y fracasos continuos. Todo es tan absurdo."
—¿Has pensado en lo siguiente? —Preguntó Tania mientras daba un sorbo a su bebida.
—No —respondió Damián agachando la cabeza.
Comieron despacio, se veían a los ojos intentando sacarse las palabras. Nada ocurrió. La cotidianidad los había consumido.-
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escrito por tazerk a las 05:01 |
.bad news for paradise (1)
H. estaba enloqueciendo. Todos sabían que había algo mal dentro de su cabeza, sus extrañas tendencias lo delataban. Las extravagancias que solían caracterizarlo se convirtieron en señales inequívocas de inestabilidad mental. A todos les parecía gracioso que al comprar una cajetilla de cerillos se asegurara de que adentro estuvieran los que le indicaba la caja. Antes de pagar la abría, vaciaba el contenido en el mostrador y los contaba uno por uno. Si eran cincuenta los devolvía a la caja, pagaba y se marchaba sin decir nada. Si eran menos, exigía que se la cambiaran. Nunca encontró cincuenta y uno. Dormía con un martillo debajo de su almohada y jamás espiaba a sus vecinos. Leía bastante, tenía dos peces y disfrutaba como pocos de la música, cualquiera que fuese.
Su transformación fue repentina, una mañana alimentaba a su mascota, la siguiente acechaba colegialas o golpeaba con frenesí al repartidor de guías telefónicas. Sus vecinos comenzaron a temerle. Dejó de ser el sujeto cómico que balbuceaba profecías arriba de un árbol para convertirse en el que golpeaba con una vara a quien se le acercara más de lo permitido.
La comedia terminó una mañana que salió a la calle desnudo y gritando "¡soy rojo, soy rojo, mi piel ha cambiado de color!". Ante las miradas incómodas de sus vecinos se convirtió en un ser huraño. Entró a su casa y jamás volvió a salir de día. Esperaba a que anocheciera para recorrer las calles. Cubrió con madera sus ventanas, dejando en cada una dos agujeros desde los que podía ver el exterior. Era el comienzo de su nueva vida, pero aún debía consolidar algunos detalles que le garantizaran el éxito.
No es que H. fuera un ser maligno, sólo estaba aburrido y quizás un poco triste. Nada más. Esa fue la razón, y no otra, de que fraguara un plan que le ayudara a socavar esa frustración.
Y luego estaba Paradise, único amigo de H., obtuvo su nombre después de leer una extensa novela acerca de los viajes del narrador por el país del norte, decidió que el apellido del protagonista sería su nuevo nombre y pactó un trato con H.: "Todo buen criminal", le dijo, "debe tener un chivo expiatorio, el tuyo seré yo, podrás culparme si algo sale mal". Ése era el plan para justificar la demencia de H. y deslindar responsabilidades por las atrocidades que aún no se les ocurrían.
H. y Paradise dialogaban por las mañanas, y fue precisamente una mañana cuando comenzaron a estructurar sus aventuras.
—Lo que más me desagrada de la gente —dijo H. aquella vez— no es su olor, aunque esa ya es razón suficiente para aborrecerlos; lo que me desagrada es su molesta actitud de perpetuidad, andan por el mundo con la idea de que nunca van a perecer.
—No, H. —le respondía Paradise con parsimonia—, lo que te desagrada es que te ignoren.
—Sí, eso también es molesto.
—Y supongo que harás algo al respecto, ¿cierto?
—Por supuesto, voy a eliminar al que se cruce en mi camino con esa clase de actitud.
—¿Podrás diferenciarlos?
—¡Claro! El secreto está en la mirada, la manera en que observan su entorno es lo que los delata.
—Creo que estás enloqueciendo.
—¡Bah! ¡Tú qué sabes!
Ambos se sentían conformes con esas conversaciones. Se realizaban en casa de H., junto a la pared, desde un lugar donde su sombra pudiera reflejarse. H. confiaba en Paradise porque no tenía nada qué perder. Salvo su cordura, y eso no era algo que le preocupase.
—¿Sabes, Paradise? Tengo un hacha y siempre he querido descuartizar a alguien con ella.
—¿No te parece algo exagerado?
—Sí, tienes razón, quizá deba comenzar con algo más discreto. Al menos mientras adquiero experiencia.
—¿Qué tal un bolígrafo? Es, hasta cierto punto, un objeto original.
—¿Un bolígrafo? ¿Y qué haré con él, clavárselo en los ojos a la víctima hasta que muera de aburrimiento? ¡Eres un idiota!
—Era una sugerencia. No veo que se te ocurra algo mejor.
—Siempre he querido asesinar a alguien con un martillo, pero es una labor que exige demasiada cautela. Y paciencia, mucha paciencia.
—Además no es tan sencillo andar por las calles con un martillo... un bolígrafo es más discreto.
—Bien, supongamos que te hago caso, ¿cómo debo actuar?
—He imaginado la escena cientos de veces: caminarías con tu bolígrafo en un bolsillo, no importa cuál, al elegir a tu víctima la sigues hasta encontrar el lugar adecuado. ¿Qué tal un callejón?
—¡Vaya cliché! Debemos ser más originales.
—De acuerdo, entonces en un autobús atestado de gente, ¿suficiente originalidad?
—Déjalo ya, continúa con los detalles.
—Bien, eliges la víctima, de preferencia una mujer, eres un hombre corpulento, te sería más sencillo, la tomas por la espalda y cubres su boca. La llevas hasta el lugar seleccionado y le clavas tu bolígrafo en la garganta un par de veces, luego te sientas a observar cómo muere.
—Eso no la mataría.
—Entonces le clavas el bolígrafo en la garganta hasta que te canses, luego te sientas a observar cómo muere —después de terminar la oración, Paradise comenzó a reír como un histérico. H., dubitativo, se limitó a observarlo. Después agregó:
—Eres un idiota. Aunque reconozco que comienza a agradarme la idea del bolígrafo, sólo que tu plan necesita ajustes.
—Sí, podría mejorar.
—¿Y si me atrapan?
—Eso es sencillo, dices que todo fue idea mía y yo me encargo del resto.
—No creo que funcione.
—Nos preoc


